Día
noventa y cinco. Nadie miró hacia atrás mientras el blindado se alejaba bajo el
intenso aguacero que caía sobre Vitoria. Pronto, la Catedral se perdió de vista
en el espejo retrovisor, y después Portal de Gamarra, y más tarde, por último,
la ciudad misma no fue más que un punto indefinido en el horizonte, a medida
que avanzaban hacia el único lugar al que quizá podían dirigirse.
Allí, de
pie en la escalinata principal de la Catedral Nueva, el grupo de vascos se
quedó mirando durante un rato aún por encima de los tejados próximos, como si
de allí fuera a venir algún mensajero misterioso, o como si por allí se
estuvieran escapando sus esperanzas de un mundo distinto, humano…
Bea no
pensaba que dejara tras ella ningún amigo. No después de lo que había pasado en esos días terribles. Pero, al menos, tenía la sensación de que a ninguno de
esos vascos cabezotas pero nobles podría llamar jamás enemigo.
Poco a
poco, la lluvia fue cediendo, hasta cesar por completo. El cielo seguía estando
gris, feo, pero la conducción se hizo más relajada al no tener que fijar la
vista en un punto concreto pero indefinido más allá del cristal de seguridad
del parabrisas. Viajaban todos en el Rebeco,
con el depósito lleno por gentileza de sus anfitriones vascos. Les había
parecido mejor idea estar juntos que divididos entre dos vehículos, porque
serían más vulnerables, de modo que el todoterreno se quedó junto a la Catedral.
Toni sintió cierta pena al abandonarlo, no en vano era el coche que le había salvado
la vida en El Coto un par de semanas atrás. ¿Tan solo dos semanas? Habría
jurado que hacía meses, incluso años, que dejaron Viana…
Aunque
habían cambiado de coche, era casi lo único distinto en su forma de
comportarse, porque Sara seguía viajando al lado de Bea y de Toni, entre ambos.
Era como si los hubiera adoptado por padres después del trágico episodio en el
Salón del Reino. El blindado era lo suficientemente espacioso para que viajara
detrás con Vicky, Cristina y Juan, pero Sara insistía en ir delante, con ellos…
Se sentía más segura, y ya no había policías que pudieran multarlos…
Bea apenas
se percató de que la carretera se estrechaba y desembocaba en un único carril: se
había terminado la autovía. Aún recorrió unos centenares de metros más, hasta
darse cuenta plenamente de la nueva situación. ¿Qué ponía aquél cartel? Legutiano, creyó leer…
A su
izquierda, el embalse de Urrunaga se mostraba en toda su extensión, reflejando
intensamente el plomizo cielo que los cubría esa mañana. El pueblo parecía
desierto. Los coches brillaban por la reciente lluvia, que había arrastrado
hasta el suelo el polvo acumulado durante los últimos meses… Ni rastro de
actividad. Todo quieto, todo tranquilo…
–Bilbao a
la izquierda… Vamos a Bilbao, ¿no?
Bea no se
volvió hacia Toni cuando contestó.
–Casi.
Antes de
llegar al puente por donde la nacional 240 cruzaba el embalse, Bea se dio
cuenta de que algo no iba bien. Los coches, hasta entonces inexistentes o
simplemente detenidos en el arcén, se acumulaban de pronto hasta formar un
enorme tapón que hacía imposible seguir avanzando. Ni siquiera con una
excavadora habrían podido abrirse paso. Había, incluso, tres trailer bloqueando
ambos carriles de la carretera. Toni pensó que los vehículos no presentaban un
estado de abandono precipitado, como estaba acostumbrado a ver en ocasiones
anteriores. Se bajó del blindado cuando Bea paró ante los primeros obstáculos, haciendo
suya la misión de inspeccionar, como siempre, los alrededores, en una rutina
que se había convertido en imprescindible.
–Algo pasó
aquí. Los camiones no están así por casualidad, ¿ves? –indicaba a Bea la
disposición de los enormes cuatro ejes, formando una especie de muro o
parapeto–. Los colocaron así adrede…
–…para
evitar que alguien pasara, ¿no?
–Exacto.
No sé si lo consiguieron, pero ahora me pregunto si estamos en el lado bueno de
la barricada…
Toni
miraba sistemáticamente en todas direcciones, tratando de atisbar algo,
intentando presentir cualquier movimiento, más que verlo. Conocía a los
muertos, y sabía, por haber sido testigo presencial, que, en ocasiones, solo
los ves cuando ya te están mordiendo… Pero allí no había muertos; ni vivos,
salvo ellos. El aire no olía a nada especial, salvo a la humedad que desprendía
la tierra, tan peculiar. Y a la inmensa masa de agua dulce del pantano.
–¿Qué
hacemos? –preguntó.
–Habrá que
dar un rodeo –respondió Bea, mirando el indicador situado a la entrada del
puente, casi tapado por los coches amontonados allí. A Durango 25 km, rezaba.
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