Desde el
umbral de la habitación 114, Koldo miraba a Bea, que estaba sujetando una nueva
bolsa de suero en el gotero, del que colgaba, también, un frasco de
antibióticos que evitaría una posible infección a Juan por la terrible herida
de la mano. De todas formas, pensó la enfermera, si el virus de los muertos no
había matado ya al pequeño, una posible infección normal debido a la herida no supondría demasiado problema.
Cristina
regresó en ese momento, Había ido a la cafetería a buscar algo para comer.
Traía botellas de agua mineral y una bolsa con frutos secos y galletas. No era
mucho, pero no tenían nada mejor a mano, y el servicio de restaurante tardaría
aún algún tiempo en abrir…
–Podríais
venir a la Catedral a almorzar…
Bea le
miró entonces por primera vez, dejando claro que le había obviado
intencionadamente todo el rato anterior.
–No nos
vamos a ir de aquí por el momento.
Juan abrió
los ojos. La fiebre había remitido, y sus constantes eran regulares, según
había comprobado Bea minutos antes. Los antibióticos y el analgésico estaban
haciendo efecto, porque no se quejó. Solo se miró la mano vendada y dijo:
–Mamá,
tengo sed…
Vicky se
volvió hacia Bea, quien asintió con la cabeza. La madre le aplicó la boca de
una botella de agua a los labios y el niño comenzó a beber ávidamente, como si
hiciera meses que no probaba líquidos. Koldo todavía no era capaz de comprender
que el niño estuviera vivo. Aprovechó que ambas hermanas se ocupaban del
pequeño para preguntarle a la enfermera, al lado de la puerta.
–¿Cómo ha
podido sobrevivir?
Bea le
devolvió la mirada, más bien se la mantuvo. Ella misma sabía que no podía
seguir mostrándose hostil hacia Koldo, que no tenía sentido. Las diferencias
surgidas solo eran eso, diferencias. Lo verdaderamente importante era la
cooperación, avanzar juntos en la misma dirección, aunar esfuerzos, ayudar…
–Gracias a
la transfusión a tiempo, a la sutura de la herida… y a todavía no sé muy bien
qué milagro… –se sinceró.
–Nunca
había visto nada semejante, te lo juro. Cualquiera que fuera mordido, incluso
arañado solamente, estaba bien jodido. Moría enseguida, y además se reanimaba
más rápidamente aún. No lo entiendo, te lo aseguro… Este niño parece inmune a
lo que quiera que ha infectado a la gente.
–Y su
hermano –le recordó Bea–. No sobrevivió a las terribles heridas, pero está
definitivamente muerto. Tú mismo lo has visto.
Bea
pareció caer en la cuenta de algo en ese mismo instante, algo en lo que hasta
entonces no habían reparado, quizá porque era más urgente ocuparse de los vivos
que de los muertos.
–¿Dónde
podemos enterrarlo?
Koldo
dudó. Él no era el alcalde de Vitoria, ni había ya normativas municipales que
respetar, ni autoridad que obedecer. Se encogió de hombros, indicando su falta
de respuesta.
–¿Qué más
da? Donde queráis…
–Entonces
lo llevaremos al Cementerio de Santa Isabel. Siempre me gustó…
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