Toni
despertó. Una voz muy apagada, lejana, sonaba en sus aturdidos oídos. Parpadeó
varias veces, hasta darse cuenta de que seguía en el interior del Rebeco. Estaba sudando, y Bea le
llamaba.
–¡Toni!, ¡Toni!
¡Despierta…!
El chaval
se giró para mirar a Bea. Sentada entre ambos, Sara le contemplaba con una
expresión entre divertida y extrañada. Le tenía agarrado por la mano, y daba
pequeños tirones de su brazo para hacerle volver en sí. Bea siguió hablando.
–Vamos,
espabila… Tenías una pesadilla…, creo.
Estaban
bajando Urkiola. Bea, que conocía la zona, lamentaba no poder disfrutar de las
extraordinarias vistas y el precioso paisaje del entorno. De buena gana habría
parado en lo alto del puerto para contemplar a lo lejos el horizonte cuajado de
cumbres y nubes. Toni apenas había estado dormido cinco minutos, pero fueron
suficientes para vivir una auténtica y angustiosa aventura, al parecer.
Atravesaron
otro pueblo al pie del puerto, pero Bea ya ni siquiera miró el letrero del
nombre. Aunque no le gustaba acceder a lugares poblados, mejor dicho, despoblados, no le importaba cuántos
pueblos tuvieran que cruzar, rodear o destrozar: solo quería llegar al
misterioso punto marcado en el trozo de mapa que guardaba en el bolsillo de la
cazadora.
Los
caseríos aislados y las construcciones al pie de la carretera salpicaban el
recorrido. No iban demasiado deprisa. Subir y bajar Urkiola era un esfuerzo de
atención considerable por la peligrosidad de las curvas, pero en llano Bea
tampoco quería arriesgarse a una salida de pista o a un accidente tonto que les
hiciera no solo perder tiempo sino, también, perder su medio de transporte. En
ocasiones, creía ver gente caminando a lo lejos, o saliendo de las casas. Quizá
solo fuera su imaginación, pero no estaba dispuesta a detenerse para
comprobarlo, porque, de ser ciertas sus visiones, lo más probable es que esa gente estuviera muerta.
Más
caseríos, pequeñas instalaciones industriales, bares de carretera, el cielo que
se abría por momentos, permitiendo al sol arrojar destellos de luz y calor
sobre la tierra tremendamente húmeda… Otra minúscula población, una gasolinera
a la salida... Instintivamente, miró a Toni, pero el chaval la tranquilizó con
una simple mirada. Bea recordó entonces que los vascos les habían llenado el
depósito antes de salir. Una rotonda, Durango a la derecha… ¿Durango? Ellos no
tenían que ir a Durango, no se les había perdido nada allí, de modo que Bea
siguió adelante al salir de la rotonda.
Al poco,
un nuevo cartel indicador con el nombre del pueblo que estaban dejando a la
derecha, y de frente Bilbao, Donostia… Bea detuvo el blindado, pero no paró el
motor. Sacó el mapa y lo desplegó sobre sus piernas. ¿Por dónde llegarían
antes? Y, sobre todo, ¿por dónde sería más seguro llegar? Toni no le podía
ayudar en eso. Y las chicas tampoco. Ella era la única que había estado en el
País Vasco, pero se daba cuenta de que en realidad no sabía una mierda, porque
en esos momentos cruciales no tenía ni idea del camino que debía coger…
Si optaba
por continuar adelante, terminaría en la autovía, la manera más rápida de
llegar, si bien tendría que bordear las poblaciones más importantes del
territorio, Bilbao incluido. Si, por el contrario, se desviaba hacia Durango, alejándose
de las rutas principales, y desde allí cogía las carreteras secundarias, daría
amplios rodeos pero evitaría los núcleos más poblados, seguramente más
peligrosos, también. Pero, todas esas conjeturas solo existían en tanto la
situación real no se complicara con cualquier imprevisto, como les había
sucedido en Legutiano, donde la carretera que ella quería seguir estaba cortada
por un tapón de vehículos.
Y el
tiempo apremiaba. Debían llegar cuanto antes. Había tomado una decisión. Metió
primera y aceleró. En ese instante Toni, que había comenzado a hablar, se quedó
con la palabra suspendida en su boca. Bea le preguntó:
–¿Ibas a
decir algo?
–No, que, como te veía dudar, yo creo que haríamos mejor en evitar las rutas principales…
–Demasiado
tarde, chaval…
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