Alrededor
de la enorme mesa tocinera de la cocina, los miembros del grupo de
supervivientes se estaban dando un auténtico festín. Tras demasiado tiempo
alimentándose con latas y conservas, tener la ocasión de comer embutidos y
queso era un verdadero privilegio. En la lumbre, que habían encendido a pesar
de que tanto Bea como Toni recordaban que el humo también atraía a los muertos,
hervía una olla con arroz y trozos del conejo que habían encontrado en el
corral, agazapado contra un arbusto. El primer plato caliente en muchos, muchos
días. Tenían, incluso, pan. No estaba blando en absoluto, pero era de buen
trigo, presumiblemente amasado y horneado en el mismo caserío, y eso le
confería una textura que garantizaba su calidad: solo tendrían que remojarlo en
agua...
Cristina
se encargaba de supervisar el guiso, removiéndolo cada poco tiempo. Por un
instante, nadie se acordaba de la horrible realidad que les rodeaba, y que
incluso estaba a su lado, en algunas de las habitaciones de la casa. Por suerte
para ellos, Bea solo les había permitido entrar en el comedor y en la cocina.
Toni, sin embargo, sí era plenamente consciente de esa terrorífica sensación: en
esos mismos instantes fluía por sus venas…
–Cómo
lamento no haberte podido hacer un torniquete, Toni… –se quejaba Bea, al tiempo
que vendaba el brazo de Toni en un rincón de la cocina, alejados del resto.
–¿Hasta
llegar al hospital? –respondió el chico con ironía.
La
enfermera se quedó pensativa. Recapacitó, y se dio cuenta de que lo que acababa
de decir era una estupidez. ¿De qué habría servido un torniquete si Toni no
tenía hemorragia sino un grave riesgo de infección a causa del mordisco? Como
mucho, la presión podría haber retrasado el avance de la sangre por el resto de
su organismo, y ni siquiera eso era seguro. Además, en algún momento habría
tenido que aflojar el torniquete para evitar que el antebrazo y la mano se
gangrenaran…
–Tienes
razón, no habría servido de nada… si acaso para tener que amputarte el brazo
desde el codo –acabó de ajustar el vendaje y miró a Toni directamente a los
ojos, buscando indicios de algún síntoma–. ¿Cómo te encuentras?
–Extraordinariamente…
–respondió, manteniendo la inquisitiva mirada de Bea, dejando adrede la
respuesta flotando en el aire e inconclusa. «…mal», le habría gustado finalizar la frase.
Ambos
estaban pensando lo mismo, pero ninguno se atrevía a decirlo. Podía ocurrir un
milagro. O dos. No sería la primera vez, ya sabían lo que era eso, aunque
ignoraban por qué ocurría. Finalmente, Toni trató de quitarle seriedad al
asunto.
–¿Crees
que vendrán más?
–¿Por qué?
–Por el
humo, ya sabes…
–No lo sé,
espero que no. Estamos en el campo, y por aquí no vive demasiada gente en el mismo
sitio. Además, el caserío está vallado…
–También
lo estaba tu casa en El Coto, y cuando nos levantamos parecía que acabábamos de
dar una fiesta a la que estaban invitados todos los putos muertos de Viana…
Bea apretó
suavemente el brazo a Toni por encima del vendaje. Esbozó una sonrisa en su
pálida cara, sin ganas, sin convicción…
–No creo
que debamos preocuparnos por eso ahora…
Mientras
los demás seguían comiendo, Sara se levantó y se acercó a ellos. Masticaba un
trozo de pan, y tenía las manos manchadas con la grasa de un chorizo.
–¿Te
pondrás bien, Toni?
–Claro,
cariño, solo es una heridita… –le dijo Bea.
–No. Le
han mordido. Como a mi hermana. Y ella está muerta…
El rostro
de Sara traslucía una madurez muy por encima de la edad biológica de la niña.
Su desagradable y trágico contacto con la realidad que el mundo experimentó en
tan solo un par de semanas había equivalido a varios años del aprendizaje que
le hubiera correspondido de acuerdo con su edad y su capacidad de asimilación.
Había tanta tristeza en su mirada, que Toni tuvo que hacer un extraordinario
esfuerzo para contener las lágrimas que pugnaban por asomarse a sus ojos. Al
fin, encontró las fuerzas necesarias para responder sin que le temblaran los
labios. Puso ambas manos sobre los hombros de la pequeña.
–Bea tiene
razón, Sara: solo es un pequeño mordisquito. Yo no me voy a poner malo, ya lo
verás… Te lo prometo.
Un chaval
de barrio tratando de persuadir a una niña bien educada de que el mundo seguía
siendo el mismo, de que las cosas apenas habían cambiado, de que, en algún
lugar, alguien estaba velando por ellos, de que había aún esperanza… Un chaval
de barrio, poco más que un delincuente callejero, infundiendo valor y
tranquilidad a una cría que había accedido al mundo real tras la traumática
experiencia de ver morir a su hermana y sus padres, y de ser ella misma violada
por una horda de salvajes hombres… ¿Tenía sentido todo eso? ¿Lo tenía?
Sara se le
quedó mirando, como si intentara comprender lo que decía. Como si efectivamente
le creyera. Impulsivamente, se abrazó a Toni, rodeándole el cuello con sus
brazos.
–No puedes
mentir. Es pecado…
Toni abrazó
también a Sara, pasándole su brazo sano por la cintura, apretándola contra su
pecho. Dos adolescentes, cada uno en una dimensión propia y personalísima, compartiendo,
sin embargo, la misma y trágica existencia, fundidos en un abrazo de amor sincero.
La herida le ardía. Una lágrima solitaria, por fin, rodó por su mejilla…
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