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viernes, 17 de octubre de 2014

Cuarta parte. Dos. 5

Bea aún estaba aturdida. No comprendía por qué se había quedado inmovilizada durante todo el episodio, dejando a Toni completamente solo frente a tres deambulantes, que se habían convertido de sombras en amenazas mortales.
–Lo siento, Toni, no sé que me ha pasado… Si no me hubieras empujado, esta… pequeña me habría mordido…
Toni no contestó. Seguía sentado sobre la cama, con la mirada clavada en ella. Pero no la estaba viendo, Bea se dio cuenta de ello.
–¿Toni?
El chaval se miró entonces el antebrazo izquierdo. El mordisco de la niña no había sido demasiado profundo, pero sangraba. Bea se agachó inmediatamente a su lado, presa de un amago de ataque de histeria.
–¡Toni, Dios mío, Toni, no…!
Toni trató de calmarla. Apoyó su brazo derecho sobre el hombro de la enfermera y la sacudió levemente pero con energía. Luego la habló pronunciando muy despacio cada palabra.
–Escucha, no pierdas los nervios. Solo es un mordisco. Este grupo depende de ti, así que tranquilízate, ¿vale?
–Sí, sí, vale… estoy tranquila, vale… tengo que curarte. Voy a por el maletín…
Ya se había puesto de pie, y se dirigía a la puerta de la habitación. Toni tuvo el tiempo justo para agarrarla por la manga de la cazadora.
–¡Espera, espera! No hemos registrado toda la casa… Puede haber más…–miró al suelo, tratando de reconocer a los muertos, y enumerándolos–. Parecen una familia, ¿no? Mira, el padre, la madre, el hijo mayor, la pequeña… A ésta me la cargué en seguida, nada más entrar –dijo, señalando a la que parecía la madre, que era la que Bea arrastró tras de sí desde la cama al suelo–. Parecía que estaba esperándome, parada delante del balcón. Perdí la linterna del susto… Pero los otros…, no los vi. Los oía, pero no los podía ver. Por eso te sujeté en cuanto entraste. ¿Quién te mandó subir…?
Tras la pregunta, que era más retórica que formal, Toni dio por concluido el relato de los hechos. Refunfuñando, se levantó de la cama y desenfundó la pistola. Allí dentro era más manejable que el HK, y requería menos esfuerzo que el hacha. En realidad, no estaba ya para demasiados esfuerzos esa noche… Comenzó a caminar hacia la puerta.
–Alumbra, Bea.
Salieron a un amplio pasillo. Varias puertas más estaban semiabiertas. Registraron todas las habitaciones, pero no encontraron más que polvo y el cuerpo de un niño de unos siete años prácticamente devorado a mordiscos. Una barandilla dejaba vista parte de la planta inferior. Descendieron con cuidado por las escaleras de madera, que crujían bajo su peso.
–No creo que haya más. Ya habrían salido…
Bea parecía convencida de sus propias palabras. Sin duda necesitaba no solo creerlas sino, además, oírlas. Era como si adquirieran carta de naturaleza solo por el hecho de pronunciarlas, como si se convirtieran automáticamente en ley no escrita que todos, incluidos los muertos, tuvieran que acatar.
Abajo había un gran comedor con chimenea y una cocina de pueblo con hogar y secadero, con un amplio espacio anejo usado como despensa. El olor de jamones, chorizos y queso inundó sus sentidos cuando entraron. También había un baño espacioso, y otra puerta que daba paso a una estancia completamente a oscuras. Toni la empujó con la punta de la bota, dirigiendo la pistola hacia el interior. Antes de que Bea iluminara la habitación, ya habían podido escuchar los gemidos. En medio de la pieza, delante de la cama, una anciana gimoteaba prisionera de una silla de ruedas. No tenía heridas a la vista, pero evidentemente estaba infectada. Toni le apuntó a la cabeza y apretó el gatillo. Se sorprendió al ver cómo la cabeza de la muerta se echaba violentamente hacia atrás sin que el ruido del estruendoso disparo hubiera llenado la habitación. En su lugar, un chasquido apagado, pero claramente audible, le hizo entonces darse cuenta de que empuñaba la pistola con silenciador que Koldo le había dado en Vitoria. El hecho de que tuviera silenciador no significaba que no produjera ningún ruido, eso solo pasaba, evidentemente, en las películas. Pero sí era verdad que se amortiguaba considerablemente el sonido del disparo.
La puerta de entrada tenía la llave puesta. Bea la giró y abrió. Una bocanada de aire fresco de la noche cerrada penetró en el caserío, tonificando el lúgubre y denso ambiente interior.


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