Bea aún
estaba aturdida. No comprendía por qué se había quedado inmovilizada durante
todo el episodio, dejando a Toni completamente solo frente a tres deambulantes,
que se habían convertido de sombras en amenazas mortales.
–Lo
siento, Toni, no sé que me ha pasado… Si no me hubieras empujado, esta… pequeña
me habría mordido…
Toni no
contestó. Seguía sentado sobre la cama, con la mirada clavada en ella. Pero no
la estaba viendo, Bea se dio cuenta de ello.
–¿Toni?
El chaval
se miró entonces el antebrazo izquierdo. El mordisco de la niña no había sido
demasiado profundo, pero sangraba. Bea se agachó inmediatamente a su lado,
presa de un amago de ataque de histeria.
–¡Toni,
Dios mío, Toni, no…!
Toni trató
de calmarla. Apoyó su brazo derecho sobre el hombro de la enfermera y la
sacudió levemente pero con energía. Luego la habló pronunciando muy despacio
cada palabra.
–Escucha,
no pierdas los nervios. Solo es un mordisco. Este grupo depende de ti, así que
tranquilízate, ¿vale?
–Sí, sí,
vale… estoy tranquila, vale… tengo que curarte. Voy a por el maletín…
Ya se
había puesto de pie, y se dirigía a la puerta de la habitación. Toni tuvo el
tiempo justo para agarrarla por la manga de la cazadora.
–¡Espera,
espera! No hemos registrado toda la casa… Puede haber más…–miró al suelo,
tratando de reconocer a los muertos, y enumerándolos–. Parecen una familia,
¿no? Mira, el padre, la madre, el hijo mayor, la pequeña… A ésta me la cargué
en seguida, nada más entrar –dijo, señalando a la que parecía la madre, que era
la que Bea arrastró tras de sí desde la cama al suelo–. Parecía que estaba
esperándome, parada delante del balcón. Perdí la linterna del susto… Pero los
otros…, no los vi. Los oía, pero no los podía ver. Por eso te sujeté en cuanto
entraste. ¿Quién te mandó subir…?
Tras la
pregunta, que era más retórica que formal, Toni dio por concluido el relato de
los hechos. Refunfuñando, se levantó de la cama y desenfundó la pistola. Allí
dentro era más manejable que el HK, y requería menos esfuerzo que el hacha. En
realidad, no estaba ya para demasiados esfuerzos esa noche… Comenzó a caminar
hacia la puerta.
–Alumbra,
Bea.
Salieron a
un amplio pasillo. Varias puertas más estaban semiabiertas. Registraron todas
las habitaciones, pero no encontraron más que polvo y el cuerpo de un niño de
unos siete años prácticamente devorado a mordiscos. Una barandilla dejaba vista
parte de la planta inferior. Descendieron con cuidado por las escaleras de
madera, que crujían bajo su peso.
–No creo
que haya más. Ya habrían salido…
Bea
parecía convencida de sus propias palabras. Sin duda necesitaba no solo
creerlas sino, además, oírlas. Era como si adquirieran carta de naturaleza solo
por el hecho de pronunciarlas, como si se convirtieran automáticamente en ley
no escrita que todos, incluidos los muertos, tuvieran que acatar.
Abajo
había un gran comedor con chimenea y una cocina de pueblo con hogar y secadero,
con un amplio espacio anejo usado como despensa. El olor de jamones, chorizos y
queso inundó sus sentidos cuando entraron. También había un baño espacioso, y
otra puerta que daba paso a una estancia completamente a oscuras. Toni la
empujó con la punta de la bota, dirigiendo la pistola hacia el interior. Antes
de que Bea iluminara la habitación, ya habían podido escuchar los gemidos. En
medio de la pieza, delante de la cama, una anciana gimoteaba prisionera de una
silla de ruedas. No tenía heridas a la vista, pero evidentemente estaba
infectada. Toni le apuntó a la cabeza y apretó el gatillo. Se sorprendió al ver
cómo la cabeza de la muerta se echaba violentamente hacia atrás sin que el
ruido del estruendoso disparo hubiera llenado la habitación. En su lugar, un
chasquido apagado, pero claramente audible, le hizo entonces darse cuenta de
que empuñaba la pistola con silenciador que Koldo le había dado en Vitoria. El
hecho de que tuviera silenciador no significaba que no produjera ningún ruido,
eso solo pasaba, evidentemente, en las películas. Pero sí era verdad que se
amortiguaba considerablemente el sonido del disparo.
La puerta
de entrada tenía la llave puesta. Bea la giró y abrió. Una bocanada de aire
fresco de la noche cerrada penetró en el caserío, tonificando el lúgubre y
denso ambiente interior.
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