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viernes, 12 de septiembre de 2014

Tercera parte. Nueve. 2

El camino hasta el hospital no había sido complicado, salvo por la nieve. De todas formas, las ruedas del potente Rebeco eran excepcionales, aptas para todo tipo de terreno, y se adaptaban con fiabilidad a las resbaladizas calles de Vitoria, evacuando la nieve ya aguada a través de los surcos de sus gomas.
Habían subido todos al blindado. Todos, incluyendo el cuerpo sin vida de Alberto. Toni lo vigilaba de cerca, influido por la experiencia de tres meses tratando de sobrevivir, pero también por una confianza casi religiosa, que sin embargo estaba lejos de sentir, en que finalmente nada sucedería, que el niño estaba muerto y nada más.
Nada ni nadie interrumpió el corto viaje. El hospital de Santiago estaba más cerca, pero Bea prefirió ir hasta Txagorritxu, porque era un centro mucho mejor equipado y porque, en definitiva, ella lo conocía bastante bien, no en vano había realizado allí las prácticas durante su etapa de estudiante de enfermería. Detuvo el vehículo en la misma entrada de Urgencias, pero se dirigió inmediatamente, con Juan en brazos y Sara pegada a su lado, hasta la primera planta, a los quirófanos. Toni llevaba una potente linterna militar, y tras ellos iban las dos mujeres, que tenían dificultad para seguir su rápida marcha.
A Bea no le gustó el aspecto de los quirófanos. Estaban demasiado sucios, y además no tenían ventilación ni ventanas al exterior. Se dirigió al área de Pediatría, que estaba en la misma planta. En el cuarto de enfermeras rebuscó en una vitrina. Por fin encontró lo que buscaba: una bolsa de solución glucosada, un gotero, una llave de tres vías, gasas, alcohol, una caja de guantes estériles, material de sutura y unas gomas y jeringas para realizar la transfusión. Solo entonces, cuando depositaba el cuerpo inconsciente del niño sobre la cama, se dio cuenta de que no sabía su grupo sanguíneo. Ni tampoco el de los demás posibles donantes, excepto el suyo. Quizá no debieran haber salido tan precipitadamente para el hospital, después de todo. Puede que necesitaran la ayuda de los vascos. Entre tantos, alguno sería compatible…
–Vicky… ¿de qué grupo es tu hijo?
–AB–… –respondió la madre, al borde de su resistencia emocional y física.
AB–. Qué coincidencia. Ella también era AB–. Por fin una buena noticia, los AB son el grupo más raro de todo el mundo, pero precisamente por eso pueden recibir sangre de cualquier donante.
No había tiempo para demasiados preparativos, ni para una asepsia adecuada, ni medios para analizar la sangre del donante y verificar su compatibilidad. Al menos el instrumental estaba esterilizado, protegido por los envoltorios precintados. Tampoco tendría que preocuparse por controlar la temperatura de la sangre transfundida, porque al ser inter vivos estaría en la horquilla de 37º, evitando así el riesgo de hemólisis. A pesar de todo, Bea debía tener cuidado. Si la sangre entraba demasiado deprisa en el torrente del pequeño, podía provocarle hipertensión. En cualquier caso, no podía descartar alguna reacción de rechazo. Tampoco sabía qué cantidad necesitaría…
–Alumbra aquí, Toni… Así, más cerca… eso es…
Cogió una vía al pequeño en el dorso de la mano sana. Afortunadamente, el choque producido por el susto y el dolor había hecho que perdiera la consciencia, y eso evitaba tener que sedarlo o dormirlo. Colocó la unidad glucosada en el gotero y dosificó la entrada de suero con el regulador. Después, suturó el desgarro que el mordisco había dejado en la mano del niño. No estaba segura de haber hecho un trabajo artístico, y probablemente la cicatriz no se vería demasiado fina, pero al menos había detenido la hemorragia. Solo entonces retiró el torniquete del brazo y se preparó para la transfusión.
–Cualquiera me sirve… incluso yo, pero alguien tiene que hacer la manipulación –miró a Toni, a Cristina, a Vicky, y, con menor requerimiento, a Sara.
Antes de que ninguno pudiera hacer algún gesto, la madre se quitó la cazadora, se subió la manga derecha y se sentó junto al pequeño Juan en la cama. Bea no dijo nada. No hacía falta. Le cogió una vía acoplada a la goma, y la conectó a otra vía intravenosa del brazo del niño, en la que había introducido el catéter. La sangre comenzó a fluir.


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