El camino
hasta el hospital no había sido complicado, salvo por la nieve. De todas
formas, las ruedas del potente Rebeco
eran excepcionales, aptas para todo tipo de terreno, y se adaptaban con
fiabilidad a las resbaladizas calles de Vitoria, evacuando la nieve ya aguada a
través de los surcos de sus gomas.
Habían
subido todos al blindado. Todos, incluyendo el cuerpo sin vida de Alberto. Toni
lo vigilaba de cerca, influido por la experiencia de tres meses tratando de
sobrevivir, pero también por una confianza casi religiosa, que sin embargo estaba
lejos de sentir, en que finalmente nada sucedería, que el niño estaba muerto y
nada más.
Nada ni
nadie interrumpió el corto viaje. El hospital de Santiago estaba más cerca, pero
Bea prefirió ir hasta Txagorritxu, porque era un centro mucho mejor equipado y
porque, en definitiva, ella lo conocía bastante bien, no en vano había
realizado allí las prácticas durante su etapa de estudiante de enfermería.
Detuvo el vehículo en la misma entrada de Urgencias, pero se dirigió
inmediatamente, con Juan en brazos y Sara pegada a su lado, hasta la primera
planta, a los quirófanos. Toni llevaba una potente linterna militar, y tras
ellos iban las dos mujeres, que tenían dificultad para seguir su rápida marcha.
A Bea no
le gustó el aspecto de los quirófanos. Estaban demasiado sucios, y además no
tenían ventilación ni ventanas al exterior. Se dirigió al área de Pediatría,
que estaba en la misma planta. En el cuarto de enfermeras rebuscó en una vitrina.
Por fin encontró lo que buscaba: una bolsa de solución glucosada, un gotero, una
llave de tres vías, gasas, alcohol, una caja de guantes estériles, material de
sutura y unas gomas y jeringas para realizar la transfusión. Solo entonces,
cuando depositaba el cuerpo inconsciente del niño sobre la cama, se dio cuenta
de que no sabía su grupo sanguíneo. Ni tampoco el de los demás posibles
donantes, excepto el suyo. Quizá no debieran haber salido tan precipitadamente
para el hospital, después de todo. Puede que necesitaran la ayuda de los
vascos. Entre tantos, alguno sería compatible…
–Vicky…
¿de qué grupo es tu hijo?
–AB–…
–respondió la madre, al borde de su resistencia emocional y física.
AB–. Qué
coincidencia. Ella también era AB–. Por fin una buena noticia, los AB son el grupo
más raro de todo el mundo, pero precisamente por eso pueden recibir sangre de
cualquier donante.
No había
tiempo para demasiados preparativos, ni para una asepsia adecuada, ni medios
para analizar la sangre del donante y verificar su compatibilidad. Al menos el
instrumental estaba esterilizado, protegido por los envoltorios precintados. Tampoco
tendría que preocuparse por controlar la temperatura de la sangre transfundida,
porque al ser inter vivos estaría en
la horquilla de 37º, evitando así el riesgo de hemólisis. A pesar de todo, Bea
debía tener cuidado. Si la sangre entraba demasiado deprisa en el torrente del
pequeño, podía provocarle hipertensión. En cualquier caso, no podía descartar
alguna reacción de rechazo. Tampoco sabía qué cantidad necesitaría…
–Alumbra
aquí, Toni… Así, más cerca… eso es…
Cogió una
vía al pequeño en el dorso de la mano sana. Afortunadamente, el choque
producido por el susto y el dolor había hecho que perdiera la consciencia, y
eso evitaba tener que sedarlo o dormirlo. Colocó la unidad glucosada en el
gotero y dosificó la entrada de suero con el regulador. Después, suturó el desgarro
que el mordisco había dejado en la mano del niño. No estaba segura de haber
hecho un trabajo artístico, y probablemente la cicatriz no se vería demasiado
fina, pero al menos había detenido la hemorragia. Solo entonces retiró el
torniquete del brazo y se preparó para la transfusión.
–Cualquiera
me sirve… incluso yo, pero alguien tiene que hacer la manipulación –miró a
Toni, a Cristina, a Vicky, y, con menor requerimiento, a Sara.
Antes de
que ninguno pudiera hacer algún gesto, la madre se quitó la cazadora, se subió
la manga derecha y se sentó junto al pequeño Juan en la cama. Bea no dijo nada.
No hacía falta. Le cogió una vía acoplada a la goma, y la conectó a otra vía
intravenosa del brazo del niño, en la que había introducido el catéter. La sangre
comenzó a fluir.
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