La
carretera discurría durante un buen trecho bordeando el embalse. El paisaje era
precioso, incluso en esa época fría y desapacible. Daban ganas de buscar una
cabaña con un buen hogar, encender fuego y olvidarse del mundo. Toni deseó con
todas sus fuerzas que eso sucediera en ese mismo instante. Habría dado algo
bueno por oír a Bea suspirar, que detuviera el coche y que dijera: «Ya basta. No vamos a ir más allá. Nos quedamos
aquí». Y que luego le encomendara buscar algo para cenar. Toni no tenía ni
idea de cazar ni de pescar, pero algo se le ocurriría…
Todo quedó
en nada. Toni salió de su ensimismamiento instantáneamente cuando un leve y
rápido grito rompió la suave calidez del interior del blindado. Se volvió hacia
las mujeres, y vio la cara pálida de Vicky. Luego miró al pequeño Juan. Parecía
dormido, y estaba tan pálido como su madre.
–¿Qué
pasa? –preguntó Bea, echando rápidas miradas por el retrovisor, aunque el
ángulo de visión le impedía ver al niño.
–¡Juan!
¡Está inconsciente!
–¿No se
habrá dormido? –inquirió Bea, de nuevo.
Las
palabras se amontonaban en la boca de la asustada Vicky, que apenas acertó a
explicarse.
–No… no,
estaba bien, me estaba mirando a los ojos, y de pronto ha perdido el
conocimiento… ¡Míralo, está blanco…! ¡Para, Bea, por Dios… para!
Bea miró
delante y a los lados, buscando alguna referencia que le proporcionase un
mínimo de seguridad. Toni, intuyendo su intención, desaconsejó detenerse allí.
–No me
parece buena idea. A la izquierda está el agua, y a la derecha hay demasiada vegetación…
No vemos una mierda…
Tenía
razón. No era sensato pararse allí, en medio de la carretera, sin apoyos
visuales ni forma de defenderse ante cualquier eventualidad. Que no hubieran
detectado movimientos desde que salieron de Vitoria no significaba en absoluto
que pudieran bajar la guardia. Era increíble que, a pesar de su aparente
lentitud, los deambulantes pudieran llegar a cualquier sitio con tanta
celeridad. Además, también había que contar con los vivos, si los había, porque
nadie les garantizaba que fueran amistosos. Pruebas tenían de ello.
–No
podemos parar aquí, Vicky. Sería demasiado peligroso para la seguridad de todos
–volvió ligeramente la cabeza para darle instrucciones a la mujer, sin perder
de vista la carretera–. Coloca tus dedos índice y corazón sobre el lateral del
cuello de tu hijo y dime si sientes su pulso…
De forma
inmediata, pero sumamente nerviosa, Vicky puso sus dedos sobre el cuello de
Juan. Suspiró, aliviada: tenía pulso.
–¡Sí, sí
tiene…!
Bea
desconfió. La respuesta había sido demasiado rápida. Le repitió de nuevo las
instrucciones, esta vez más explícitamente que antes.
–Has
puesto también el pulgar, ¿verdad? Pon solo
los dedos índice y corazón, porque el pulgar tiene pulso propio y te está
falseando...
Vicky,
nerviosa, trató de hacer lo que Bea le decía, pero no acertaba a encontrarle el
pulso a su hijo. Cristina intentó ayudar en la tarea, pero tampoco fue capaz.
Bea se volvió a Toni, mirándolo de una forma especial que el chaval conocía
bien. Inmediatamente, se retorció en su asiento, asomando medio cuerpo sobre el
espacio trasero del coche, y colocó sus dedos sobre el cuello del niño. No era
un experto, por supuesto, pero tras unos segundos de atenta espera, detectó el
débil latido de la arteria carótida.
–Tiene
pulso.
–Bien.
Comprueba ahora su pecho. Fíjate si sube y baja. Es un niño, así que el
movimiento será muy tenue… –siguió Bea dando instrucciones.
Todos los
ojos de los viajeros del blindado, excepto los de Bea, se volvieron hacia el
pecho de Juan. La respiración era apenas perceptible, pero el pequeño seguía
vivo, no había entrado en parada…
–¡Respira,
respira…! –se apresuró a gritar su madre, antes de darle tiempo a Toni a decir
nada.
–Entonces,
no parece una urgencia. Pararemos en cuanto lleguemos a un lugar seguro…
Al poco,
el paisaje se abrió. Al fondo destacaban la torre de una iglesia y los tejados de
las casas de un pueblo. Bea dejó la carretera para coger el desvío que conducía
al pueblo, Otxandio. No le hacía gracia entrar en una población, pero quizá
fuera mejor opción que detenerse en medio de la carretera. Enseguida sabrían la
respuesta.
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