Circulaban
sin complicaciones, a poca velocidad, pues Bea no quería sorpresas desagradables.
A partir de ese momento, sabía que no dejarían de ver caseríos, instalaciones
fabriles, núcleos de población de distinto tamaño, granjas… El País Vasco tiene
un poblamiento disperso por las características de territorio, pero muy
continuo en el espacio. Sucede lo contrario que en la vasta meseta castellana,
donde uno podía conducir kilómetros y kilómetros hasta llegar al siguiente
pueblo.
La AP-8
estaba prácticamente despejada. Sucedía como en los demás sitios: algunos
coches en las cunetas o el arcén, con las puertas abiertas, algunas
aglomeraciones de vehículos en lugares concretos, como salidas o entradas a la
vía, y los amplios carriles expeditos. Al menos, avanzarían rápidamente y sin
interrupciones, a pesar de ir despacio.
Pero la
tranquilidad duró poco en el interior del blindado. A punto de llegar a
Amorebieta, los vehículos ya no estaban en los arcenes sino en medio de la
carretera, detenidos en cualquier posición. La inquietud de Bea iba en aumento,
y se puso en alerta. Pese a la reducida
velocidad a la que circulaba, en determinado momento le resultó muy complicado
esquivar los coches que obstaculizaban su avance. Finalmente, golpeó a uno en
el lateral, provocando que el impacto lo desplazara y, a su vez, impactara
contra otro coche. No había sido un golpe fuerte, y en circunstancias normales
se habría detenido para arreglar papeles sin más trascendencia. Pero no eran
circunstancias normales, y el seguro era lo de menos.
Bea detuvo
el Rebeco, respirando con ansiedad.
Se encontraban, de repente, en medio de un montón de vehículos sin apenas
espacios libres entre ellos. No sabía cómo habían ido a parar allí, pero allí
estaban, inmóviles, expectantes… El ruido provocado por la cadena de golpes se
había amplificado por toda la autopista de manera realmente escandalosa, en medio
del silencio que dominaba la zona hasta entonces. Casi sin darles tiempo a pensar
en lo que estaba sucediendo, comenzaron a ver horribles cabezas que asomaban
por las ventanillas de los coches, y cuerpos monstruosos que salían de su interior
a través de las portezuelas abiertas. En cuestión de segundos, una horda de
deambulantes gemía de manera implacable a su alrededor.
–¡Atrás,
atrás…! –gritaba Toni a su lado, girando la cabeza en todas direcciones para
tratar de encontrar una vía de escape.
Bea metió
la marcha atrás y aceleró. El blindado brincó y golpeó contra el primer
vehículo que encontró en su camino, aplastando al mismo tiempo a un grupo de
muertos que estaba demasiado cerca. Por suerte para ellos, el vehículo militar
estaba bien protegido, y su potencia se impuso mientras arrastraba al coche que
el impedía el paso, apartándolo por último a un lado. Bea siguió marcha atrás
unos metros más, hasta que, finalmente, encontró un hueco libre de coches y de
muertos por el que avanzar. Aceleró y salió de la autopista por el único
espacio que pudo. No sabía adónde les llevaría, porque no había tenido tiempo
de leer los carteles indicadores. Pero lo único que le importaba en esos
momentos era alejarse de los muertos, de su olor a podredumbre y de sus oscuros
ojos sin vida…
Al cabo de
unos cientos de metros, aún con el susto encima, detuvo el vehículo delante del
cartel que indicaba el camino hacia Guernica por la BI-635. Se volvió en el
asiento.
–¿Estáis
todos bien?
Las
mujeres asintieron. Miró a Juan, que se recuperaba de su ataque sin más
aparentes complicaciones. A su lado, Sara la miraba atentamente, esperando sus
próximas palabras. Y Toni también estaba atento a lo que pudiera decir. Se sintió,
de nuevo, la líder que no era, que nunca había tenido intención de llegar a
ser, pero a la que todos respetaban y de la que esperaban más de lo que ella
era capaz de ofrecer. Suspiró.
–Creo que
no va a ser posible seguir por la autopista. Aparte de que no podemos
retroceder, por los deambulantes de ahí atrás, no conozco lo suficiente esta
zona para saber dónde está la incorporación más próxima, y para volver a
cogerla probablemente deberíamos entrar en el pueblo, y es un pueblo demasiado
grande para que a la vez esté tranquilo…
–Bueno
–dijo Toni–, perfecto. Iremos por carreteras secundarias. Seguro que hay menos tráfico…
–No nos
queda otro remedio. Volver a coger la autopista nos llevaría demasiado tiempo,
y tampoco está garantizado que no vuelvan a surgir complicaciones como la de
ahora… Además, estamos demasiado cerca de Bilbao… Las cosas se podrían
complicar mucho...
Bea sacó
de nuevo el mapa, y lo estudió durante unos segundos. Después, inclinó un poco
la cabeza y miró hacia arriba a través del parabrisas, en dirección al cartel
que estaba casi sobre el vehículo.
–A
Guernica, entonces.
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