–¿Por
dónde, Toni?
–No sé… yo
creo que de frente, ¿no?
El chico
miraba el mapa sin comprender muy bien el lugar donde se encontraban. Casi
todas las leyendas estaban en vasco, y lo único que entendía era el nombre de
Gernika, la línea que dibujaba la costa y el círculo rojo que encerraba un
punto junto a ella, hacia el norte.
–Fíjate
bien –insistió Bea–. No podemos perdernos ahora… Estamos en la BI-635, ¿la ves
en el mapa?
Toni
volvió a mirar detenidamente el papel doblado que tenía sobre las rodillas.
Siguió con el dedo índice el recorrido de la ruta que llevaba a Gernika. Sí,
esa era la carretera que le había dicho Bea. Supuso que se encontraban en ella,
porque no habían tomado desviaciones desde que salieron apresuradamente de
Amorebieta. Volvió la vista hacia la ventanilla. El paisaje era precioso, de
cuento: montes cubiertos de frondosos bosques, un arroyo de aguas claras y
tumultuosas que discurría encajado en el fondo de un pequeño valle, y la
carretera que serpenteaba entre los árboles, salpicada de tarde en tarde por
algún coche detenido en el arcén que Bea debía sortear para no colisionar, y en
cuyas cercanías no era recomendable detenerse. Pequeños núcleos de población
jalonaban la ruta, y algunos caseríos aislados, cuyos tejados rojos o negros destacaban
contra el verde de fondo que lo cubría prácticamente todo, salpicaban el camino
y el valle...
Una ermita
de sólida piedra parecía recibirles a la entrada de una pedanía cuyo nombre ni
vieron ni habrían recordado. Su puerta de madera entreabierta simulaba una
invitación a entrar en el templo, del que sin duda Dios habría desaparecido
hacía semanas, lo mismo que los posibles feligreses, adoradores ahora del
inframundo en que se movían muertos y demonios, y otros seres de dudosa
cualidad humana. ¿Existiría todo ello, en realidad? Solo parecía tangible la
ermita…
Bea
conducía despacio, en tensión. Por nada del mundo quería tener un encuentro
inesperado que le obligara a realizar una maniobra peligrosa que pusiera en
riesgo sus vidas o la integridad del blindado, su seguro de vida en esos
momentos. Prefería tardar más pero tener más probabilidades de llegar a su
destino que si se arriesgaba a ir a más velocidad. Además, el vehículo militar
tampoco era un coche de competición, y aunque podía ir bastante deprisa, no
quería comprobar cuánto.
Estaban
llegando a una zona donde las casas y construcciones comenzaban a aumentar a
ambos lados de la carretera. Bea no tenía intención de detenerse, pero
necesitaba asegurarse de que la ruta que llevaban era la correcta, de modo que
no tuvo más remedio que parar. A su derecha discurría una línea férrea.
Ignoraba adónde llevaba. Cogió el mapa que Toni le cedía y lo examinó, mientras
el nerviosismo se apoderaba de todos. Estaban parados en medio de una carretera
sin demasiada visibilidad, rodeados de edificaciones… El lugar perfecto para
una emboscada.
–A un par
de cientos de metros hay un desvío a la izquierda… –dijo Bea.
Todos
dieron por supuesto que esa era la ruta elegida por la enfermera, y nadie
objetó nada. Al fin y al cabo, ella era la única que había vivido y viajado por
el País Vasco, así que confiaban en su memoria y en su buen juicio. Por algo habían
decidido seguirla…
Arrancó de
nuevo. Al poco, en efecto, una carretera arrancaba hacia la izquierda: «Mungia», indicaba el cartel. Toni, de
reojo, habría jurado que un convoy comenzaba a divisarse a lo lejos, avanzando
pesadamente por la solitaria vía. Incluso podía oír el característico pitido de
la locomotora… Desechó inmediatamente la idea, sacudiendo la cabeza como si de
ese modo pudiera alejar los fantasmas que quizá el delirio provocado por la fiebre
asomaban a su mente: «No puede ser»,
pensó.
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