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viernes, 26 de septiembre de 2014

Cuarta parte. Uno. 1

Día noventa y cinco. Nadie miró hacia atrás mientras el blindado se alejaba bajo el intenso aguacero que caía sobre Vitoria. Pronto, la Catedral se perdió de vista en el espejo retrovisor, y después Portal de Gamarra, y más tarde, por último, la ciudad misma no fue más que un punto indefinido en el horizonte, a medida que avanzaban hacia el único lugar al que quizá podían dirigirse.
Allí, de pie en la escalinata principal de la Catedral Nueva, el grupo de vascos se quedó mirando durante un rato aún por encima de los tejados próximos, como si de allí fuera a venir algún mensajero misterioso, o como si por allí se estuvieran escapando sus esperanzas de un mundo distinto, humano…
Bea no pensaba que dejara tras ella ningún amigo. No después de lo que había pasado en esos días terribles. Pero, al menos, tenía la sensación de que a ninguno de esos vascos cabezotas pero nobles podría llamar jamás enemigo.
Poco a poco, la lluvia fue cediendo, hasta cesar por completo. El cielo seguía estando gris, feo, pero la conducción se hizo más relajada al no tener que fijar la vista en un punto concreto pero indefinido más allá del cristal de seguridad del parabrisas. Viajaban todos en el Rebeco, con el depósito lleno por gentileza de sus anfitriones vascos. Les había parecido mejor idea estar juntos que divididos entre dos vehículos, porque serían más vulnerables, de modo que el todoterreno se quedó junto a la Catedral. Toni sintió cierta pena al abandonarlo, no en vano era el coche que le había salvado la vida en El Coto un par de semanas atrás. ¿Tan solo dos semanas? Habría jurado que hacía meses, incluso años, que dejaron Viana…
Aunque habían cambiado de coche, era casi lo único distinto en su forma de comportarse, porque Sara seguía viajando al lado de Bea y de Toni, entre ambos. Era como si los hubiera adoptado por padres después del trágico episodio en el Salón del Reino. El blindado era lo suficientemente espacioso para que viajara detrás con Vicky, Cristina y Juan, pero Sara insistía en ir delante, con ellos… Se sentía más segura, y ya no había policías que pudieran multarlos…
Bea apenas se percató de que la carretera se estrechaba y desembocaba en un único carril: se había terminado la autovía. Aún recorrió unos centenares de metros más, hasta darse cuenta plenamente de la nueva situación. ¿Qué ponía aquél cartel? Legutiano, creyó leer…
A su izquierda, el embalse de Urrunaga se mostraba en toda su extensión, reflejando intensamente el plomizo cielo que los cubría esa mañana. El pueblo parecía desierto. Los coches brillaban por la reciente lluvia, que había arrastrado hasta el suelo el polvo acumulado durante los últimos meses… Ni rastro de actividad. Todo quieto, todo tranquilo…
–Bilbao a la izquierda… Vamos a Bilbao, ¿no?
Bea no se volvió hacia Toni cuando contestó.
–Casi.
Antes de llegar al puente por donde la nacional 240 cruzaba el embalse, Bea se dio cuenta de que algo no iba bien. Los coches, hasta entonces inexistentes o simplemente detenidos en el arcén, se acumulaban de pronto hasta formar un enorme tapón que hacía imposible seguir avanzando. Ni siquiera con una excavadora habrían podido abrirse paso. Había, incluso, tres trailer bloqueando ambos carriles de la carretera. Toni pensó que los vehículos no presentaban un estado de abandono precipitado, como estaba acostumbrado a ver en ocasiones anteriores. Se bajó del blindado cuando Bea paró ante los primeros obstáculos, haciendo suya la misión de inspeccionar, como siempre, los alrededores, en una rutina que se había convertido en imprescindible.
–Algo pasó aquí. Los camiones no están así por casualidad, ¿ves? –indicaba a Bea la disposición de los enormes cuatro ejes, formando una especie de muro o parapeto–. Los colocaron así adrede…
–…para evitar que alguien pasara, ¿no?
–Exacto. No sé si lo consiguieron, pero ahora me pregunto si estamos en el lado bueno de la barricada…
Toni miraba sistemáticamente en todas direcciones, tratando de atisbar algo, intentando presentir cualquier movimiento, más que verlo. Conocía a los muertos, y sabía, por haber sido testigo presencial, que, en ocasiones, solo los ves cuando ya te están mordiendo… Pero allí no había muertos; ni vivos, salvo ellos. El aire no olía a nada especial, salvo a la humedad que desprendía la tierra, tan peculiar. Y a la inmensa masa de agua dulce del pantano.
–¿Qué hacemos? –preguntó.
–Habrá que dar un rodeo –respondió Bea, mirando el indicador situado a la entrada del puente, casi tapado por los coches amontonados allí. A Durango 25 km, rezaba.


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