Hacía un
calor asfixiante allí dentro, pese a las bajas temperaturas del exterior.
Probablemente, el hacinamiento de tanta gente en tan reducido espacio tuviera
algo que ver, pero no había otra opción, dado el terrible escenario que
esperaba a quien tuviera el valor de asomar el hocico. Tampoco había
ventilación, y el aire se enrarecía por momentos. Una pobre luz colgaba del
techo inclinado del almacén textil, situado en los bajos de un edificio de mejor
aspecto del que evidenciaba una más detallada inspección.
No menos
de doscientas personas abarrotaban el local, sentadas en el suelo, sobre las
máquinas o, exhaustas, sencillamente tiradas en el suelo. No había pasillos por
los que caminar, ni comida con que sustentar a aquella gente. No había más agua
que el de un ralo grifo que pronto no haría sino gotear. No había váter, ni aseo,
ni orinales donde evacuar vejigas e intestinos. No había nada, salvo un
terrorífico espanto que atenazaba la garganta de todos. Quien alcanzaba a
emitir algún sonido, tan solo era para lamentarse. Ayes y suspiros desbordaban
la capacidad de sufrimiento de mujeres y hombres, y groseras maldiciones
asomaban indistintamente a la boca de todos, incomprensiblemente sometidos a la
morbosidad de una cobardía autoimpuesta; los niños, ni siquiera tenían fuerzas,
ya, para quejarse.
Puede que
llevaran encerrados un par de días. La pestilencia, extendida poco a poco, de
hora en hora, había hecho insensibles sus pituitarias a los efluvios de sus
propias deposiciones y orines. Estaban literalmente encerrados, a pesar de que nada,
salvo, quizá, algún ángel exterminador, les impedía abrir desde dentro la
puerta de acceso. Instintivamente, todos se habían ido arrimando hacia el fondo
del local, lo más alejados posible de la entrada, que era el único espacio
libre del almacén. Nadie quería estar allí, y quienes no habían cogido sitio preventivamente,
miraban con constante temor la puerta, sin atreverse a dormir, casi sin respirar,
pendientes de cualquier sonido extraño. Los crujidos de las máquinas al
ajustarse sus partes móviles por efecto de la presión humana, o del cambio
sutil de temperatura, les producían verdadero espanto.
Carecían
de referencias, y por todo conocimiento del mundo exterior solo les llegaba,
como eco de su propio miedo, un continuo gemido incesante, un clamor amortiguado
por el muro que mediaba entre ellos y el horror más absoluto; entre la vida
apenas soportable que habían conocido allí dentro y la muerte segura y atroz
que les aguardaba afuera, a todos y cada uno de ellos.
En un
lateral del almacén, entre restos de hilos, telas cortadas y grasa de las
máquinas, una escalera de metálicos y herrumbrosos peldaños arrancaba del sucio
suelo, al que estaba atornillada, y subía hasta una pequeña oficina, donde
Toni, sentado con las piernas flexionadas y la espalda apoyada contra el panel
de cristal de la puerta, miraba su reloj mientras contaba los segundos. Quizá
lo hacía para entretenerse, o para soportar la angustia de la espera, o puede
que solo como una macabra cuenta atrás.
Miraba a
la gente que se arracimaba a un par de metros bajo él, y se maravillaba de que
nadie hubiera descubierto la oficina. Parecían todos seres obscenos que solo
tenían ojos y oídos para la puerta de entrada del almacén, y ninguno de ellos
había reparado en el cómodo lugar desde el que el chaval delgado y pálido les
miraba escrutadoramente.
Entonces,
la puerta se abrió. Sin violencia, sin ruido. Por eso, al principio, nadie se
dio cuenta a pesar de que todos los ojos miraban en su dirección. Lo veían,
pero la imagen no era correctamente procesada por sus estupefactos cerebros.
Era como si hubiera una interrupción de la señal, como si el emisor y los receptores
no estuvieran correctamente sintonizados, o como si un malvado hipnotizador
hubiera creado en sus mentes una falsa visión colectiva, que les hacía ver
cerrada aún la puerta ya abierta.
Un
monstruo asomó la cabeza. Tambaleante, penetró en el almacén y caminó unos
pasos. Veía a toda aquella gente amontonada, quieta, impasible, y pareció
incluso dudar entre seguir avanzando o dar media vuelta, convencido de que allí
no había comida. Pero, entonces, una mujer gritó, e instantáneamente otras
personas aterradas comenzaron a chillar, despavoridas, mientras se empujaban
salvajemente unas a otras en su intento de fundirse con la pared del fondo del
almacén.
Al primer
muerto siguió otro, y otro, y enseguida fueron cien, y mil, y era imposible que
el almacén contuviera a tanta gente al mismo tiempo. La sangre comenzó a brotar
de las horribles heridas abiertas en la carne trémula de las víctimas,
degolladas, descuartizadas, mutiladas… Pronto, un río rojo discurría por el
suelo del almacén, avanzando sin cesar hasta la salida. En su camino, hombres y
monstruos en lucha fratricida, unos insensibles y otros padeciendo toda la
sensibilidad del mundo…
Luego, en
pocos minutos, se acallaron los alaridos, los gritos, la pelea, los lamentos y
los llantos de los niños… Solo hubo silencio, y el gemir de fondo que se había
convertido, desde hacía un par de días, en la nueva sinfonía del mundo.
Desde su
escondite, al que milagrosamente nadie había subido y del que los muertos
parecían no tener idea, Toni se asomó a la barandilla. Sentado sobre la
plataforma, dejó colgando ambas piernas, mientras las balanceaba rítmicamente.
Golpeó su brazo escayolado contra uno de los barrotes de hierro, y miles de
garbanzos se desparramaron sobre la plataforma, cayendo sobre las escaleras de
peldaño en peldaño, hasta llegar, algunos, al suelo.
Toni, para
no aburrirse, comenzó a lanzar garbanzos, de uno en uno y sin demasiado
interés, sobre las cabezas de los muertos, que, con su escaso conocimiento,
movían el cuello y giraban el rostro sin acertar a saber qué estaba pasando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario