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sábado, 20 de septiembre de 2014

Tercera parte. Nueve. 5

Nevaba de nuevo. Muy lánguidamente. No había viento, y la temperatura tampoco era demasiado fría. Pronto el cielo volvería a estar limpio, azul, y helaría, convirtiendo la nieve en una superficie dura y resbaladiza. El grupo, reunido alrededor de la improvisada tumba, permanecía en silencio. Solo faltaba Cristina, que se había quedado junto al pequeño Juan, con la puerta de la habitación atrancada hasta que regresaran.
Vicky lloraba, y Sara también lloraba. Bea las abrazaba a las dos. Habían escogido un rincón nada más entrar en el cementerio. Allí, rodeado por panteones vetustos, descansaría el niño. Toni limpió la zona de nieve con las manos, hasta que afloró la hierba, y después tuvieron que emplearse a fondo, él y Koldo por turnos, para abrir una fosa somera con la pala plegable de zapador que habían encontrado en el blindado. Por suerte, Alberto era un niño de seis años, y no les costó tanto esfuerzo abrir el hoyo como si se hubiera tratado de un adulto.
Allí estaban, sin hablar, sin hacer nada salvo mirar el cuerpo del niño, envuelto en una mortaja blanca hecha con las mismas sábanas del hospital, que reposaba a medio metro escaso de la superficie. Nadie decía nada. No había plegaria. No había oración de despedida. Faltaba el cura.
Toni se decidió por fin. Echó una palada de tierra sobre el cuerpo. Y luego otra. Los sollozos de Vicky arreciaron. Bea la acompañó de vuelta al coche, aparcado justo en la misma entrada del cementerio. Toni terminó de rellenar la fosa, y después compactó a palazos rítmicos el pequeño túmulo de tierra que se había formado sobre la sepultura. Después, Koldo, con la punta de su cuchillo, comenzó a grabar el nombre del niño y la fecha en una rama lo suficientemente gruesa que encontró medio oculta por la nieve.
Cuando terminó, afiló uno de los extremos de la rama y la hundió con tanta fuerza en la tierra, a la cabecera de la tumba, que varias astillas se le clavaron en ambas manos, arrancando una mueca de su rostro y dejando un rastro de su sangre en la madera.
Sin mirarse, ambos hombres volvieron sobre el camino andado de regreso al blindado. Toni, desconfiado, levantaba frecuentemente la vista oteando hasta donde el paisaje urbano le permitía. Por si acaso.
* * *
Ya casi anochecía, y había dejado de nevar. De hecho, las últimas precipitaciones de la tarde habían caído en forma de aguanieve, debido a la repentina subida de las temperaturas. Cuando todo hacía indicar que la borrasca dejaría paso a un cielo estrellado como preludio de una importante helada sobre la ciudad, como sucedía casi siempre, de repente el termómetro crujió y se disparó varios grados, transformando los copos de la última media hora en gruesas gotas de agua. Hasta el tiempo se había vuelto loco.
Cuando llegaron a la Catedral, Toni pensó que todos los vascos supervivientes de Vitoria estaban allí. Habían hecho un pasillo a ambos lados de la escalinata, y permanecían en un silencio que no sabía si interpretar como respetuoso o reprobatorio. Caminaban en fila, Koldo abriendo la comitiva y Toni cerrándola. En medio, las mujeres, protegiendo a Sara y al pequeño Juan, que aún estaba bajo los efectos del analgésico y los antibióticos. Los vascos le miraban sobre todo a él, tratando de comprender el motivo por el que no había muerto como todos los demás atacados por los ibiltari.
Nadie se interpuso en su camino. Quizá Koldo se había puesto en cabeza cuando bajaron del blindado por un motivo concreto, el de manifestar, con su primacía, su aceptación de los hechos, de los forasteros, y de la vida que le había sido arrebatada a la muerte por primera vez en todos esos meses infernales. Quizá había esperanza.


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