Nevaba de
nuevo. Muy lánguidamente. No había viento, y la temperatura tampoco era
demasiado fría. Pronto el cielo volvería a estar limpio, azul, y helaría,
convirtiendo la nieve en una superficie dura y resbaladiza. El grupo, reunido
alrededor de la improvisada tumba, permanecía en silencio. Solo faltaba
Cristina, que se había quedado junto al pequeño Juan, con la puerta de la
habitación atrancada hasta que regresaran.
Vicky
lloraba, y Sara también lloraba. Bea las abrazaba a las dos. Habían escogido un
rincón nada más entrar en el cementerio. Allí, rodeado por panteones vetustos,
descansaría el niño. Toni limpió la zona de nieve con las manos, hasta que
afloró la hierba, y después tuvieron que emplearse a fondo, él y Koldo por
turnos, para abrir una fosa somera con la pala plegable de zapador que habían
encontrado en el blindado. Por suerte, Alberto era un niño de seis años, y no
les costó tanto esfuerzo abrir el hoyo como si se hubiera tratado de un adulto.
Allí
estaban, sin hablar, sin hacer nada salvo mirar el cuerpo del niño, envuelto en
una mortaja blanca hecha con las mismas sábanas del hospital, que reposaba a
medio metro escaso de la superficie. Nadie decía nada. No había plegaria. No
había oración de despedida. Faltaba el cura.
Toni se
decidió por fin. Echó una palada de tierra sobre el cuerpo. Y luego otra. Los
sollozos de Vicky arreciaron. Bea la acompañó de vuelta al coche, aparcado
justo en la misma entrada del cementerio. Toni terminó de rellenar la fosa, y
después compactó a palazos rítmicos el pequeño túmulo de tierra que se había
formado sobre la sepultura. Después, Koldo, con la punta de su cuchillo,
comenzó a grabar el nombre del niño y la fecha en una rama lo suficientemente
gruesa que encontró medio oculta por la nieve.
Cuando
terminó, afiló uno de los extremos de la rama y la hundió con tanta fuerza en
la tierra, a la cabecera de la tumba, que varias astillas se le clavaron en
ambas manos, arrancando una mueca de su rostro y dejando un rastro de su sangre
en la madera.
Sin
mirarse, ambos hombres volvieron sobre el camino andado de regreso al blindado.
Toni, desconfiado, levantaba frecuentemente la vista oteando hasta donde el
paisaje urbano le permitía. Por si acaso.
* * *
Ya casi
anochecía, y había dejado de nevar. De hecho, las últimas precipitaciones de la
tarde habían caído en forma de aguanieve, debido a la repentina subida de las
temperaturas. Cuando todo hacía indicar que la borrasca dejaría paso a un cielo
estrellado como preludio de una importante helada sobre la ciudad, como sucedía
casi siempre, de repente el termómetro crujió y se disparó varios grados,
transformando los copos de la última media hora en gruesas gotas de agua. Hasta
el tiempo se había vuelto loco.
Cuando
llegaron a la Catedral, Toni pensó que todos los vascos supervivientes de
Vitoria estaban allí. Habían hecho un pasillo a ambos lados de la escalinata, y
permanecían en un silencio que no sabía si interpretar como respetuoso o
reprobatorio. Caminaban en fila, Koldo abriendo la comitiva y Toni cerrándola.
En medio, las mujeres, protegiendo a Sara y al pequeño Juan, que aún estaba
bajo los efectos del analgésico y los antibióticos. Los vascos le miraban sobre
todo a él, tratando de comprender el motivo por el que no había muerto como
todos los demás atacados por los ibiltari.
Nadie se
interpuso en su camino. Quizá Koldo se había puesto en cabeza cuando bajaron
del blindado por un motivo concreto, el de manifestar, con su primacía, su
aceptación de los hechos, de los forasteros, y de la vida que le había sido
arrebatada a la muerte por primera vez en todos esos meses infernales. Quizá
había esperanza.
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