Contra la
pared del caserío, apenas perfilada por la débil luz que la noche estrellada
arrojaba sobre los montes vascos, una silueta que delimitaba un cuerpo de mujer,
esperaba. Esperaba y pensaba, o más bien recordaba. Su mente retornaba a un
momento indefinido en el tiempo, pero anterior al horror que estaba viviendo.
Rebosaba alegría, confianza y entusiasmo, y un vigor propio de la edad que
mantenía encendida la ilusión por hacer cosas, por aprenderlo todo, por
cambiar, por conmover a los demás… Era un instante de su vida en que el trabajo
y la colaboración en varios proyectos solidarios consumían todo su tiempo, y
aun así, siempre estaba disponible, solícita para tomar un buen café con algún amigo, a
una charla con sus padres, a un encuentro con quien necesitara su ayuda, su
amistad o, simplemente, su compañía.
Bea
recordaba esa vida suya que ya no tenía, que probablemente nunca volvería a
tener. Todo se había desvanecido entre las sombras de su dolor, del tiempo y de
un mundo enloquecido en el que los seres humanos eran solo comida…
Un leve
ruido la sacó de sus pensamientos, haciéndola retornar al mundo real, a la
mierda en que se había convertido su vida, igual que la de los demás que
estaban con ella, igual que la de los vascos que habían conocido en Vitoria,
igual que la del resto de personas que no habían tenido la suerte de morir del
todo…
El ruido
se repitió. Era un chasquido. Bea lo identificó inmediatamente: algo o alguien
de bastante peso estaba pisando las ramas caídas sobre el suelo. Podía ser
algún animal atraído por el olor de la chimenea y de la comida, quizá un
jabalí… O podía ser un muerto, a quien exactamente los mismos olores guiaban de
manera precisa. Bea no se movió. En la mano izquierda tenía una lata de cerveza
medio vacía, y en la derecha la pistola con silenciador de Toni. Supuso que
dentro todos estaban durmiendo, de modo que no era cuestión de alarmarlos
innecesariamente. Además, nadie podría entrar… si sus suposiciones sobre la
seguridad de la valla y la habilidad de los deambulantes eran correctas. De
todas formas, ella se encargaría…
Echó un
trago de cerveza, y después lanzó la lata hacia la valla, al lugar de donde
provenía el ruido. Escuchó un inconfundible gemido. Forzando apenas la mirada,
pudo distinguir la sombra del muerto asomando ligeramente por encima de la
vegetación que cubría la alambrada… Se levantó y comenzó a caminar hacia allí.
A medida que se acercaba, el deambulante se agitaba más y más, ante la
inminencia de lo que interpretaba como una suculenta cena. Entonces, Bea
escuchó otro gemido diferente: no había uno, sino dos muertos. Bueno, así
practicaría…
Cuando
llegó a la valla, casi pudo sentir la pestilencia del aliento de los
deambulantes en su rostro. No los veía claramente, pero sus continuos gemidos
les delataban. Sin embargo, a través del seto no podía hacer puntería, de modo
que se desplazó a lo largo de la valla hasta llegar a la puerta metálica. Como
había supuesto, los muertos, al otro lado, siguieron punto por punto el camino
que ella había hecho. A través de los barrotes de hierro se enfrentaron de pronto,
el ser vivo y los seres muertos, mirándose a los ojos, con ansia ellos, con
infinita tristeza ella.
Bea no fue
tan imprudente como para ponerse al alcance de sus ponzoñosas uñas, que
arañaban inútilmente el aire que separaba dos mundos incomprensibles pero tan
cercanos que parecían el mismo... Habían introducido sus brazos a través de los
barrotes, e intentaban igualmente meter sus cabezas podridas entre ellos, sin
importarles que el roce con el metal herrumbroso arrancara jirones de piel
mezclada con carne sanguinolenta de sus mejillas. Estaban muy excitados, y
chasqueaban la lengua ante la proximidad de la comida…
Bea
levantó la mano derecha, estirándola. Apenas unos centímetros separaban la boca
del silenciador de los dedos engarfiados de los muertos, puntas a su vez
infectadas con armas más poderosas que todas las balas del mundo. Apuntó al
primero de ellos, el que tenía más cerca. Solo veía la silueta de su cabeza,
pero el brillo enfermizo de sus ojos la guió. Su dedo índice se curvó
suavemente sobre el sensible gatillo. Aguantó la respiración, como sabía que
debía hacerse, y una breve pero intensa llamarada brotó del silenciador,
iluminando la terrible escena durante una fracción de segundo. La luz del
disparo apenas duró un instante, pero el rostro del deambulante deshaciéndose
por efecto del brutal impacto de la bala se le quedó grabado a Bea durante mucho
tiempo.
Un ruido
apagado le indicó que el cuerpo había caído a tierra. Apuntó al otro muerto y
repitió, muy despacio, todo el proceso. Parecía que estaba disfrutando con
ello, cuando en realidad lo único que deseaba era hacerlo bien para no tener
que estar allí más tiempo del necesario. Un nuevo fogonazo y el cráneo del
deambulante se resquebrajo. Cayó pesadamente hacia delante, quedando atrapado
entre la puerta y el suelo en una grotesca postura, con ambos brazos colgando
inertes a través de los barrotes.
Hastiada y
profundamente triste, Bea volvió a la casa
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