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viernes, 5 de septiembre de 2014

Tercera parte. Ocho. 11

Quizá Koldo tenía intención de responder a la amenazadora advertencia de Bea. Puede que se hubiera tomado su tiempo para contestar con insolencia, ironía, o, simplemente. resignación. Ya no hubo modo de saberlo, porque estaban llegando a la Catedral, y el panorama era realmente desolador.
Una docena de vascos se movían rápidamente en torno al lugar en que estaba estacionado el todoterreno, inspeccionado los alrededores. Habían encendido unos cuantos focos de gran potencia, alimentados por generadores solares, y daba la impresión de que había habido un combate allí. Las puertas del coche estaban abiertas de par en par.
La nieve blanda amortiguó el ruido del frenazo del Rebeco, que resbaló unos centímetros antes de detenerse. Bajaron todos de un salto, preguntándose qué habría pasado. Manu y Gorka se dirigieron inmediatamente hacia Koldo. Aunque estaban a dos pasos de ellos, Toni y Bea no entendieron lo que decían, porque hablaron en vasco. Mientras Bea esperaba impaciente a que alguien le contara algo, Toni se acercó al vehículo. Nevaba, y un colchón mullido cubría el pavimento y el techo y el capó del todoterreno. Oía a su alrededor las voces de los vascos, llamándose unos a otros, preguntando si todo estaba bien o si había visto cualquier cosa extraña. Rodeó el coche y pudo ver, a la resplandeciente y cegadora luz de los focos, que multiplicaba su resplandor por la nieve, el bracito que colgaba fláccido del asiento trasero. A lo largo de él, por la punta de sus dedos inertes, goteaba un fino hilo de sangre que teñía la nieve de un amenazador color rojo oscuro.
–Bea…
La enfermera se volvió hacia Toni, y vio en sus ojos un abismo negro y abrasador. Desentendiéndose de los vascos, que seguían enzarzados en explicaciones que entonces le parecieron absurdas, incluso groseras, corrió hacia donde estaba el joven de Malasaña. No quiso gritar, y aunque hubiera querido, tampoco habría podido. Ya no. Su nivel de asco, asombro y miedo se había saturado hacía tiempo. Solo le quedaban fuerzas para odiar, para matar…
El cuerpo de uno de los gemelos estaba tendido sobre el asiento trasero. La luz de los focos solo iluminaba su brazo, que colgaba fuera del vehículo. Bea se acercó más. Con infinita ternura, reprimiendo el dolor intenso que le oprimía el pecho, examinó al pequeño. Tenía un desgarro entre el cuello y el hombro, del que aún brotaba sangre que resbalaba por el brazo… Tenía los ojos abiertos, atravesados por una expresión de asombro, de susto, de sorpresa… Estaba muerto. Bea pensó inmediatamente en Sara. ¿Dónde estaba Sara? ¿Dónde estaban los demás?
Bea le cerró los párpados, y lo cogió en brazos con movimientos suaves. Comenzó a caminar hacia la escalinata, seguida por Toni. A unos pocos pasos, un cadáver de mujer al que le faltaba la mitad del lado derecho del cuello comenzaba a desaparecer bajo la nieve, desdibujando los blancos copos el amarillo deslucido de su vestido.
Cuando ponía el pie en el primer escalón, Koldo le cerró el paso. Le acompañaban sus dos amigos vascos, que hasta ese instante parecían haberle estado poniendo en antecedentes de lo sucedido. El sonido de un cerrojo al montarse desvió su atención. Toni les apuntaba a los tres con el HK.
–Ni lo intentes… –dijo, dirigiéndose a Koldo, que había hecho el gesto de querer detener a Bea.
–Escuchad… tenéis que ser razonables. No podemos permitir que le llevéis adentro. Sabéis que es un peligro para todos –Koldo trataba de mostrarse paciente y tranquilo, pero estaba claro que su habitual ironía había dejado paso a un grado cada vez más acusado de inseguridad, de falta de confianza en lo que fuera que antes la tuviera.
Bea, con el gemelo en brazos, le miró desafiante, y escupió sus palabras una a una, muy despacio.
–Tú no sabes nada, Koldo. No tienes ni idea de lo que este niño ha pasado hasta llegar aquí, para morir. No sabes quiénes somos. No sabes nada de estos monstruos ansiosos de sangre… No sabes si este niño es un peligro, no lo sabes… No sabes una mierda…
–¡No me jodas! ¡Sí que lo sé, lo he visto muchas veces! He tenido que matar a personas que unos minutos antes se descojonaban de todo lo que estaba pasando, como yo… y luego, ¡pum!, un puto disparo en la cabeza, o un golpe de la hostia, y a otra cosa. Así que no me digas que no lo sé… Tuve que ver impotente cómo esos cabrones de mierda se comían a mi familia, y después no fui capaz de matarlos para que murieran por segunda vez… –parecía a punto de llorar, de derrumbarse, la luz de uno de los focos dibujaba su rostro alargándolo increíblemente, marcando una mueca cruel pero vulnerable en su boca–. Solo pude encerrarlos en uno de los corrales… Por eso sé que este niño resucitará en cualquier momento, que querrá morderte a ti, a su madre, a quien esté más cerca…
Bea no quiso seguir discutiendo. Su situación era grave, muy comprometida. Todavía no sabía qué había pasado, ni donde estaban los demás de su grupo. Solo sabía que los vascos eran muchos, aunque en esos momentos anduvieran registrando los alrededores, y también que estaban armados. En ese instante habría deseado morirse de golpe y para siempre. Sentía cada latido de su corazón a cámara lenta, bombeando la sangre en sus arterias, despacio, despacio… La voz resuelta de Toni la sacó de su ensimismamiento.
–Vamos a entrar.


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