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lunes, 1 de septiembre de 2014

Tercera parte. Ocho. 9

Edurne Muñuzuri se había perdido. Aunque el paisaje urbano que veía mientras deambulaba por la calle le resultaba vagamente conocido, no era capaz de situarlo correctamente. No estaba al tanto de su situación concreta, de su ubicación exacta en el entramado de la ciudad. Solo caminaba sin rumbo aparente, desconcertada por la torpeza de sus movimientos, por el resbaladizo asfalto, cuajado de hojas muertas humedecidas por el rocío nocturno, y que aparecían impolutas y brillantes…
Se detuvo de improviso, sin ningún motivo aparente que lo explicara. Miró alrededor. Le costaba girar la cabeza. Algo en su cuello le impedía realizar el movimiento completo, de modo que solo pudo girar un cuarto de vuelta hacia la derecha. Había oído algo. Se quedó así, estática, atenta. Sí, era un sonido que le llegaba a lomos de la suave brisa. No sabía dónde estaba, pero sí adónde debía dirigirse desde ese mismo momento.
Comenzó a caminar de nuevo, con paso vacilante, inseguro. Miró hacia abajo y vio el desgarro que tenía en la pierna derecha, con los músculos aflorando entre la piel reseca. Su vestido de color amarillo estaba hecho jirones, y apenas le cubría el cuerpo. Sin embargo, no tenía frío. Ni calor. En realidad, lo único que sentía era hambre, o mejor, necesidad de comer, de llevarse algo a la boca, lo que fuera, siempre que estuviera caliente, rojo, palpitante, apetitoso…
Cada vez oía más cerca el ruido. Eran voces, gritos, risas de niños… ¿niños? ¿Qué era eso? No lo sabía, y le daba igual. El ruido solo podía indicar una cosa: comida. Era todo cuanto necesitaba procesar su destruido cerebro. Siguió avanzando. Y entonces los vio. Los primeros copos caían sobre la ciudad, pero ya era tarde para detenerse…
Si Edurne hubiera tenido un espejo, suponiendo que se pudiera reconocer en él, habría visto que no tenía nada en el cuello que le impidiera girar la cabeza. Más bien era lo que no tenía lo que provocaba esa incapacidad. Y lo que no tenía era el esternocleidomastoidéo, ni tampoco los grandes vasos provenientes del tronco arterial braquiocefálico, seccionados entre la clavícula y el mentón, arrancados a dentelladas...


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