Toni,
convencido de que Bea era perfectamente capaz de resolver la situación del niño
sin su ayuda, se había aproximado al caserío que estaba justo enfrente de
ellos, en el lado derecho de la carretera. A medida que se aproximaba, se
sentía más nervioso. No se oía nada, salvo la conversación amortiguada de las
mujeres en el interior del blindado, pero algo le había hecho ponerse en estado
de alerta. Se detuvo. Quizá no era buena idea aventurarse allí: ¿qué podría
haber en ese sitio de interés para el grupo? Sin embargo, aunque Toni sabía
todo eso, no podía contener la innata curiosidad humana.
La casa
era enorme, constaba de al menos tres edificios y un amplio corral, según la
perspectiva que el chaval tenía desde la carretera. Pero, a diferencia de los
de Vitoria, este corral estaba vacío,
solo cubierto de abundante hierba húmeda. En el hueco que formaban las dos
construcciones principales, un vehículo con las puertas abiertas parecía una invitación
a echar un vistazo.
Pero Toni
tenía otro plan. Además, no le gustaba meter las narices en el interior de los
coches: ya tenía malas experiencias sobre eso. Se desvió a la izquierda y llegó
ante la cancela de madera que marcaba el inicio de la propiedad. Un murete de
piedra de un metro de altura aproximadamente cerraba todo el perímetro alrededor
de la vivienda. Toni supuso que continuaría por la parte de atrás. Empujó la
valla. Estaba abierta. En vez de intentar entrar en la casa, optó por rodearla
por ese lado izquierdo. Se detuvo en la esquina. Desde allí controlaba un mayor
espacio de terreno, y, al mismo tiempo, tenía el blindado a la vista.
Siguió
avanzando, pero no demasiado pegado a la pared de la casa, por si acaso. Aunque
no había percibido movimiento alguno ni dentro ni fuera del caserío, no sabía
qué podía llegar a salir por cualquier puerta o ventana. En todo caso, llevaba
el hacha fuertemente agarrada. Se detuvo de nuevo. Ahora sí oía algo… Un roce,
o acaso el sonido que produce un objeto que se arrastra por el suelo… Dio otros
tres pasos y se plantó en la otra esquina de ese lado de la casa. Y, en ese
mismo instante, prácticamente brincó hacia atrás un par de metros al sentir el
aliento fétido del engendro que había allí.
Se preparó
para recibir el ataque y soltar un golpe con el hacha, pero entonces vio más
cosas, cosas que la impresión del terrible encuentro le habían impedido ver en
principio. El muerto estaba sujeto por una cadena que iba desde su tobillo
derecho hasta una gruesa argolla anclada en la pared trasera de la casa. El
recorrido le permitía llegar justo hasta la esquina, pero sin que pudiera
asomar al otro lado. Por eso, Toni no le había visto hasta que lo tuvo encima.
El monstruo braceaba inútilmente, intentando alcanzarlo.
Toni no
habría sabido decir si era un hombre o una mujer. Restos de ropa indefinida
convertidos en andrajos le cubrían, pero el cuerpo estaba tan deteriorado por
la prolongada exposición a la intemperie que poco más podía aventurar sobre su
identidad. Lo esquivó, avanzando otra vez, y vio más cosas. Otras dos cadenas
de sólidos eslabones estaban enganchadas a la argolla, y los otros extremos
terminaban, como la primera, en los cuerpos de sendos muertos. Presentaban un
aspecto tan lamentable como el primero, pero, al menos, supo que uno de ellos
era un niño, que se arrastraba sobre los muñones de ambas piernas, amputadas
por debajo de las rodillas. La cadena la llevaba atada al cuello.
El suelo
aparecía cubierto de restos orgánicos devorados. Toni no pudo decir si eran
humanos o animales, porque formaban masas sanguinolentas informes, y él no era
médico, ni forense, ni siquiera carnicero... Había muchas plumas esparcidas por
el suelo, y supuso que los muertos habían comido gallinas, o patos… Pero si no
podían ir muy lejos porque estaban encadenados, ¿cómo habían conseguido la
comida?
En el
instante en que su cerebro se formuló la pregunta, su cuerpo se tensó y se
aferró al hacha hasta que le blanquearon los nudillos. Avanzó despacio, a la
distancia necesaria para que no le alcanzaran, rodeándolos. En el rincón que
formaban los dos edificios había una puerta. Se dirigió hacia ella y se detuvo
a escuchar. Los muertos gemían ante su presencia, y alargaban hacia él sus
brazos inmundos. Pero otro sonido llegaba desde el interior del caserío, desde
detrás de esa puerta.
Lentamente,
Toni la empujó con el pie. La hoja de madera cedió, haciendo rechinar los
goznes. Una bocanada de aire hediondo salió del interior y llegó justo hasta la
altura de su nariz, provocándole una violenta náusea. Conteniendo las arcadas,
asomó la cabeza muy despacio. A la luz escasa del día gris, pudo entrever
difusamente otro par de muertos que intentaban agarrarlo. Inútilmente, porque
estaban también atados por el tobillo a un gancho de la pared. Al fondo de la
estancia, en una silla, un hombre de edad avanzada le miraba fijamente con los
ojos muy abiertos. Su cuerpo estaba abierto a mordiscos, desgarrado, sin
vísceras, ingrávido sobre un charco de sangre seca. Y, a pesar de ello, abría a
impulsos espasmódicos la boca, completamente desencajada.
Asqueado,
Toni rodeó de nuevo el edificio poniendo especial cuidado en no quedar al
alcance de los deambulantes, que se afanaban lanzando sus garras al vacío y
gimiendo incesantemente. No le fue difícil imaginar la tragedia que había sucedido
allí, con un anciano convertido, quién sabía de qué horrible manera, en
cuidador de tan espantosa familia. Y finalmente en su alimento y, a su vez,
retornado de entre los muertos.
Regresó a
la carretera. Ni siquiera se había molestado en matar a los pobres
desgraciados. Encadenados como estaban, ¿a quién iban ya a comerse? Con la
cabeza zumbándole por la presión y las náuseas, vio cómo Bea bajaba del vehículo
militar.
–¿Había
algo? –le preguntó Bea cuando llegó, mientras Juan se recuperaba sin complicaciones
del episodio de hipoglucemia.
–Mucha
mierda…
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