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miércoles, 3 de septiembre de 2014

Tercera parte. Ocho. 10

Bea pensó que no podían tener tanta suerte. Pero el milagro se había obrado por segunda vez. Claro que la primera, en Valladolid, no supuso para ellos un alivio de su situación, sino, al contrario, el agravamiento de sus problemas, pues gracias a la nevada los soldados pudieron llegar hasta su refugio y obligarlos a ir a la Academia de Caballería. Pero ahora era distinto. Realmente era providencial que nevara, porque no habrían tenido modo de escapar, rodeado como estaba el vehículo por la marea de muertos que habían salido de todas partes. Ante semejante muro de carne, la potencia del blindado no habría servido de nada. Si acaso para mantenerlos a salvo en su interior, pero, ¿por cuánto tiempo?
Los muertos, al igual que pasara en Valladolid, se estaban dispersando. Curioso fenómeno aquel, que forzaba a esos seres insensibles y obstinados a desaparecer completamente. No solo dejaban de ser un problema sino que literalmente se los tragaba la tierra. ¿Dónde se metían para protegerse de la nieve? En cualquier hueco, portal, local o puerta abierta, sin duda… ¿Qué tenía la nieve de especial que les repelía?
A la luz de los faros del blindado, vieron cómo se alejaban. Muchos se metían en los edificios más cercanos, pero otros se perdían por el fondo de la calle hasta donde alcanzaba la vista. La nieve pronto comenzó a cuajar sobre el asfalto hasta entonces seco. Bea sabía que esa nevada podía ser el preludio de otras, y en ese caso toda la ciudad se cubriría por un considerable espesor de treinta centímetros o incluso más.
* * *
–Se jodió el camión, colegas… –dijo Koldo.
Regresaban a la Catedral. Las poderosas ruedas del Rebeco aplastaban la nieve apenas caía, sin darle tiempo a cuajar. Detrás quedaba un rastro que enseguida se difuminaría, cubierto por más y más copos…
–…y las pasamos putas. ¡Me cago en la hostia! ¡Se fue a joder cuando ya casi los habíamos perdido! ¡ Qué cabrones!
Aunque parecía enfadado, en realidad seguía teniendo en los ojos el mismo brillo burlón. Se diría que cualquiera que fuese la situación, le daba igual, porque todas se resolvían, de una manera u otra. O no, y en ese caso, a la mierda todo, porque ya no importaría nada. Entonces rompió la tensión con una franca carcajada. En otras circunstancias su efecto contagioso habría actuado como vitalizador inmediato, pero ninguno de sus compañeros de viaje parecía compartir su sentido peculiar del humor.
–Cómo corríamos, ¿eh, Maite?
La joven vasca aún no había recobrado el aliento. Respiraba trabajosamente, y miró a Koldo con una mezcla de desidia y sorpresa. Ya lo conocía, a pesar de todo. Por eso no contestó, y se limitó a ver pasar las siluetas de los edificios a través de la ventanilla.
–Bueno –volvió a tomar la palabra, sin cortar del todo su media sonrisa sardónica–, ¿y vosotros?, ¿encontrasteis algo de interés?
Bea miró de soslayo a Toni, pero el chaval no apartó la vista del frente, atento a cualquier movimiento. No se fiaba de los muertos. Que no viera a ninguno no significaba que no estuvieran ahí, acechando. La cháchara del vasco no le interesaba demasiado…
–Algo… –respondió Bea, al cabo.
–Algo, algo... ¿Eso qué hostia es, tía?
Bea notó cómo le blanqueaban los nudillos al agarrarse con toda su fuerza al volante. Con ironía o sin ella, ese vasco tenía una facilidad asombrosa para encresparla, y no estaba dispuesta a aguantar mucho más…
–No vuelvas a llamarme tía…
El tono tranquilo pero frío de su voz hizo que Koldo comprendiera que no estaba bromeando. En absoluto. Esa mujer era entera, de verdad. Ignoraba quién era o qué había hecho, pero no era muy difícil imaginar cosas… En el horror en que se había convertido el mundo, al menos el cercano que tenían a su alcance, nadie sobrevive ahí fuera sin más. Koldo, que solo era un tabernero vasco, sabía eso. Toni también lo sabía, y respetaba por ello a Bea. Y ese era el motivo por el que olía el riesgo en el tenso ambiente en que se había convertido de repente el interior del vehículo militar, que avanzaba sin aparente prisa por las vacías y ya blancas calles de Vitoria.


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