Bea pensó
que no podían tener tanta suerte. Pero el milagro se había obrado por segunda
vez. Claro que la primera, en Valladolid, no supuso para ellos un alivio de su
situación, sino, al contrario, el agravamiento de sus problemas, pues gracias a
la nevada los soldados pudieron llegar hasta su refugio y obligarlos a ir a la
Academia de Caballería. Pero ahora era distinto. Realmente era providencial que
nevara, porque no habrían tenido modo de escapar, rodeado como estaba el
vehículo por la marea de muertos que habían salido de todas partes. Ante
semejante muro de carne, la potencia del blindado no habría servido de nada. Si
acaso para mantenerlos a salvo en su interior, pero, ¿por cuánto tiempo?
Los
muertos, al igual que pasara en Valladolid, se estaban dispersando. Curioso fenómeno
aquel, que forzaba a esos seres insensibles y obstinados a desaparecer
completamente. No solo dejaban de ser un problema sino que literalmente se los
tragaba la tierra. ¿Dónde se metían para protegerse de la nieve? En cualquier
hueco, portal, local o puerta abierta, sin duda… ¿Qué tenía la nieve de
especial que les repelía?
A la luz
de los faros del blindado, vieron cómo se alejaban. Muchos se metían en los
edificios más cercanos, pero otros se perdían por el fondo de la calle hasta
donde alcanzaba la vista. La nieve pronto comenzó a cuajar sobre el asfalto
hasta entonces seco. Bea sabía que esa nevada podía ser el preludio de otras, y
en ese caso toda la ciudad se cubriría por un considerable espesor de treinta
centímetros o incluso más.
* * *
–Se jodió
el camión, colegas… –dijo Koldo.
Regresaban
a la Catedral. Las poderosas ruedas del Rebeco
aplastaban la nieve apenas caía, sin darle tiempo a cuajar. Detrás quedaba un
rastro que enseguida se difuminaría, cubierto por más y más copos…
–…y las
pasamos putas. ¡Me cago en la hostia! ¡Se fue a joder cuando ya casi los
habíamos perdido! ¡ Qué cabrones!
Aunque
parecía enfadado, en realidad seguía teniendo en los ojos el mismo brillo
burlón. Se diría que cualquiera que fuese la situación, le daba igual, porque
todas se resolvían, de una manera u otra. O no, y en ese caso, a la mierda
todo, porque ya no importaría nada. Entonces rompió la tensión con una franca
carcajada. En otras circunstancias su efecto contagioso habría actuado como
vitalizador inmediato, pero ninguno de sus compañeros de viaje parecía
compartir su sentido peculiar del humor.
–Cómo
corríamos, ¿eh, Maite?
La joven
vasca aún no había recobrado el aliento. Respiraba trabajosamente, y miró a
Koldo con una mezcla de desidia y sorpresa. Ya lo conocía, a pesar de todo. Por
eso no contestó, y se limitó a ver pasar las siluetas de los edificios a través
de la ventanilla.
–Bueno
–volvió a tomar la palabra, sin cortar del todo su media sonrisa sardónica–, ¿y
vosotros?, ¿encontrasteis algo de interés?
Bea miró
de soslayo a Toni, pero el chaval no apartó la vista del frente, atento a
cualquier movimiento. No se fiaba de los muertos. Que no viera a ninguno no
significaba que no estuvieran ahí, acechando. La cháchara del vasco no le
interesaba demasiado…
–Algo…
–respondió Bea, al cabo.
–Algo,
algo... ¿Eso qué hostia es, tía?
Bea notó
cómo le blanqueaban los nudillos al agarrarse con toda su fuerza al volante.
Con ironía o sin ella, ese vasco tenía una facilidad asombrosa para encresparla,
y no estaba dispuesta a aguantar mucho más…
–No
vuelvas a llamarme tía…
El tono
tranquilo pero frío de su voz hizo que Koldo comprendiera que no estaba
bromeando. En absoluto. Esa mujer era entera, de verdad. Ignoraba quién era o
qué había hecho, pero no era muy difícil imaginar cosas… En el horror en que se
había convertido el mundo, al menos el cercano que tenían a su alcance, nadie
sobrevive ahí fuera sin más. Koldo, que solo era un tabernero vasco, sabía eso.
Toni también lo sabía, y respetaba por ello a Bea. Y ese era el motivo por el
que olía el riesgo en el tenso ambiente en que se había convertido de repente
el interior del vehículo militar, que avanzaba sin aparente prisa por las
vacías y ya blancas calles de Vitoria.
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