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miércoles, 13 de agosto de 2014

Tercera parte. Siete. 4

Se habían duchado en las instalaciones del gimnasio de un colegio que había en la calle Magdalena, lateral a la fachada septentrional de la Catedral. Bea no se molestó en preguntar cómo conseguían tener agua corriente, y, además, caliente. ¿Para qué? Por suerte para ellos la tenían, y lo que de verdad preocupaba e inquietaba a la joven era otra cosa: el maldito mensaje de radio que habían estado escuchando a través de la emisora del Rebeco desde que salieron de Valladolid. Si el mensaje procedía de Vitoria, y ahora estaban allí, necesitaba una explicación, necesitaba encontrar la fuente y ver si era una grabación programada o había algo más detrás de todo ese embrollo. Y la única persona que podía responder a sus preguntas y despejar sus dudas era Koldo. ¿O no estaba, más o menos, al mando de los supervivientes de Vitoria, aunque todos fueran buenos camaradas?
–Pregunta, pues.
La voz de Koldo la sorprendió mientras hacía esas reflexiones. El vasco había aparecido tras ella de repente, entrando en el vestuario de chicas donde se estaba cambiando de ropa. Se apartó un mechón de pelo de la frente y se ajustó la pistolera a la cintura.
–Quiero la verdad, Koldo. No me servirá otra cosa.
–Tienes mi palabra.
Bea cogió aire en una gran bocanada y disparó la pregunta a bocajarro, sin contemplaciones ni medias tintas.
–¿Qué sabes de las emisiones de radio que decían que Vitoria era una ciudad segura?
El vasco se rascó el mentón, mirando socarronamente a Bea. Una chispa iluminó el fondo de sus pupilas oscuras, dotando a sus ojos de un resplandor que acentuaba aún más la angulosidad de su rostro, sobre el que ambos pómulos parecían promontorios inexpugnables.
–Sí que era segura, sí… hasta que llegasteis…
–Koldo…
–Perdona, chica, no he podido evitarlo… Cada vez que recuerdo que el gordo ese que venía con vosotros provocó esta catástrofe…
–Respóndeme, por favor.
Koldo dio dos pasos y se sentó en el banco de madera del vestuario. Se agachó, escondió la cara entre sus manos, y se peinó con los dedos los largos cabellos. Luego dirigió la vista hacia la enfermera.
–¿De verdad quieres saberlo? ¿Por qué?
Bea se desesperaba. Koldo se andaba continuamente por las ramas, rodeando, esquivando… De todos los vascos que conocía, no recordaba que ninguno fuera tan resbaladizo como aquél.
–Porque tengo que aferrarme a algo, porque esta gente me sigue como si yo fuera un gurú o algo así, pensando que sé adónde voy y lo que hago, ¿lo entiendes? Por eso tengo que saber adónde voy… para saber qué tengo que hacer…
Koldo dio unas palmadas con la mano abierta sobre el banco de rejilla de madera, ofreciéndoselo a la joven.
–Ven, siéntate aquí… –cuando Bea estuvo a su lado, inició el relato–. Al principio todo era un caos, ¿sabes? No tenía ni puta idea de qué estaba pasando, ni siquiera estaba seguro de que realmente estuviera pasando… Era de locos, incluso llegué a pensar que se trataba de un montaje publicitario, o del rodaje de una película… yo qué sé… Te evitaré lo peor de la historia…
–No te preocupes. La conozco perfectamente. No puede haber sido más horrible que en Valladolid…
–Bueno, pues eso… Sin saber cómo, me encontré en la Catedral con un grupo de gente, todos tan asustados como yo. No habían venido a rezar, decían… o sí, vete a saber… El caso es que nos metimos allí y nos encerramos a cal y canto. Desde arriba se tiene una buena perspectiva de los alrededores… Más gente llamaba a las puertas, y nosotros íbamos acogiendo a cuantos llegaban, algunos heridos por los que parecían haberse vuelto locos, mordiendo a la gente… No nos dábamos cuenta, entonces, de que estábamos invitando al enemigo a entrar. ¿Cómo podíamos saberlo? Aquello acababa de empezar…
«Pasamos esa primera noche de ese primer día sin dormir, aterrados, escuchando espantosos gritos en la calle, sirenas, disparos… Y por la mañana, cuando ya nos vencía el sueño, descubrimos que había infectados entre nosotros. De repente un par de tipos se volvieron locos y empezaron a atacar al resto. No sé cómo pudimos reducirlos, quiero decir matarlos, porque era imposible hacerlos entrar en razón… –se arremangó la cazadora y la camisa, y le enseñó a Bea su antebrazo derecho–. Mira, me mordieron…
Bea vio perfectamente la cicatriz que una dentadura humana le había dejado en la piel, se marcaban perfectamente todos los dientes, y la zona estaba levemente enrojecida aún…
–¿No te infectaste?
–¿Por qué? ¿Tengo mala cara?
De nuevo salía a relucir la ironía del vasco, que no parecía tomarse en serio más que un par de cosas en la vida, o tres… Sus ojos sonreían aunque el rictus de sus labios fuera firme y serio, apenas dibujados entre los pliegues de sus comisuras.
–Bueno… Uno de los que estaban dentro conmigo era el ertzaina del que os hablé, el de la idea… Estaba jodido, el tipo, le habían medio devorado vivo intentando salvar a su familia… Murió al cabo de unas horas, pero no se volvió loco después. No sé, es muy raro todo este embrollo…
Bea se daba cuenta de eso. Ella tenía ya algunas ideas al respecto, las había ido enlazando a partir de los pocos indicios que se había encontrado en esos meses en contacto con vivos y muertos, infectados y sanos…
–Entonces nos organizamos. Llevábamos encerrados en la Catedral tres días, y nadie se atrevía a salir. Desde arriba solo se veía a esos putos ibiltari deambulando por ahí, como bobos… Estaban por todas partes… era como si toda la población de Vitoria menos nosotros se hubiera transformado… –hizo una pausa para echar un trago de agua de una botella de plástico–. Trazamos el plan, y el resto ya lo conoces…
–Hasta ahora me has contado la película de miedo, pero nada de los mensajes de radio…
–Ya va, ya va… ¡qué impaciente! Una vez que el plan salió a la perfección, la ciudad era nuestra. La recorrimos, saqueamos la armería del cuartel de la Guardia Civil en Sansomendi, y encontramos algunos pequeños grupos de supervivientes que se habían refugiado en diversos sitios. No te aburriré con los detalles. Para entonces, ya no había energía eléctrica en la ciudad, claro, El caso es que, en una de las patrullas, nos enteramos de que la flor y nata de los políticos habían sobrevivido atrincherados en el Parlamento, aquí mismo, justo al lado de la Catedral.
–Sí, ya lo conozco…
–Los muy cabrones llevaban días escondidos en los sótanos del edificio, que por lo visto son a prueba de no sé qué, con sistemas de ventilación autónomos y todo… Andaban intrigados por las sirenas que habían estado sonando durante horas, o sea, las que empleamos para atraer a los ibiltari. Pero, en cuanto se enteraron de que no había peligro ya quisieron ponerse al mando otra vez… Había con ellos unos cuantos policías, pero nosotros también íbamos armados por aquel entonces…
–¿Y?
–Nada. Se dieron cuenta de lo que había, y pensaron que era mejor dejarlo correr, así que marcharon a la Lehendakaritza, y a las pocas horas empezamos a oír el maldito mensaje en la radio… Y surtió efecto, porque durante los días siguientes, con cuentagotas, llegaban a la ciudad pequeños grupos de supervivientes… Y, ayer, vosotros.
Bea se quedó pensativa. Así que era eso. Una emisión, probablemente grabada, del Gobierno Vasco, proclamando a los cuatro vientos que Vitoria era una ciudad libre de infectados, lo cual solo era verdad en parte… Bueno, no parecía gran cosa, pero había que seguir la pista…
–Tenemos que ir allí.
–¿Estás loca? ¿Sabes donde está la sede de Presidencia del Gobierno Vasco?
–Perfectamente…


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