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domingo, 28 de septiembre de 2014

Cuarta parte. Uno. 2

La carretera discurría durante un buen trecho bordeando el embalse. El paisaje era precioso, incluso en esa época fría y desapacible. Daban ganas de buscar una cabaña con un buen hogar, encender fuego y olvidarse del mundo. Toni deseó con todas sus fuerzas que eso sucediera en ese mismo instante. Habría dado algo bueno por oír a Bea suspirar, que detuviera el coche y que dijera: «Ya basta. No vamos a ir más allá. Nos quedamos aquí». Y que luego le encomendara buscar algo para cenar. Toni no tenía ni idea de cazar ni de pescar, pero algo se le ocurriría…
Todo quedó en nada. Toni salió de su ensimismamiento instantáneamente cuando un leve y rápido grito rompió la suave calidez del interior del blindado. Se volvió hacia las mujeres, y vio la cara pálida de Vicky. Luego miró al pequeño Juan. Parecía dormido, y estaba tan pálido como su madre.
–¿Qué pasa? –preguntó Bea, echando rápidas miradas por el retrovisor, aunque el ángulo de visión le impedía ver al niño.
–¡Juan! ¡Está inconsciente!
–¿No se habrá dormido? –inquirió Bea, de nuevo.
Las palabras se amontonaban en la boca de la asustada Vicky, que apenas acertó a explicarse.
–No… no, estaba bien, me estaba mirando a los ojos, y de pronto ha perdido el conocimiento… ¡Míralo, está blanco…! ¡Para, Bea, por Dios… para!
Bea miró delante y a los lados, buscando alguna referencia que le proporcionase un mínimo de seguridad. Toni, intuyendo su intención, desaconsejó detenerse allí.
–No me parece buena idea. A la izquierda está el agua, y a la derecha hay demasiada vegetación… No vemos una mierda…
Tenía razón. No era sensato pararse allí, en medio de la carretera, sin apoyos visuales ni forma de defenderse ante cualquier eventualidad. Que no hubieran detectado movimientos desde que salieron de Vitoria no significaba en absoluto que pudieran bajar la guardia. Era increíble que, a pesar de su aparente lentitud, los deambulantes pudieran llegar a cualquier sitio con tanta celeridad. Además, también había que contar con los vivos, si los había, porque nadie les garantizaba que fueran amistosos. Pruebas tenían de ello.
–No podemos parar aquí, Vicky. Sería demasiado peligroso para la seguridad de todos –volvió ligeramente la cabeza para darle instrucciones a la mujer, sin perder de vista la carretera–. Coloca tus dedos índice y corazón sobre el lateral del cuello de tu hijo y dime si sientes su pulso…
De forma inmediata, pero sumamente nerviosa, Vicky puso sus dedos sobre el cuello de Juan. Suspiró, aliviada: tenía pulso.
–¡Sí, sí tiene…!
Bea desconfió. La respuesta había sido demasiado rápida. Le repitió de nuevo las instrucciones, esta vez más explícitamente que antes.
–Has puesto también el pulgar, ¿verdad? Pon solo los dedos índice y corazón, porque el pulgar tiene pulso propio y te está falseando...
Vicky, nerviosa, trató de hacer lo que Bea le decía, pero no acertaba a encontrarle el pulso a su hijo. Cristina intentó ayudar en la tarea, pero tampoco fue capaz. Bea se volvió a Toni, mirándolo de una forma especial que el chaval conocía bien. Inmediatamente, se retorció en su asiento, asomando medio cuerpo sobre el espacio trasero del coche, y colocó sus dedos sobre el cuello del niño. No era un experto, por supuesto, pero tras unos segundos de atenta espera, detectó el débil latido de la arteria carótida.
–Tiene pulso.
–Bien. Comprueba ahora su pecho. Fíjate si sube y baja. Es un niño, así que el movimiento será muy tenue… –siguió Bea dando instrucciones.
Todos los ojos de los viajeros del blindado, excepto los de Bea, se volvieron hacia el pecho de Juan. La respiración era apenas perceptible, pero el pequeño seguía vivo, no había entrado en parada…
–¡Respira, respira…! –se apresuró a gritar su madre, antes de darle tiempo a Toni a decir nada.
–Entonces, no parece una urgencia. Pararemos en cuanto lleguemos a un lugar seguro…
Al poco, el paisaje se abrió. Al fondo destacaban la torre de una iglesia y los tejados de las casas de un pueblo. Bea dejó la carretera para coger el desvío que conducía al pueblo, Otxandio. No le hacía gracia entrar en una población, pero quizá fuera mejor opción que detenerse en medio de la carretera. Enseguida sabrían la respuesta.


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