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miércoles, 8 de octubre de 2014

Cuarta parte. Dos. 1

Toni despertó. Una voz muy apagada, lejana, sonaba en sus aturdidos oídos. Parpadeó varias veces, hasta darse cuenta de que seguía en el interior del Rebeco. Estaba sudando, y Bea le llamaba.
–¡Toni!, ¡Toni! ¡Despierta…!
El chaval se giró para mirar a Bea. Sentada entre ambos, Sara le contemplaba con una expresión entre divertida y extrañada. Le tenía agarrado por la mano, y daba pequeños tirones de su brazo para hacerle volver en sí. Bea siguió hablando.
–Vamos, espabila… Tenías una pesadilla…, creo.
Estaban bajando Urkiola. Bea, que conocía la zona, lamentaba no poder disfrutar de las extraordinarias vistas y el precioso paisaje del entorno. De buena gana habría parado en lo alto del puerto para contemplar a lo lejos el horizonte cuajado de cumbres y nubes. Toni apenas había estado dormido cinco minutos, pero fueron suficientes para vivir una auténtica y angustiosa aventura, al parecer.
Atravesaron otro pueblo al pie del puerto, pero Bea ya ni siquiera miró el letrero del nombre. Aunque no le gustaba acceder a lugares poblados, mejor dicho, despoblados, no le importaba cuántos pueblos tuvieran que cruzar, rodear o destrozar: solo quería llegar al misterioso punto marcado en el trozo de mapa que guardaba en el bolsillo de la cazadora.
Los caseríos aislados y las construcciones al pie de la carretera salpicaban el recorrido. No iban demasiado deprisa. Subir y bajar Urkiola era un esfuerzo de atención considerable por la peligrosidad de las curvas, pero en llano Bea tampoco quería arriesgarse a una salida de pista o a un accidente tonto que les hiciera no solo perder tiempo sino, también, perder su medio de transporte. En ocasiones, creía ver gente caminando a lo lejos, o saliendo de las casas. Quizá solo fuera su imaginación, pero no estaba dispuesta a detenerse para comprobarlo, porque, de ser ciertas sus visiones, lo más probable es que esa gente estuviera muerta.
Más caseríos, pequeñas instalaciones industriales, bares de carretera, el cielo que se abría por momentos, permitiendo al sol arrojar destellos de luz y calor sobre la tierra tremendamente húmeda… Otra minúscula población, una gasolinera a la salida... Instintivamente, miró a Toni, pero el chaval la tranquilizó con una simple mirada. Bea recordó entonces que los vascos les habían llenado el depósito antes de salir. Una rotonda, Durango a la derecha… ¿Durango? Ellos no tenían que ir a Durango, no se les había perdido nada allí, de modo que Bea siguió adelante al salir de la rotonda.
Al poco, un nuevo cartel indicador con el nombre del pueblo que estaban dejando a la derecha, y de frente Bilbao, Donostia… Bea detuvo el blindado, pero no paró el motor. Sacó el mapa y lo desplegó sobre sus piernas. ¿Por dónde llegarían antes? Y, sobre todo, ¿por dónde sería más seguro llegar? Toni no le podía ayudar en eso. Y las chicas tampoco. Ella era la única que había estado en el País Vasco, pero se daba cuenta de que en realidad no sabía una mierda, porque en esos momentos cruciales no tenía ni idea del camino que debía coger…
Si optaba por continuar adelante, terminaría en la autovía, la manera más rápida de llegar, si bien tendría que bordear las poblaciones más importantes del territorio, Bilbao incluido. Si, por el contrario, se desviaba hacia Durango, alejándose de las rutas principales, y desde allí cogía las carreteras secundarias, daría amplios rodeos pero evitaría los núcleos más poblados, seguramente más peligrosos, también. Pero, todas esas conjeturas solo existían en tanto la situación real no se complicara con cualquier imprevisto, como les había sucedido en Legutiano, donde la carretera que ella quería seguir estaba cortada por un tapón de vehículos.
Y el tiempo apremiaba. Debían llegar cuanto antes. Había tomado una decisión. Metió primera y aceleró. En ese instante Toni, que había comenzado a hablar, se quedó con la palabra suspendida en su boca. Bea le preguntó:
–¿Ibas a decir algo?
–No, que, como te veía dudar, yo creo que haríamos mejor en evitar las rutas principales…
–Demasiado tarde, chaval…


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