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miércoles, 15 de octubre de 2014

Cuarta parte. Dos. 4

–¿Toni…?
No acababa de susurrar el nombre del chico, cuando sintió una mano helada cerrarse sobre su boca. De inmediato, notó el contacto de un cuerpo tras el suyo, y supo que Toni la estaba sujetando. Se estuvo completamente inmóvil, quizá porque sabía que sus vidas podían depender de su reacción en los siguientes instantes. En seguida, sus ojos se acostumbraron a la penumbra de la alcoba. Al otro lado, aparentemente quieta, una sombra, no…, dos sombras se perfilaban apenas contra la semioscuridad del armario de madera de cuatro cuerpos.
Toni y Bea contenían la respiración, y la enfermera no sabía a ciencia cierta si esas sombras estaban realmente quietas o solo lo parecían. Toni aflojó la presión de su mano contra su boca, pero no la dejó separarse de él ni un milímetro. A pesar de estar aterrorizada, sentirse a su lado la tranquilizaba, le aportaba una dosis de seguridad probablemente equívoca, pero innegable. Sonó un gemido, y luego otro… Ya no le cabía duda, eran deambulantes. Bea se preguntó por qué Toni no había acabado ya con ambos, antes de que ella se decidiera a subir hasta el balcón ante su tardanza. No le había costado demasiado esfuerzo, porque la enredadera era sólida y estaba bien agarrada a la fachada. Pero, cuando empujó la puerta del balcón, y prácticamente sin ver nada entró en la alcoba, por poco sufre un infarto al sentir que la agarraban apenas abrió la boca para llamar a Toni.
En la habitación todo eran sombras proyectadas por la claridad difusa que entraba a través de la balconera, y eran sombras, además, en movimiento. Bea, de pronto, se sintió inmersa en un carrusel oscuro con horribles monstruos haciendo las veces de caballitos. Quiso gritar, pero la presión que Toni ejercía sobre su cintura rodeándola con el brazo se lo impidió. Entonces, una sombra más oscura que la propia penumbra del ambiente se movió al lado de Toni, y, súbitamente, Bea se sintió lanzada hacia un lado como si fuera una muñeca de trapo. Cayó al suelo, desmadejada. Intentó apoyar las manos para incorporarse pero resbaló. Una sustancia viscosa impregnaba la alfombra que cubría la tarima. Tanteó para aferrarse a algo, y solo consiguió agarrar una colcha que tapaba la gran cama de matrimonio, arrastrándola hacia ella y haciendo caer, al mismo tiempo, lo que fuera que estaba sobre la cama.
Tropezó de nuevo, y al palpar el suelo encontró la linterna que llevaba Toni. Con los dedos agarrotados por el miedo, la encendió, y el haz iluminó una escena terrorífica de sangre, golpes sordos y gruñidos que se sucedían incansables, sin parar nunca… Toni estaba sujetando a un deambulante por el cuello, rodeándolo con su brazo izquierdo y haciendo toda la presión que podía. Sabía que eso no lo mataría, pero confiaba en que, al menos, lo inmovilizara lo suficiente para no suponer una amenaza, aunque solo fuera durante unos segundos. Al mismo tiempo, descargaba un hachazo sobre el rostro de uno de los dos deambulantes que Bea había intuido, más que visto, al otro lado de la habitación, y que con pasmosa celeridad habían cruzado toda la estancia. Cayó al suelo con un siniestro chasquido, arrastrando consigo el hacha incrustada en su rostro, pero ya el otro se abalanzaba sobre el chaval haciendo castañetear sus podridos dientes.
A pesar de su aparente lentitud, a Toni no le dio ya tiempo a prevenir el ataque, y solo pudo protegerse en parte mientras continuaba sujetando al otro muerto por el cuello. Ante el peso del deambulante, un tipo fornido, el chico cayó al suelo, pero no soltó al que tenía agarrado por el cuello, que a su vez se vio arrastrado tras el chaval. Toni intentó desenfundar la pistola, pero su forzada postura se lo impedía. Desesperado, tanteó su bota derecha, en cuya caña tenía guardado el puñal que cogió en El Coto. Con un rápido movimiento, se lo clavó al tipo grande en el cuello. No fue suficiente para acabar con el muerto, pero no había tenido tiempo de afinar más la puntería. Pensó que el deambulante quizá no le daría opción a una segunda cuchillada, de modo que, aprovechando que el cuerpo del otro muerto se interponía entre él y el sujeto que intentaba agarrarlo, hizo un giro de muñeca y comenzó a rebanarle el pescuezo, imprimiendo a su mano un efecto de vaivén, a modo de sierra. Sin duda era un procedimiento más lento, pero a la larga tan efectivo como un golpe en el cráneo.
Con cada golpe de sierra que propinaba al muerto, un chorro de sangre asquerosa brotaba de la tremenda herida, empapando su pecho, al monstruo que tenía aún agarrado por el cuello y que braceaba inútilmente y, finalmente, a él mismo y el suelo de madera… Por fin, con un último esfuerzo, la cabeza del deambulante rodó a su lado, con una horrible mueca dibujada en su rostro. Toni estaba al límite de sus fuerzas. Casi no sentía el brazo con el que seguía sujetando al muerto, y sabía que no tardando la presión no sería la suficiente para mantenerlo a raya. Podía intentar clavarle el cuchillo en la cara, pero no estaba seguro de su precisión, y podría herirse él mismo. Pensó en empujar su cuerpo para alejarlo de sí y ganar de esa forma el tiempo necesario para incorporarse y deshacerse de él, pero cuando miró hacia el lugar al que debería enviarlo, el único hueco posible desde donde se encontraban, entre la cama y la pared, y vio a Bea con la linterna entre sus temblorosas manos, desistió rápidamente.
«Si Bea reaccionara y me echara una mano», pensó, a punto de perder el último átomo de las energías que circulaban por su brazo izquierdo. Aún tuvo fuerzas para bromear.
–Agradecería algo de ayuda… –dijo en voz baja.
Bea pudo al fin sobreponerse a su estupor. Se incorporó, quitándose de encima el cuerpo inerte del muerto que le había caído desde la cama, y se puso a horcajadas sobre la montonera que formaban el deambulante y Toni. La luz incidió entonces de lleno sobre el muerto. Era una chica no mayor que Sara, pero a la que faltaba parte de la cara, terriblemente desfigurada. Posó su mirada vacía sobre la enfermera, y Bea sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral, erizando todo el vello de su cuerpo.
–¿Bea…?
–Es solo una niña…
–No me jodas… Me estoy quedando sin fuerzas…
Bea, entonces, se incorporó. Parecía que se había desentendido de Toni y de su lucha por su vida frente a la muerta, cuya boca se abría y cerraba, llena de repugnante saliva. Toni, entonces, supo que no podía esperar ninguna ayuda de la enfermera: Bea estaba petrificada, alumbrando con la linterna los últimos vestigios de la resistencia del joven. Con un postrer y acumulado esfuerzo, Toni empujó el cuerpo de la deambulante hacia un lado, al tiempo que soltaba la presa sobre su cuello. La cría se desplazó apenas un metro, y se golpeó contra la estructura de los pies de la cama, justo al lado de una Bea que, impasible, contemplaba la escena como si solo fuera una película de terror. La muerta pareció quedar aturdida, pero el chaval sabía que solo lo parecía. Comenzó a levantarse, con la boca entreabierta emitiendo un prolongado gemido. Toni, mientras, había desincrustado el hacha de la cara del cadáver, y, sin pensárselo más, lo clavó en el cráneo de la pequeña deambulante antes de que terminara de levantarse. Después, se sentó en la cama, resoplando.


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