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domingo, 19 de octubre de 2014

Cuarta parte. Tres. 1

Alrededor de la enorme mesa tocinera de la cocina, los miembros del grupo de supervivientes se estaban dando un auténtico festín. Tras demasiado tiempo alimentándose con latas y conservas, tener la ocasión de comer embutidos y queso era un verdadero privilegio. En la lumbre, que habían encendido a pesar de que tanto Bea como Toni recordaban que el humo también atraía a los muertos, hervía una olla con arroz y trozos del conejo que habían encontrado en el corral, agazapado contra un arbusto. El primer plato caliente en muchos, muchos días. Tenían, incluso, pan. No estaba blando en absoluto, pero era de buen trigo, presumiblemente amasado y horneado en el mismo caserío, y eso le confería una textura que garantizaba su calidad: solo tendrían que remojarlo en agua...
Cristina se encargaba de supervisar el guiso, removiéndolo cada poco tiempo. Por un instante, nadie se acordaba de la horrible realidad que les rodeaba, y que incluso estaba a su lado, en algunas de las habitaciones de la casa. Por suerte para ellos, Bea solo les había permitido entrar en el comedor y en la cocina. Toni, sin embargo, sí era plenamente consciente de esa terrorífica sensación: en esos mismos instantes fluía por sus venas…
–Cómo lamento no haberte podido hacer un torniquete, Toni… –se quejaba Bea, al tiempo que vendaba el brazo de Toni en un rincón de la cocina, alejados del resto.
–¿Hasta llegar al hospital? –respondió el chico con ironía.
La enfermera se quedó pensativa. Recapacitó, y se dio cuenta de que lo que acababa de decir era una estupidez. ¿De qué habría servido un torniquete si Toni no tenía hemorragia sino un grave riesgo de infección a causa del mordisco? Como mucho, la presión podría haber retrasado el avance de la sangre por el resto de su organismo, y ni siquiera eso era seguro. Además, en algún momento habría tenido que aflojar el torniquete para evitar que el antebrazo y la mano se gangrenaran…
–Tienes razón, no habría servido de nada… si acaso para tener que amputarte el brazo desde el codo –acabó de ajustar el vendaje y miró a Toni directamente a los ojos, buscando indicios de algún síntoma–. ¿Cómo te encuentras?
–Extraordinariamente… –respondió, manteniendo la inquisitiva mirada de Bea, dejando adrede la respuesta flotando en el aire e inconclusa. «…mal», le habría gustado finalizar la frase.
Ambos estaban pensando lo mismo, pero ninguno se atrevía a decirlo. Podía ocurrir un milagro. O dos. No sería la primera vez, ya sabían lo que era eso, aunque ignoraban por qué ocurría. Finalmente, Toni trató de quitarle seriedad al asunto.
–¿Crees que vendrán más?
–¿Por qué?
–Por el humo, ya sabes…
–No lo sé, espero que no. Estamos en el campo, y por aquí no vive demasiada gente en el mismo sitio. Además, el caserío está vallado…
–También lo estaba tu casa en El Coto, y cuando nos levantamos parecía que acabábamos de dar una fiesta a la que estaban invitados todos los putos muertos de Viana…
Bea apretó suavemente el brazo a Toni por encima del vendaje. Esbozó una sonrisa en su pálida cara, sin ganas, sin convicción…
–No creo que debamos preocuparnos por eso ahora…
Mientras los demás seguían comiendo, Sara se levantó y se acercó a ellos. Masticaba un trozo de pan, y tenía las manos manchadas con la grasa de un chorizo.
–¿Te pondrás bien, Toni?
–Claro, cariño, solo es una heridita… –le dijo Bea.
–No. Le han mordido. Como a mi hermana. Y ella está muerta…
El rostro de Sara traslucía una madurez muy por encima de la edad biológica de la niña. Su desagradable y trágico contacto con la realidad que el mundo experimentó en tan solo un par de semanas había equivalido a varios años del aprendizaje que le hubiera correspondido de acuerdo con su edad y su capacidad de asimilación. Había tanta tristeza en su mirada, que Toni tuvo que hacer un extraordinario esfuerzo para contener las lágrimas que pugnaban por asomarse a sus ojos. Al fin, encontró las fuerzas necesarias para responder sin que le temblaran los labios. Puso ambas manos sobre los hombros de la pequeña.
–Bea tiene razón, Sara: solo es un pequeño mordisquito. Yo no me voy a poner malo, ya lo verás… Te lo prometo.
Un chaval de barrio tratando de persuadir a una niña bien educada de que el mundo seguía siendo el mismo, de que las cosas apenas habían cambiado, de que, en algún lugar, alguien estaba velando por ellos, de que había aún esperanza… Un chaval de barrio, poco más que un delincuente callejero, infundiendo valor y tranquilidad a una cría que había accedido al mundo real tras la traumática experiencia de ver morir a su hermana y sus padres, y de ser ella misma violada por una horda de salvajes hombres… ¿Tenía sentido todo eso? ¿Lo tenía?
Sara se le quedó mirando, como si intentara comprender lo que decía. Como si efectivamente le creyera. Impulsivamente, se abrazó a Toni, rodeándole el cuello con sus brazos.
–No puedes mentir. Es pecado…
Toni abrazó también a Sara, pasándole su brazo sano por la cintura, apretándola contra su pecho. Dos adolescentes, cada uno en una dimensión propia y personalísima, compartiendo, sin embargo, la misma y trágica existencia, fundidos en un abrazo de amor sincero. La herida le ardía. Una lágrima solitaria, por fin, rodó por su mejilla…


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