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viernes, 7 de noviembre de 2014

Cuarta parte. Cinco. 2

Toni no sabía qué iba a hacer, pero fuera lo que fuera, estaba absolutamente decidido a llevarlo a cabo. Debía darles tiempo a las chicas a cruzar el desvío para alcanzar el pueblo con el menor riesgo posible. Eso lo tenía claro, pero, ¿cómo conseguirlo? Pensó inicialmente en una maniobra de distracción, pero después recordó que las dos veces que lo había intentado, el resultado no había sido exactamente el esperado. Primero, en El Coto, por poco la explosión acaba con él, y lo que sucedió a continuación nada tenía que ver con lo que en principio pensaba; más tarde, en Valladolid, junto al Salón del Reino, cuando por poco acaban convertidos en el desayuno de una legión de muertos irritados…
Con todo, y después de darle varias vueltas, lo único que consiguió fue marearse más, porque la verdad era que no había podido pensar en nada mejor. De modo que lo de la distracción seguía siendo la idea alrededor de la cual giraba el futuro del grupo. Bea terminó por reconocer que era impensable dar un rodeo a través de los montes, por pistas seguramente intransitables incluso para un todoterreno de las características del Rebeco. Y eso suponiendo que supieran por dónde ir… Lo más probable era que se perdieran o agotaran el depósito de combustible antes de llegar a ningún sitio…
Dado que no podrían pasar de ninguna manera a través de la desviación de la derecha debido a los vehículos que la taponaban, solo les quedaba la opción de llegar hasta Munguía, y desde allí enlazar de nuevo con la ruta del NO. Pero eso implicaba atravesar la marea de deambulantes que también inundaba ese camino hasta el pueblo. Por eso, la única opción viable era, después de descartar las demás, la famosa maniobra de distracción. Toni esperaba que esta vez funcionara. A la tercera…
Dejó a Bea subida al techo del blindado, atenta a los acontecimientos, mientras él se perdía a lo lejos poco a poco, hasta que solo fue un punto fundido con el asfalto. Bea le siguió con los prismáticos, y vio que Toni, antes de entrar en el campo visual de los primeros muertos, se salía de la carretera, ocultándose entre la densa vegetación. La enfermera recordó el feo aspecto que tenía el mordisco del brazo del chico. Había desinfectado la herida de nuevo, pero no creía que unos antibióticos fueran la solución a una epidemia que parecía a punto de exterminar a toda la humanidad… Toni no presentaba síntomas evidentes de la infección, salvo la dilatación de la pupila y la alta temperatura corporal, que aparentemente no cursaba con el típico estado febril. Sin embargo, había comenzado a sentir ligeros mareos…
Sumida en estos pensamientos, había perdido de vista a Toni. Los segundos parecían horas. Lo único que podía ver era el torpe movimiento de los deambulantes, como una marea inhumana que fluía adelante y atrás, gimiendo incesantemente… Y entonces, de repente, la explosión retumbó en el valle rebotando de árbol en árbol, golpeando de lleno sus oídos al cogerla desprevenida: era la maniobra de distracción. Una pequeña llamarada se elevó durante un instante a la derecha del desvío, justo por detrás de donde comenzaba el atasco de vehículos y muertos.
Ansiosa, se llevó los prismáticos a la cara, enfocando el espectáculo. No había ni rastro de Toni, pero su golpe de mano parecía comenzar a surtir efecto, porque los deambulantes, inmóviles en un principio, comenzaron a encaminarse hacia el lugar de la explosión, atraídos por el ruido, o por el resplandor, o por el olor de la pólvora… O, quizá, por todo ello a la vez. De manera progresiva, la ruta que llevaba al pueblo empezó a despejarse, a medida que más y más muertos se alejaban de ella. Si allí había tantos, probablemente Munguía no supondría un grave peligro…
Bea bajó de dos saltos al suelo y se sentó al volante. Arrancó el motor y aceleró despacio, dando el suficiente gas para que el pesado vehículo iniciara la marcha, pero intentando hacer el menor ruido posible. La vida de todos ellos dependía de su sigilo, de su capacidad de mimetizarse visual y acústicamente con el paisaje para no llamar la atención de ojos indiscretos.
–Nos vamos –dijo.


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