Toni
estaba desolado. Se sentía tan falto de vigor que pensó si ésa no sería otra
forma de estar muerto, una más, de las varias que ya conocía. Se sentó sobre el
suelo, junto a la cuneta, mirando a la horda de muertos que se arracimaban en
la valla de protección de la fábrica, intentando entrar y ver qué había allí
tan importante para ellos. Probablemente ya no recordaran por qué habían ido
hasta ese lugar desde… ¿desde dónde? Ya se les había olvidado. Pero seguían
insistiendo, empujándose, apretándose unos a otros en estúpida pugna por
derribar la alambrada. «Los muertos son
unos seres demasiado curiosos, como los gatos», pensó Toni distraídamente.
A él qué
lo mismo le daba, ya. Decidió dejar pasar el tiempo, el poco de que disponía.
El brazo le ardía. Aunque Bea le había hecho un nuevo vendaje, sentía la
infección arrasar sus venas, bombeándola hasta el corazón, y desde allí al resto de
su cuerpo, a todos los órganos, al cerebro… Estaba muerto. Por eso era mejor
para todos que se quedara allí, esperando. Ya había hecho lo que debía, ya les
había dado algo más de tiempo, había comprado para ellos en el mercado de la
vida unas horas más, acaso unos días, con suerte una semana, si es que todo eso
tenía algún significado en ese momento. Si Bea era lista lo haría, se iría en
cuanto viera que él no llegaba. Comprendería que algo le había pasado, que no
lo había logrado, que solo era ya un muerto más en un mundo de cadáveres andantes…
* * *
Sabía que
no era prudente, sabía que era Toni quien se encargaba de asegurar la zona para
descartar sorpresas. Lo sabía. Pero Toni no estaba. El muy cabrón les había
dejado tirados… No era posible que tardara tanto, a no ser que le hubiera
pasado algo. Pero Bea se resistía a admitir esa idea. Toni era un
superviviente, nada podría acabar con él, era invencible…
Bea tuvo
que realizar un gran esfuerzo para detener el remolino insensato en que se estaba
enredando su cabeza. Toni invencible… si solo era un chaval de barrio, apenas
salido de la adolescencia, un delincuente juvenil, sin futuro… Solo porque
había logrado escabullirse a la muerte durante un tiempo, no quería decir que
fuera un experto en supervivencia. Como ella misma, entonces. Sin embargo, si
la mayor parte de la gente estaba muerta y ellos no, al menos todavía, quizá
eso significara algo. O, aun cuando no quisiera decir nada, el hecho evidente
era que estaban vivos y los demás no.
Algo habrían tenido que ver en eso ellos mismos, además de tener suerte…; buena
suerte, claro.
Sabía todo
eso, y, aun así, abrió la puerta del blindado. Las demás se le quedaron
mirando, estupefactas. Sara preguntó.
–¿Nos
quedamos aquí?
Bea no
respondió. Bajó del vehículo con la pistola en la mano. Dio dos pasos hacia la
escalera del ayuntamiento, y se detuvo. Miraba en todas direcciones, intentando
ver algo. Aguzó el oído. Solo le llegaba un lejano y amortiguado rumor de algo
que no supo identificar en la distancia, aunque su inconsciente sabía
perfectamente qué era. Dio la vuelta completa al Rebeco, seguida atentamente por tres pares de ojos, puesto que el
pequeño hijo de Vicky seguí dormitando, ajeno a cuanto sucedía. Se asomó por la
portezuela abierta.
–Vicky,
deja al niño con tu hermana y ponte al volante. Y no salgáis pase lo que pase,
¿me oyes?
–Te oigo…
–respondió Vicky, saltando al asiento del conductor.
Antes de
cerrar la portezuela, Bea tuvo que aguantar la mirada tristísima que Sara le
estaba dirigiendo, y que se clavó como un puñal envenendado en su endurecido
corazón. Por un instante estuvo a punto de entrar, arrancar y salir zumbando de
allí, rumbo a un destino que desconocía pero que estaba buscando
desesperadamente. Sin embargo, y aun cuando sabía que estaba cometiendo una
locura que podía acabar con la vida de todos ellos, cerró de un golpe y comenzó
a desandar el camino que les había llevado hasta el centro del pueblo. Tenía
que encontrar a Toni.
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