–¿Cuándo
nos vamos?
Cristina
le preguntaba a Bea. Sobre el emparrillado metálico del hogar humeaba una sartén,
en la que los huevos iban adoptando la forma circular al tiempo que se cuajaban
en olorosa tortilla. Habían vuelto a encender fuego, que caldeaba la gran
cocina y les procuraba un desayuno caliente…
–¿Adónde
nos vamos? –preguntó a su vez Sara, con un bigote blanco dibujado sobre su labio
superior mientras bebía leche de un vaso–. Aquí se está caliente…
Bea sonrió
a ambas, pero sin ganas de contestar a ninguna de las dos. Todos sus
pensamientos estaban centrados en Toni… y también, de rebote, en lo que les
restaba de viaje hasta llegar al punto marcado en rojo en el mapa. ¿Realmente
quería ir allí? Sabía que no podía esperar encontrar una respuesta, y, quizá,
ni siquiera algún indicio de algo que les sirviera para sobrevivir un día más. Pero
le preocupaba Toni. No sabía si el mordisco le había afectado de una manera
determinante, o fatal, porque, aunque no parecía presentar síntomas de cambio, como los que había observado en
los pobres desgraciados que terminaban transformándose en deambulantes, algunos
aspectos de su cuerpo estaban alterados. Y no tenía ni idea de qué era ni en
qué sentido le podía afectar la infección que sin duda sufría… Si reaccionaba
como el pequeño Juan, entonces no había de qué preocuparse. Pero, en caso contrario,
Toni estaba perdido. Solo era cuestión de tiempo.
La sonrisa
se borró de su rostro. Regresó instantáneamente a la cocina. Tanto Sara como
Cristina la estaban mirando fijamente, esperando una respuesta. Bea no supo qué
decir. Afuera, Toni seguía matando muertos. «Matando muertos», pensó Bea; tendría gracia si no fuera tan
macabro… y tan real. En la habitación de abajo, cruzando el comedor, un anciano
estaba con los sesos repartidos entre su silla de ruedas y la alfombra. Y
arriba, en la alcoba, cuatro cadáveres componían una lúgubre y tenebrosa
decoración. Lo raro era que el hedor no hubiera llegado ya a la cocina…
–Nos vamos
en cuanto almorcemos y Toni acabe… un trabajo que está haciendo –alertó de
pronto a Cristina con un movimiento rápido de brazos–. ¡La tortilla…!
La mujer
se apresuró a retirar la sartén del fuego, entre la incipiente humareda que se
expandía por la cocina. Repartió su contenido entre varios platos y se sentaron
en torno a la mesa. Toni entró en ese momento. Parecía agitado, cansado, y, a
pesar del frío exterior, estaba ligeramente sudado.
–¿Bien?
–preguntó Bea.
–Sí, bien…
Ya está hecho.
–¿Del
todo? –insistió la enfermera; no quería tener sorpresas cuando salieran.
–Sí…
Bea miraba
a Toni mientras masticaba pan duro remojado en leche y tortilla. Buscaba en él
indicios, gestos, movimientos involuntarios de las manos, del rostro… cualquier
cosa que denotara algún cambio en su estado de salud. Pero el de Malasaña no
parecía más afectado que antes. O que el día anterior. Comían todos en
silencio, sintiendo una agradable sensación de calor proveniente del hogar.
Toni pensaba que sería capaz de quedarse allí para siempre. Parecía una casa
sólida, bien construida, con animales, incluso. Y además estaba vallada, lo
cual le añadía seguridad. No tardaría ni una hora en limpiarla por dentro, y poco más en establecer alrededor una zona suficientemente
amplia libre de visitantes. Estaba
seguro de que en los bosques próximos abundaba la caza, y el agua tampoco debía
de ser un problema en esa zona del país. Así que, en realidad, ¿qué les impedía
quedarse allí? Miró a Bea. Parecía estar adivinándole el pensamiento, y supo
que era precisamente ella la razón por la que debían marcharse. Ella y su misión, si es que podía llamarla así.
Toni
desechó entonces todas sus fantasías, sus ganas por parar, sus ansias de dejar
atrás la lucha, los problemas… Él no había perdido a nadie en el infierno, y
tampoco le debía nada al mundo. Pero, ahora, esas mujeres eran su familia, lo
único que le permitía seguir aferrándose a la realidad. Y ni siquiera sabía si
la infección que portaba terminaría con su vida en una par de horas o si, por
el contrario, era tan inmune que no sufriría más que la fiebre y esos síntomas
extraños que Bea había dicho. Bea… Si ella
quería marcharse, seguir buscando una respuesta, una solución, debía estar a su
lado. No podía dejarla abandonada. No es que se sintiera especial, muy valiente
o muy fuerte, imprescindible…, pero creía que juntos tendrían más probabilidades
de que el empeño de la joven saliera adelante. No podía fallarle.
Se levantó
de la mesa, todavía con un trozo de pan en la mano, y se acomodó el HK en la
espalda. No era muy pesado, pero llevarlo continuamente llegaba a cansar.
Sabía, sin embargo, que era un seguro de vida, y no estaban las cosas para
desdeñar cualquier ayuda posible. Tendió la mano hacia Bea.
–¿Me das
las llaves? Voy a acercar el blindado a la otra puerta…
–¿Podrás?
–preguntó Bea dándoselas.
–Claro.
Hice un curso acelerado de conducir, ¿recuerdas?
Bea se
acercó a la ventana. Vio a Toni subirse al Rebeco
y maniobrar despacio hasta conducirlo junto a la puerta de la casa, a pocos
metros del segundo acceso a la parcela. Dejó el motor en marcha y volvió a entrar
en el caserío.
–Es mejor
que subáis todos al vehículo antes de que abra la puerta, por si acaso…
Bea sabía
que Toni tenía razón. Era mejor asegurarse. La chimenea seguía encendida, y los
deambulantes tenían el olfato muy fino. Pese a que la zona no parecía muy
poblada, había caseríos diseminados por todas partes, y sin duda los
alrededores estarían llenos de gente
vagando sin rumbo fijo… hasta que algo reclamara su atención.
Toni se
dirigió a la puerta de hierro negro de doble hoja. Esperó a que todos se
hubieran acomodado en el interior del blindado y entonces subió el pasador que
fijaba una de las hojas al suelo. Tiró de la puerta y un chirrido siniestro
pudo escucharse en el increíble silencio de la mañana. Abrió sin perder tiempo
la segunda hoja y, sin mirar al otro lado de la valla, alcanzó en tres zancadas
el vehículo, que arrancó con un ligero derrape.
A tiempo,
porque justo en la misma salida tuvo que pasar por encima de un par de muertos
que ya estaban llegando. Antes de alcanzar la carretera, Toni aún pudo contar
media docena más que se acercaban tambaleantes al caserío. Lanzó una última
mirada al montón de cuerpos que se apilaban a los pies de la primera puerta.
Enseguida, la curva de la carretera dibujó un nuevo paisaje en sus ojos, verde
y azul, inmenso, radiante. El sol despuntaba, brillante, por encima de los
árboles, y nadie habría dicho que era un sol de muerte, que solo iluminaba
cuerpos en descomposición, podredumbre, despojos y a unos cuantos y miserables
supervivientes.
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