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miércoles, 24 de septiembre de 2014

Tercera parte. Nueve. 7

Antes de amanecer, antes de que su gente se despertara, Bea salió a dar un paseo, a respirar el aire de la noche. Saludó al hombre que estaba de guardia en la puerta, y se adentró en la oscuridad. Llovía a cántaros, de modo que se conformó con mantenerse a resguardo bajo la estructura del pórtico, sin bajar la escalinata. El agua había deshecho la espesa capa de nieve que, como una ilusión de prestidigitador, había cubierto la ciudad durante un día y medio, pero de la que no quedaba ni rastro.
Enseguida sintió la presencia de Koldo a su lado. El vasco no dijo nada, solo se apoyó en el muro de piedra de la fachada, cerca del exterior. Las gotas que caían con fuerza estrellándose contra el suelo le salpicaban las botas y las perneras del pantalón.
–¿Amigos?
Bea se volvió entonces a mirarlo. Era como si lo viera por primera vez. En realidad, nunca hasta ese momento le había observado con detenimiento. A pesar de la oscuridad, veía entonces las verdaderas facciones de Koldo.
–Nunca fuimos enemigos…
–Pero casi…
–No.
–¿No?
–No. Cada vida es demasiado preciosa para malgastarla, para dejarla escapar por el sumidero. Ese niño lo demuestra, había que luchar por él…
–Pero cuántos más han tenido que morir injustamente…
–No lo sé. Muchos, quizá todos. Pero ahora me importa éste. Si hay un futuro, él lo encarna. Por eso debe vivir, por eso me enfrenté a todos…
Koldo rozó con su mano el brazo de Bea. Solo era un gesto amistoso.
–¿Os marcháis?
–Sí. Cuando amanezca.
–¿Adónde iréis?
Bea sacó de su bolsillo el mapa doblado que había cogido del sótano de la sede del Gobierno Vasco. Lo abrió y se lo mostró a Koldo.
–Aquí.
–¿Qué es esto?
–Lo único con algún sentido que encontramos. No había coches, no había gente… Ni tampoco muertos. Solo la radio emitiendo su mensaje en automático y este mapa marcado.
Koldo lo miró más detenidamente. Encendió la linterna para examinarlo mejor.
–¿Sabes dónde es? ¿Qué esperas encontrar? No sabes cuándo se marcharon… No creo que haya nadie allí a estas alturas, suponiendo que alguna vez haya habido alguien…
–No tenemos más pistas, Koldo. Tanto nos da este lugar como otro. Pero puede que ahí haya algo que merezca la pena…
Bea intentó taladrar la oscuridad. Habría jurado, a través del ruido que producía la intensa lluvia, que podía oír los gemidos de los deambulantes encerrados al otro lado de la Catedral, en el colegio… Pero solo eran imaginaciones suyas, o ecos de la memoria, tan dentro tenía grabado ese lúgubre sonido. No podía ver a más de una veintena de metros, y entonces se fijó en el cadáver de la mujer que yacía en la calle, junto al todoterreno.
–¿Podréis volver a meterlos en el corral? –preguntó de repente.
–Los vascos siempre fuimos buenos pastores…


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