Páginas

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Tercera parte. Nueve. 4

Desde el umbral de la habitación 114, Koldo miraba a Bea, que estaba sujetando una nueva bolsa de suero en el gotero, del que colgaba, también, un frasco de antibióticos que evitaría una posible infección a Juan por la terrible herida de la mano. De todas formas, pensó la enfermera, si el virus de los muertos no había matado ya al pequeño, una posible infección normal debido a la herida no supondría demasiado problema.
Cristina regresó en ese momento, Había ido a la cafetería a buscar algo para comer. Traía botellas de agua mineral y una bolsa con frutos secos y galletas. No era mucho, pero no tenían nada mejor a mano, y el servicio de restaurante tardaría aún algún tiempo en abrir…
–Podríais venir a la Catedral a almorzar…
Bea le miró entonces por primera vez, dejando claro que le había obviado intencionadamente todo el rato anterior.
–No nos vamos a ir de aquí por el momento.
Juan abrió los ojos. La fiebre había remitido, y sus constantes eran regulares, según había comprobado Bea minutos antes. Los antibióticos y el analgésico estaban haciendo efecto, porque no se quejó. Solo se miró la mano vendada y dijo:
–Mamá, tengo sed…
Vicky se volvió hacia Bea, quien asintió con la cabeza. La madre le aplicó la boca de una botella de agua a los labios y el niño comenzó a beber ávidamente, como si hiciera meses que no probaba líquidos. Koldo todavía no era capaz de comprender que el niño estuviera vivo. Aprovechó que ambas hermanas se ocupaban del pequeño para preguntarle a la enfermera, al lado de la puerta.
–¿Cómo ha podido sobrevivir?
Bea le devolvió la mirada, más bien se la mantuvo. Ella misma sabía que no podía seguir mostrándose hostil hacia Koldo, que no tenía sentido. Las diferencias surgidas solo eran eso, diferencias. Lo verdaderamente importante era la cooperación, avanzar juntos en la misma dirección, aunar esfuerzos, ayudar…
–Gracias a la transfusión a tiempo, a la sutura de la herida… y a todavía no sé muy bien qué milagro… –se sinceró.
–Nunca había visto nada semejante, te lo juro. Cualquiera que fuera mordido, incluso arañado solamente, estaba bien jodido. Moría enseguida, y además se reanimaba más rápidamente aún. No lo entiendo, te lo aseguro… Este niño parece inmune a lo que quiera que ha infectado a la gente.
–Y su hermano –le recordó Bea–. No sobrevivió a las terribles heridas, pero está definitivamente muerto. Tú mismo lo has visto.
Bea pareció caer en la cuenta de algo en ese mismo instante, algo en lo que hasta entonces no habían reparado, quizá porque era más urgente ocuparse de los vivos que de los muertos.
–¿Dónde podemos enterrarlo?
Koldo dudó. Él no era el alcalde de Vitoria, ni había ya normativas municipales que respetar, ni autoridad que obedecer. Se encogió de hombros, indicando su falta de respuesta.
–¿Qué más da? Donde queráis…
–Entonces lo llevaremos al Cementerio de Santa Isabel. Siempre me gustó…


No hay comentarios:

Publicar un comentario