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viernes, 31 de octubre de 2014

Cuarta parte. Cuatro. 2

–¿Cuándo nos vamos?
Cristina le preguntaba a Bea. Sobre el emparrillado metálico del hogar humeaba una sartén, en la que los huevos iban adoptando la forma circular al tiempo que se cuajaban en olorosa tortilla. Habían vuelto a encender fuego, que caldeaba la gran cocina y les procuraba un desayuno caliente…
–¿Adónde nos vamos? –preguntó a su vez Sara, con un bigote blanco dibujado sobre su labio superior mientras bebía leche de un vaso–. Aquí se está caliente…
Bea sonrió a ambas, pero sin ganas de contestar a ninguna de las dos. Todos sus pensamientos estaban centrados en Toni… y también, de rebote, en lo que les restaba de viaje hasta llegar al punto marcado en rojo en el mapa. ¿Realmente quería ir allí? Sabía que no podía esperar encontrar una respuesta, y, quizá, ni siquiera algún indicio de algo que les sirviera para sobrevivir un día más. Pero le preocupaba Toni. No sabía si el mordisco le había afectado de una manera determinante, o fatal, porque, aunque no parecía presentar síntomas de cambio, como los que había observado en los pobres desgraciados que terminaban transformándose en deambulantes, algunos aspectos de su cuerpo estaban alterados. Y no tenía ni idea de qué era ni en qué sentido le podía afectar la infección que sin duda sufría… Si reaccionaba como el pequeño Juan, entonces no había de qué preocuparse. Pero, en caso contrario, Toni estaba perdido. Solo era cuestión de tiempo.
La sonrisa se borró de su rostro. Regresó instantáneamente a la cocina. Tanto Sara como Cristina la estaban mirando fijamente, esperando una respuesta. Bea no supo qué decir. Afuera, Toni seguía matando muertos. «Matando muertos», pensó Bea; tendría gracia si no fuera tan macabro… y tan real. En la habitación de abajo, cruzando el comedor, un anciano estaba con los sesos repartidos entre su silla de ruedas y la alfombra. Y arriba, en la alcoba, cuatro cadáveres componían una lúgubre y tenebrosa decoración. Lo raro era que el hedor no hubiera llegado ya a la cocina…
–Nos vamos en cuanto almorcemos y Toni acabe… un trabajo que está haciendo –alertó de pronto a Cristina con un movimiento rápido de brazos–. ¡La tortilla…!
La mujer se apresuró a retirar la sartén del fuego, entre la incipiente humareda que se expandía por la cocina. Repartió su contenido entre varios platos y se sentaron en torno a la mesa. Toni entró en ese momento. Parecía agitado, cansado, y, a pesar del frío exterior, estaba ligeramente sudado.
–¿Bien? –preguntó Bea.
–Sí, bien… Ya está hecho.
–¿Del todo? –insistió la enfermera; no quería tener sorpresas cuando salieran.
–Sí…
Bea miraba a Toni mientras masticaba pan duro remojado en leche y tortilla. Buscaba en él indicios, gestos, movimientos involuntarios de las manos, del rostro… cualquier cosa que denotara algún cambio en su estado de salud. Pero el de Malasaña no parecía más afectado que antes. O que el día anterior. Comían todos en silencio, sintiendo una agradable sensación de calor proveniente del hogar. Toni pensaba que sería capaz de quedarse allí para siempre. Parecía una casa sólida, bien construida, con animales, incluso. Y además estaba vallada, lo cual le añadía seguridad. No tardaría ni una hora en limpiarla por dentro, y poco más en establecer alrededor una zona suficientemente amplia libre de visitantes. Estaba seguro de que en los bosques próximos abundaba la caza, y el agua tampoco debía de ser un problema en esa zona del país. Así que, en realidad, ¿qué les impedía quedarse allí? Miró a Bea. Parecía estar adivinándole el pensamiento, y supo que era precisamente ella la razón por la que debían marcharse. Ella y su misión, si es que podía llamarla así.
Toni desechó entonces todas sus fantasías, sus ganas por parar, sus ansias de dejar atrás la lucha, los problemas… Él no había perdido a nadie en el infierno, y tampoco le debía nada al mundo. Pero, ahora, esas mujeres eran su familia, lo único que le permitía seguir aferrándose a la realidad. Y ni siquiera sabía si la infección que portaba terminaría con su vida en una par de horas o si, por el contrario, era tan inmune que no sufriría más que la fiebre y esos síntomas extraños que Bea había dicho. Bea… Si ella quería marcharse, seguir buscando una respuesta, una solución, debía estar a su lado. No podía dejarla abandonada. No es que se sintiera especial, muy valiente o muy fuerte, imprescindible…, pero creía que juntos tendrían más probabilidades de que el empeño de la joven saliera adelante. No podía fallarle.
Se levantó de la mesa, todavía con un trozo de pan en la mano, y se acomodó el HK en la espalda. No era muy pesado, pero llevarlo continuamente llegaba a cansar. Sabía, sin embargo, que era un seguro de vida, y no estaban las cosas para desdeñar cualquier ayuda posible. Tendió la mano hacia Bea.
–¿Me das las llaves? Voy a acercar el blindado a la otra puerta…
–¿Podrás? –preguntó Bea dándoselas.
–Claro. Hice un curso acelerado de conducir, ¿recuerdas?
Bea se acercó a la ventana. Vio a Toni subirse al Rebeco y maniobrar despacio hasta conducirlo junto a la puerta de la casa, a pocos metros del segundo acceso a la parcela. Dejó el motor en marcha y volvió a entrar en el caserío.
–Es mejor que subáis todos al vehículo antes de que abra la puerta, por si acaso…
Bea sabía que Toni tenía razón. Era mejor asegurarse. La chimenea seguía encendida, y los deambulantes tenían el olfato muy fino. Pese a que la zona no parecía muy poblada, había caseríos diseminados por todas partes, y sin duda los alrededores estarían llenos de gente vagando sin rumbo fijo… hasta que algo reclamara su atención.
Toni se dirigió a la puerta de hierro negro de doble hoja. Esperó a que todos se hubieran acomodado en el interior del blindado y entonces subió el pasador que fijaba una de las hojas al suelo. Tiró de la puerta y un chirrido siniestro pudo escucharse en el increíble silencio de la mañana. Abrió sin perder tiempo la segunda hoja y, sin mirar al otro lado de la valla, alcanzó en tres zancadas el vehículo, que arrancó con un ligero derrape.
A tiempo, porque justo en la misma salida tuvo que pasar por encima de un par de muertos que ya estaban llegando. Antes de alcanzar la carretera, Toni aún pudo contar media docena más que se acercaban tambaleantes al caserío. Lanzó una última mirada al montón de cuerpos que se apilaban a los pies de la primera puerta. Enseguida, la curva de la carretera dibujó un nuevo paisaje en sus ojos, verde y azul, inmenso, radiante. El sol despuntaba, brillante, por encima de los árboles, y nadie habría dicho que era un sol de muerte, que solo iluminaba cuerpos en descomposición, podredumbre, despojos y a unos cuantos y miserables supervivientes.


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