Páginas

jueves, 13 de noviembre de 2014

Cuarta parte. Seis. 1

El muerto caminaba tan torpemente que parecía a punto de caer al suelo con cada paso que daba. Era como si tuviera los dos fémures rotos, tan rara era la curvatura de sus piernas al andar. Y, sin embargo, caminaba. Cada vez más deprisa, además, desde que en su estrecho campo de visión, pues solo tenía un ojo, había aparecido la comida. Alargaba los brazos ansiosamente, anhelando agarrar aquella carne caliente, palpitante… Quería sentir cuanto antes la viscosidad de la sangre en su garganta. Tropezaba continuamente, pero eso no le impedía avanzar, un metro, otro… Pronto llegaría a su meta, allí, al alcance de sus podridas manos de muerto…
Toni seguía tumbado sobre su espalda en el suelo húmedo, al otro lado de la carretera. Miraba el cielo sin verlo realmente, y sin comprender las señales que su cerebro recibía a través de sus sentidos. Oía el rumor insistente del ejército de deambulantes amontonándose alrededor de la alambrada de la fábrica donde había explotado la granada. Una pequeña columna de humo brotaba a través del agujero de uno de los tejados de fibrocemento que cubría las naves de las instalaciones, justo el lugar de impacto del proyectil. En poco tiempo, tan pronto como se dieran cuenta de que allí no había nada para ellos, los deambulantes dejarían de interesarse por el aislado incidente. Entonces, se darían la vuelta, mirándose entre ellos con estupor, aturdidos y confusos, y comenzarían de nuevo a deambular, siguiendo rastros invisibles que los vivos desconocían, volviéndose a amontonar en cualquier otro sitio que llamara su inexplicable atención…
Un hilo de asquerosa baba colgaba de la boca desencajada del muerto. Una chispa, incluso, pareció iluminar el fondo de su único ojo, dándole bríos para completar la poca distancia que aún le separaba de la comida. Toni lo oyó, pero no hizo ningún movimiento. Siguió completamente inmóvil, con los ojos fijos en el cielo azul. Luego, aunque realmente no lo miraba, pudo ver al deambulante, que se paraba ante él, extrañado de que la comida no se moviera; de que no intentara huir; de que no luchara; de que ni siquiera gritara… Pero la perplejidad no le duró demasiado tiempo al muerto. Gruñendo de ansia, se dejó caer pesadamente junto a Toni, y clavó sus destrozadas rodillas en el suelo, y alargó las manos hasta palpar el caliente cuerpo, que seguía, extrañamente, inmóvil. Inclinó la cabeza sobre el cuello del chico, abriendo la boca, dispuesto a morder. El hilillo de baba cayó sobre la cara de Toni. Primero una gota, luego otra, y después una cascada entera de podredumbre...
Toni tuvo un vahído y vació su estómago sobre el rostro del muerto con una violenta arcada. Desconcertado, momentáneamente ciego, el deambulante braceó en el aire intentando agarrar a su presa, pero lo que no sabía era que en una fracción de segundo era él quien se había convertido en víctima; que sus asquerosas babas habían despertado lo que el instinto de supervivencia del chico había dado ya por perdido: su vida. Lo siguiente que sintió el muerto fue la dura hoja de acero templado penetrando por la cuenca vacía de su órbita ocular para llegar justo hasta la zona límbica de su limitado cerebro. Y luego ya no sintió nada.


No hay comentarios:

Publicar un comentario