El muerto
caminaba tan torpemente que parecía a punto de caer al suelo con cada paso que
daba. Era como si tuviera los dos fémures rotos, tan rara era la curvatura de
sus piernas al andar. Y, sin embargo, caminaba. Cada vez más deprisa, además,
desde que en su estrecho campo de visión, pues solo tenía un ojo, había
aparecido la comida. Alargaba los brazos ansiosamente, anhelando agarrar
aquella carne caliente, palpitante… Quería sentir cuanto antes la viscosidad de
la sangre en su garganta. Tropezaba continuamente, pero eso no le impedía avanzar,
un metro, otro… Pronto llegaría a su meta, allí, al alcance de sus podridas
manos de muerto…
Toni
seguía tumbado sobre su espalda en el suelo húmedo, al otro lado de la carretera.
Miraba el cielo sin verlo realmente, y sin comprender las señales que su cerebro
recibía a través de sus sentidos. Oía el rumor insistente del ejército de
deambulantes amontonándose alrededor de la alambrada de la fábrica donde había
explotado la granada. Una pequeña columna de humo brotaba a través del agujero
de uno de los tejados de fibrocemento que cubría las naves de las
instalaciones, justo el lugar de impacto del proyectil. En poco tiempo, tan
pronto como se dieran cuenta de que allí no había nada para ellos, los deambulantes
dejarían de interesarse por el aislado incidente. Entonces, se darían la
vuelta, mirándose entre ellos con estupor, aturdidos y confusos, y comenzarían
de nuevo a deambular, siguiendo rastros invisibles que los vivos desconocían,
volviéndose a amontonar en cualquier otro sitio que llamara su inexplicable
atención…
Un hilo de
asquerosa baba colgaba de la boca desencajada del muerto. Una chispa, incluso,
pareció iluminar el fondo de su único ojo, dándole bríos para completar la poca
distancia que aún le separaba de la comida. Toni lo oyó, pero no hizo ningún
movimiento. Siguió completamente inmóvil, con los ojos fijos en el cielo azul.
Luego, aunque realmente no lo miraba, pudo ver al deambulante, que se paraba
ante él, extrañado de que la comida no se moviera; de que no intentara huir; de
que no luchara; de que ni siquiera gritara… Pero la perplejidad no le duró
demasiado tiempo al muerto. Gruñendo de ansia, se dejó caer pesadamente junto a
Toni, y clavó sus destrozadas rodillas en el suelo, y alargó las manos hasta
palpar el caliente cuerpo, que seguía, extrañamente, inmóvil. Inclinó la cabeza
sobre el cuello del chico, abriendo la boca, dispuesto a morder. El hilillo de
baba cayó sobre la cara de Toni. Primero una gota, luego otra, y después una
cascada entera de podredumbre...
Toni tuvo
un vahído y vació su estómago sobre el rostro del muerto con una violenta
arcada. Desconcertado, momentáneamente ciego, el deambulante braceó en el aire
intentando agarrar a su presa, pero lo que no sabía era que en una fracción de
segundo era él quien se había convertido en víctima; que sus asquerosas babas
habían despertado lo que el instinto de supervivencia del chico había dado ya
por perdido: su vida. Lo siguiente que sintió el muerto fue la dura hoja de
acero templado penetrando por la cuenca vacía de su órbita ocular para llegar
justo hasta la zona límbica de su limitado cerebro. Y luego ya no sintió nada.
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