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martes, 11 de noviembre de 2014

Cuarta parte. Cinco. 4

Toni estaba desolado. Se sentía tan falto de vigor que pensó si ésa no sería otra forma de estar muerto, una más, de las varias que ya conocía. Se sentó sobre el suelo, junto a la cuneta, mirando a la horda de muertos que se arracimaban en la valla de protección de la fábrica, intentando entrar y ver qué había allí tan importante para ellos. Probablemente ya no recordaran por qué habían ido hasta ese lugar desde… ¿desde dónde? Ya se les había olvidado. Pero seguían insistiendo, empujándose, apretándose unos a otros en estúpida pugna por derribar la alambrada. «Los muertos son unos seres demasiado curiosos, como los gatos», pensó Toni distraídamente.
A él qué lo mismo le daba, ya. Decidió dejar pasar el tiempo, el poco de que disponía. El brazo le ardía. Aunque Bea le había hecho un nuevo vendaje, sentía la infección arrasar sus venas, bombeándola hasta el corazón, y desde allí al resto de su cuerpo, a todos los órganos, al cerebro… Estaba muerto. Por eso era mejor para todos que se quedara allí, esperando. Ya había hecho lo que debía, ya les había dado algo más de tiempo, había comprado para ellos en el mercado de la vida unas horas más, acaso unos días, con suerte una semana, si es que todo eso tenía algún significado en ese momento. Si Bea era lista lo haría, se iría en cuanto viera que él no llegaba. Comprendería que algo le había pasado, que no lo había logrado, que solo era ya un muerto más en un mundo de cadáveres andantes…
* * *
Sabía que no era prudente, sabía que era Toni quien se encargaba de asegurar la zona para descartar sorpresas. Lo sabía. Pero Toni no estaba. El muy cabrón les había dejado tirados… No era posible que tardara tanto, a no ser que le hubiera pasado algo. Pero Bea se resistía a admitir esa idea. Toni era un superviviente, nada podría acabar con él, era invencible…
Bea tuvo que realizar un gran esfuerzo para detener el remolino insensato en que se estaba enredando su cabeza. Toni invencible… si solo era un chaval de barrio, apenas salido de la adolescencia, un delincuente juvenil, sin futuro… Solo porque había logrado escabullirse a la muerte durante un tiempo, no quería decir que fuera un experto en supervivencia. Como ella misma, entonces. Sin embargo, si la mayor parte de la gente estaba muerta y ellos no, al menos todavía, quizá eso significara algo. O, aun cuando no quisiera decir nada, el hecho evidente era que estaban vivos y los demás no. Algo habrían tenido que ver en eso ellos mismos, además de tener suerte…; buena suerte, claro.
Sabía todo eso, y, aun así, abrió la puerta del blindado. Las demás se le quedaron mirando, estupefactas. Sara preguntó.
–¿Nos quedamos aquí?
Bea no respondió. Bajó del vehículo con la pistola en la mano. Dio dos pasos hacia la escalera del ayuntamiento, y se detuvo. Miraba en todas direcciones, intentando ver algo. Aguzó el oído. Solo le llegaba un lejano y amortiguado rumor de algo que no supo identificar en la distancia, aunque su inconsciente sabía perfectamente qué era. Dio la vuelta completa al Rebeco, seguida atentamente por tres pares de ojos, puesto que el pequeño hijo de Vicky seguí dormitando, ajeno a cuanto sucedía. Se asomó por la portezuela abierta.
–Vicky, deja al niño con tu hermana y ponte al volante. Y no salgáis pase lo que pase, ¿me oyes?
–Te oigo… –respondió Vicky, saltando al asiento del conductor.
Antes de cerrar la portezuela, Bea tuvo que aguantar la mirada tristísima que Sara le estaba dirigiendo, y que se clavó como un puñal envenendado en su endurecido corazón. Por un instante estuvo a punto de entrar, arrancar y salir zumbando de allí, rumbo a un destino que desconocía pero que estaba buscando desesperadamente. Sin embargo, y aun cuando sabía que estaba cometiendo una locura que podía acabar con la vida de todos ellos, cerró de un golpe y comenzó a desandar el camino que les había llevado hasta el centro del pueblo. Tenía que encontrar a Toni.


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