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viernes, 3 de octubre de 2014

Cuarta parte. Uno. 4

Toni, convencido de que Bea era perfectamente capaz de resolver la situación del niño sin su ayuda, se había aproximado al caserío que estaba justo enfrente de ellos, en el lado derecho de la carretera. A medida que se aproximaba, se sentía más nervioso. No se oía nada, salvo la conversación amortiguada de las mujeres en el interior del blindado, pero algo le había hecho ponerse en estado de alerta. Se detuvo. Quizá no era buena idea aventurarse allí: ¿qué podría haber en ese sitio de interés para el grupo? Sin embargo, aunque Toni sabía todo eso, no podía contener la innata curiosidad humana.
La casa era enorme, constaba de al menos tres edificios y un amplio corral, según la perspectiva que el chaval tenía desde la carretera. Pero, a diferencia de los de Vitoria, este corral estaba vacío, solo cubierto de abundante hierba húmeda. En el hueco que formaban las dos construcciones principales, un vehículo con las puertas abiertas parecía una invitación a echar un vistazo.
Pero Toni tenía otro plan. Además, no le gustaba meter las narices en el interior de los coches: ya tenía malas experiencias sobre eso. Se desvió a la izquierda y llegó ante la cancela de madera que marcaba el inicio de la propiedad. Un murete de piedra de un metro de altura aproximadamente cerraba todo el perímetro alrededor de la vivienda. Toni supuso que continuaría por la parte de atrás. Empujó la valla. Estaba abierta. En vez de intentar entrar en la casa, optó por rodearla por ese lado izquierdo. Se detuvo en la esquina. Desde allí controlaba un mayor espacio de terreno, y, al mismo tiempo, tenía el blindado a la vista.
Siguió avanzando, pero no demasiado pegado a la pared de la casa, por si acaso. Aunque no había percibido movimiento alguno ni dentro ni fuera del caserío, no sabía qué podía llegar a salir por cualquier puerta o ventana. En todo caso, llevaba el hacha fuertemente agarrada. Se detuvo de nuevo. Ahora sí oía algo… Un roce, o acaso el sonido que produce un objeto que se arrastra por el suelo… Dio otros tres pasos y se plantó en la otra esquina de ese lado de la casa. Y, en ese mismo instante, prácticamente brincó hacia atrás un par de metros al sentir el aliento fétido del engendro que había allí.
Se preparó para recibir el ataque y soltar un golpe con el hacha, pero entonces vio más cosas, cosas que la impresión del terrible encuentro le habían impedido ver en principio. El muerto estaba sujeto por una cadena que iba desde su tobillo derecho hasta una gruesa argolla anclada en la pared trasera de la casa. El recorrido le permitía llegar justo hasta la esquina, pero sin que pudiera asomar al otro lado. Por eso, Toni no le había visto hasta que lo tuvo encima. El monstruo braceaba inútilmente, intentando alcanzarlo.
Toni no habría sabido decir si era un hombre o una mujer. Restos de ropa indefinida convertidos en andrajos le cubrían, pero el cuerpo estaba tan deteriorado por la prolongada exposición a la intemperie que poco más podía aventurar sobre su identidad. Lo esquivó, avanzando otra vez, y vio más cosas. Otras dos cadenas de sólidos eslabones estaban enganchadas a la argolla, y los otros extremos terminaban, como la primera, en los cuerpos de sendos muertos. Presentaban un aspecto tan lamentable como el primero, pero, al menos, supo que uno de ellos era un niño, que se arrastraba sobre los muñones de ambas piernas, amputadas por debajo de las rodillas. La cadena la llevaba atada al cuello.
El suelo aparecía cubierto de restos orgánicos devorados. Toni no pudo decir si eran humanos o animales, porque formaban masas sanguinolentas informes, y él no era médico, ni forense, ni siquiera carnicero... Había muchas plumas esparcidas por el suelo, y supuso que los muertos habían comido gallinas, o patos… Pero si no podían ir muy lejos porque estaban encadenados, ¿cómo habían conseguido la comida?
En el instante en que su cerebro se formuló la pregunta, su cuerpo se tensó y se aferró al hacha hasta que le blanquearon los nudillos. Avanzó despacio, a la distancia necesaria para que no le alcanzaran, rodeándolos. En el rincón que formaban los dos edificios había una puerta. Se dirigió hacia ella y se detuvo a escuchar. Los muertos gemían ante su presencia, y alargaban hacia él sus brazos inmundos. Pero otro sonido llegaba desde el interior del caserío, desde detrás de esa puerta.
Lentamente, Toni la empujó con el pie. La hoja de madera cedió, haciendo rechinar los goznes. Una bocanada de aire hediondo salió del interior y llegó justo hasta la altura de su nariz, provocándole una violenta náusea. Conteniendo las arcadas, asomó la cabeza muy despacio. A la luz escasa del día gris, pudo entrever difusamente otro par de muertos que intentaban agarrarlo. Inútilmente, porque estaban también atados por el tobillo a un gancho de la pared. Al fondo de la estancia, en una silla, un hombre de edad avanzada le miraba fijamente con los ojos muy abiertos. Su cuerpo estaba abierto a mordiscos, desgarrado, sin vísceras, ingrávido sobre un charco de sangre seca. Y, a pesar de ello, abría a impulsos espasmódicos la boca, completamente desencajada.
Asqueado, Toni rodeó de nuevo el edificio poniendo especial cuidado en no quedar al alcance de los deambulantes, que se afanaban lanzando sus garras al vacío y gimiendo incesantemente. No le fue difícil imaginar la tragedia que había sucedido allí, con un anciano convertido, quién sabía de qué horrible manera, en cuidador de tan espantosa familia. Y finalmente en su alimento y, a su vez, retornado de entre los muertos.
Regresó a la carretera. Ni siquiera se había molestado en matar a los pobres desgraciados. Encadenados como estaban, ¿a quién iban ya a comerse? Con la cabeza zumbándole por la presión y las náuseas, vio cómo Bea bajaba del vehículo militar.
–¿Había algo? –le preguntó Bea cuando llegó, mientras Juan se recuperaba sin complicaciones del episodio de hipoglucemia.
–Mucha mierda…


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