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viernes, 10 de octubre de 2014

Cuarta parte. Dos. 2

Circulaban sin complicaciones, a poca velocidad, pues Bea no quería sorpresas desagradables. A partir de ese momento, sabía que no dejarían de ver caseríos, instalaciones fabriles, núcleos de población de distinto tamaño, granjas… El País Vasco tiene un poblamiento disperso por las características de territorio, pero muy continuo en el espacio. Sucede lo contrario que en la vasta meseta castellana, donde uno podía conducir kilómetros y kilómetros hasta llegar al siguiente pueblo.
La AP-8 estaba prácticamente despejada. Sucedía como en los demás sitios: algunos coches en las cunetas o el arcén, con las puertas abiertas, algunas aglomeraciones de vehículos en lugares concretos, como salidas o entradas a la vía, y los amplios carriles expeditos. Al menos, avanzarían rápidamente y sin interrupciones, a pesar de ir despacio.
Pero la tranquilidad duró poco en el interior del blindado. A punto de llegar a Amorebieta, los vehículos ya no estaban en los arcenes sino en medio de la carretera, detenidos en cualquier posición. La inquietud de Bea iba en aumento, y se puso en alerta. Pese a la reducida velocidad a la que circulaba, en determinado momento le resultó muy complicado esquivar los coches que obstaculizaban su avance. Finalmente, golpeó a uno en el lateral, provocando que el impacto lo desplazara y, a su vez, impactara contra otro coche. No había sido un golpe fuerte, y en circunstancias normales se habría detenido para arreglar papeles sin más trascendencia. Pero no eran circunstancias normales, y el seguro era lo de menos.
Bea detuvo el Rebeco, respirando con ansiedad. Se encontraban, de repente, en medio de un montón de vehículos sin apenas espacios libres entre ellos. No sabía cómo habían ido a parar allí, pero allí estaban, inmóviles, expectantes… El ruido provocado por la cadena de golpes se había amplificado por toda la autopista de manera realmente escandalosa, en medio del silencio que dominaba la zona hasta entonces. Casi sin darles tiempo a pensar en lo que estaba sucediendo, comenzaron a ver horribles cabezas que asomaban por las ventanillas de los coches, y cuerpos monstruosos que salían de su interior a través de las portezuelas abiertas. En cuestión de segundos, una horda de deambulantes gemía de manera implacable a su alrededor.
–¡Atrás, atrás…! –gritaba Toni a su lado, girando la cabeza en todas direcciones para tratar de encontrar una vía de escape.
Bea metió la marcha atrás y aceleró. El blindado brincó y golpeó contra el primer vehículo que encontró en su camino, aplastando al mismo tiempo a un grupo de muertos que estaba demasiado cerca. Por suerte para ellos, el vehículo militar estaba bien protegido, y su potencia se impuso mientras arrastraba al coche que el impedía el paso, apartándolo por último a un lado. Bea siguió marcha atrás unos metros más, hasta que, finalmente, encontró un hueco libre de coches y de muertos por el que avanzar. Aceleró y salió de la autopista por el único espacio que pudo. No sabía adónde les llevaría, porque no había tenido tiempo de leer los carteles indicadores. Pero lo único que le importaba en esos momentos era alejarse de los muertos, de su olor a podredumbre y de sus oscuros ojos sin vida…
Al cabo de unos cientos de metros, aún con el susto encima, detuvo el vehículo delante del cartel que indicaba el camino hacia Guernica por la BI-635. Se volvió en el asiento.
–¿Estáis todos bien?
Las mujeres asintieron. Miró a Juan, que se recuperaba de su ataque sin más aparentes complicaciones. A su lado, Sara la miraba atentamente, esperando sus próximas palabras. Y Toni también estaba atento a lo que pudiera decir. Se sintió, de nuevo, la líder que no era, que nunca había tenido intención de llegar a ser, pero a la que todos respetaban y de la que esperaban más de lo que ella era capaz de ofrecer. Suspiró.
–Creo que no va a ser posible seguir por la autopista. Aparte de que no podemos retroceder, por los deambulantes de ahí atrás, no conozco lo suficiente esta zona para saber dónde está la incorporación más próxima, y para volver a cogerla probablemente deberíamos entrar en el pueblo, y es un pueblo demasiado grande para que a la vez esté tranquilo…
–Bueno –dijo Toni–, perfecto. Iremos por carreteras secundarias. Seguro que hay menos tráfico…
–No nos queda otro remedio. Volver a coger la autopista nos llevaría demasiado tiempo, y tampoco está garantizado que no vuelvan a surgir complicaciones como la de ahora… Además, estamos demasiado cerca de Bilbao… Las cosas se podrían complicar mucho...
Bea sacó de nuevo el mapa, y lo estudió durante unos segundos. Después, inclinó un poco la cabeza y miró hacia arriba a través del parabrisas, en dirección al cartel que estaba casi sobre el vehículo.
–A Guernica, entonces.


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