Antes de
amanecer, antes de que su gente se despertara, Bea salió a dar un paseo, a
respirar el aire de la noche. Saludó al hombre que estaba de guardia en la
puerta, y se adentró en la oscuridad. Llovía a cántaros, de modo que se
conformó con mantenerse a resguardo bajo la estructura del pórtico, sin bajar
la escalinata. El agua había deshecho la espesa capa de nieve que, como una
ilusión de prestidigitador, había cubierto la ciudad durante un día y medio, pero
de la que no quedaba ni rastro.
Enseguida
sintió la presencia de Koldo a su lado. El vasco no dijo nada, solo se apoyó en
el muro de piedra de la fachada, cerca del exterior. Las gotas que caían con
fuerza estrellándose contra el suelo le salpicaban las botas y las perneras del
pantalón.
–¿Amigos?
Bea se
volvió entonces a mirarlo. Era como si lo viera por primera vez. En realidad,
nunca hasta ese momento le había observado con detenimiento. A pesar de la
oscuridad, veía entonces las verdaderas facciones de Koldo.
–Nunca
fuimos enemigos…
–Pero
casi…
–No.
–¿No?
–No. Cada
vida es demasiado preciosa para malgastarla, para dejarla escapar por el
sumidero. Ese niño lo demuestra, había que luchar por él…
–Pero
cuántos más han tenido que morir injustamente…
–No lo sé.
Muchos, quizá todos. Pero ahora me importa éste. Si hay un futuro, él lo
encarna. Por eso debe vivir, por eso me enfrenté a todos…
Koldo rozó
con su mano el brazo de Bea. Solo era un gesto amistoso.
–¿Os
marcháis?
–Sí.
Cuando amanezca.
–¿Adónde
iréis?
Bea sacó
de su bolsillo el mapa doblado que había cogido del sótano de la sede del
Gobierno Vasco. Lo abrió y se lo mostró a Koldo.
–Aquí.
–¿Qué es
esto?
–Lo único
con algún sentido que encontramos. No había coches, no había gente… Ni tampoco
muertos. Solo la radio emitiendo su mensaje en automático y este mapa marcado.
Koldo lo
miró más detenidamente. Encendió la linterna para examinarlo mejor.
–¿Sabes
dónde es? ¿Qué esperas encontrar? No sabes cuándo se marcharon… No creo que
haya nadie allí a estas alturas, suponiendo que alguna vez haya habido alguien…
–No
tenemos más pistas, Koldo. Tanto nos da este lugar como otro. Pero puede que
ahí haya algo que merezca la pena…
Bea
intentó taladrar la oscuridad. Habría jurado, a través del ruido que producía
la intensa lluvia, que podía oír los gemidos de los deambulantes encerrados al
otro lado de la Catedral, en el colegio… Pero solo eran imaginaciones suyas, o
ecos de la memoria, tan dentro tenía grabado ese lúgubre sonido. No podía ver a
más de una veintena de metros, y entonces se fijó en el cadáver de la mujer que
yacía en la calle, junto al todoterreno.
–¿Podréis
volver a meterlos en el corral? –preguntó de repente.
–Los
vascos siempre fuimos buenos pastores…
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