–¿Toni…?
No acababa
de susurrar el nombre del chico, cuando sintió una mano helada cerrarse sobre
su boca. De inmediato, notó el contacto de un cuerpo tras el suyo, y supo que
Toni la estaba sujetando. Se estuvo completamente inmóvil, quizá porque sabía
que sus vidas podían depender de su reacción en los siguientes instantes. En
seguida, sus ojos se acostumbraron a la penumbra de la alcoba. Al otro lado,
aparentemente quieta, una sombra, no…, dos sombras se perfilaban apenas contra
la semioscuridad del armario de madera de cuatro cuerpos.
Toni y Bea
contenían la respiración, y la enfermera no sabía a ciencia cierta si esas
sombras estaban realmente quietas o solo lo parecían. Toni aflojó la presión de
su mano contra su boca, pero no la dejó separarse de él ni un milímetro. A
pesar de estar aterrorizada, sentirse a su lado la tranquilizaba, le aportaba
una dosis de seguridad probablemente equívoca, pero innegable. Sonó un gemido,
y luego otro… Ya no le cabía duda, eran deambulantes. Bea se preguntó por qué
Toni no había acabado ya con ambos, antes de que ella se decidiera a subir
hasta el balcón ante su tardanza. No le había costado demasiado esfuerzo,
porque la enredadera era sólida y estaba bien agarrada a la fachada. Pero, cuando
empujó la puerta del balcón, y prácticamente sin ver nada entró en la alcoba,
por poco sufre un infarto al sentir que la agarraban apenas abrió la boca para
llamar a Toni.
En la
habitación todo eran sombras proyectadas por la claridad difusa que entraba a
través de la balconera, y eran sombras, además, en movimiento. Bea, de pronto,
se sintió inmersa en un carrusel oscuro con horribles monstruos haciendo las
veces de caballitos. Quiso gritar, pero la presión que Toni ejercía sobre su
cintura rodeándola con el brazo se lo impidió. Entonces, una sombra más oscura
que la propia penumbra del ambiente se movió al lado de Toni, y, súbitamente, Bea
se sintió lanzada hacia un lado como si fuera una muñeca de trapo. Cayó al
suelo, desmadejada. Intentó apoyar las manos para incorporarse pero resbaló. Una
sustancia viscosa impregnaba la alfombra que cubría la tarima. Tanteó para
aferrarse a algo, y solo consiguió agarrar una colcha que tapaba la gran cama
de matrimonio, arrastrándola hacia ella y haciendo caer, al mismo tiempo, lo
que fuera que estaba sobre la cama.
Tropezó de
nuevo, y al palpar el suelo encontró la linterna que llevaba Toni. Con los
dedos agarrotados por el miedo, la encendió, y el haz iluminó una escena terrorífica
de sangre, golpes sordos y gruñidos que se sucedían incansables, sin parar
nunca… Toni estaba sujetando a un deambulante por el cuello, rodeándolo con su
brazo izquierdo y haciendo toda la presión que podía. Sabía que eso no lo
mataría, pero confiaba en que, al menos, lo inmovilizara lo suficiente para no suponer
una amenaza, aunque solo fuera durante unos segundos. Al mismo tiempo,
descargaba un hachazo sobre el rostro de uno de los dos deambulantes que Bea
había intuido, más que visto, al otro lado de la habitación, y que con pasmosa
celeridad habían cruzado toda la estancia. Cayó al suelo con un siniestro
chasquido, arrastrando consigo el hacha incrustada en su rostro, pero ya el
otro se abalanzaba sobre el chaval haciendo castañetear sus podridos dientes.
A pesar de
su aparente lentitud, a Toni no le dio ya tiempo a prevenir el ataque, y solo
pudo protegerse en parte mientras continuaba sujetando al otro muerto por el
cuello. Ante el peso del deambulante, un tipo fornido, el chico cayó al suelo,
pero no soltó al que tenía agarrado por el cuello, que a su vez se vio
arrastrado tras el chaval. Toni intentó desenfundar la pistola, pero su forzada
postura se lo impedía. Desesperado, tanteó su bota derecha, en cuya caña tenía
guardado el puñal que cogió en El Coto. Con un rápido movimiento, se lo clavó
al tipo grande en el cuello. No fue suficiente para acabar con el muerto, pero
no había tenido tiempo de afinar más la puntería. Pensó que el deambulante
quizá no le daría opción a una segunda cuchillada, de modo que, aprovechando
que el cuerpo del otro muerto se interponía entre él y el sujeto que intentaba
agarrarlo, hizo un giro de muñeca y comenzó a rebanarle el pescuezo,
imprimiendo a su mano un efecto de vaivén, a modo de sierra. Sin duda era un
procedimiento más lento, pero a la larga tan efectivo como un golpe en el
cráneo.
Con cada
golpe de sierra que propinaba al muerto, un chorro de sangre asquerosa brotaba
de la tremenda herida, empapando su pecho, al monstruo que tenía aún agarrado
por el cuello y que braceaba inútilmente y, finalmente, a él mismo y el suelo
de madera… Por fin, con un último esfuerzo, la cabeza del deambulante rodó a su
lado, con una horrible mueca dibujada en su rostro. Toni estaba al límite de
sus fuerzas. Casi no sentía el brazo con el que seguía sujetando al muerto, y
sabía que no tardando la presión no sería la suficiente para mantenerlo a raya.
Podía intentar clavarle el cuchillo en la cara, pero no estaba seguro de su
precisión, y podría herirse él mismo. Pensó en empujar su cuerpo para alejarlo
de sí y ganar de esa forma el tiempo necesario para incorporarse y deshacerse
de él, pero cuando miró hacia el lugar al que debería enviarlo, el único hueco posible
desde donde se encontraban, entre la cama y la pared, y vio a Bea con la
linterna entre sus temblorosas manos, desistió rápidamente.
«Si Bea reaccionara y me echara una mano»,
pensó, a punto de perder el último átomo de las energías que circulaban por su
brazo izquierdo. Aún tuvo fuerzas para bromear.
–Agradecería
algo de ayuda… –dijo en voz baja.
Bea pudo
al fin sobreponerse a su estupor. Se incorporó, quitándose de encima el cuerpo
inerte del muerto que le había caído desde la cama, y se puso a horcajadas
sobre la montonera que formaban el deambulante y Toni. La luz incidió entonces
de lleno sobre el muerto. Era una chica no mayor que Sara, pero a la que
faltaba parte de la cara, terriblemente desfigurada. Posó su mirada vacía sobre
la enfermera, y Bea sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral,
erizando todo el vello de su cuerpo.
–¿Bea…?
–Es solo
una niña…
–No me
jodas… Me estoy quedando sin fuerzas…
Bea,
entonces, se incorporó. Parecía que se había desentendido de Toni y de su lucha
por su vida frente a la muerta, cuya boca se abría y cerraba, llena de
repugnante saliva. Toni, entonces, supo que no podía esperar ninguna ayuda de
la enfermera: Bea estaba petrificada, alumbrando con la linterna los últimos
vestigios de la resistencia del joven. Con un postrer y acumulado esfuerzo,
Toni empujó el cuerpo de la deambulante hacia un lado, al tiempo que soltaba la
presa sobre su cuello. La cría se desplazó apenas un metro, y se golpeó contra la
estructura de los pies de la cama, justo al lado de una Bea que, impasible,
contemplaba la escena como si solo fuera una película de terror. La muerta
pareció quedar aturdida, pero el chaval sabía que solo lo parecía. Comenzó a levantarse, con la boca entreabierta
emitiendo un prolongado gemido. Toni, mientras, había desincrustado el hacha de
la cara del cadáver, y, sin pensárselo más, lo clavó en el cráneo de la pequeña
deambulante antes de que terminara de levantarse. Después, se sentó en la cama,
resoplando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario