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lunes, 11 de agosto de 2014

Tercera parte. Siete. 3

El suelo estaba sembrado de cadáveres que ocultaban la alfombra de hojas secas. Muertos de verdad, de los que ya no volverían a levantarse nunca. La masacre se había desarrollado en el más absoluto silencio, interrumpido continuamente, no obstante, por el indescriptible conjunto de crujidos, chasquidos, chapoteos, gruñidos, gemidos, y suspiros producidos al unísono por vivos y muertos. Nadie sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que Toni inició el brutal enfrentamiento. Probablemente no había sido mucho, pero estaban todos tan extenuados que parecía que llevaban dando golpes a los cráneos de los muertos días enteros sin descansar.
Después de que Koldo enviara a uno de sus compañeros a por refuerzos, los dos grupos de vascos habían bajado a la calle armados con los objetos contundentes que tenían a mano, para detener la avalancha de muertos. Había que golpear fuerte, y había que acertar en la cabeza. Cualquier otra cosa no servía, y solo conseguiría agotar más deprisa a la gente sin lograr resultados efectivos. Una vez que llegaron los demás integrantes del grupo vasco, unos cuantos fueron destacados por Koldo hacia la Avenida Gasteiz para acabar con los que se habían desperdigado por allí, mientras el grueso contenía la avalancha en Portal de Castilla, empujando poco a poco a los muertos hacia la rotonda, a los pies del puente del tren que cruzaba sobre la calle.
Cuando por fin consiguieron terminar con todos los muertos que había a la vista, Koldo designó a varios de sus compañeros para montar guardia permanentemente en el puente, único acceso al centro de la ciudad por ese lado, ya que, a lo largo del tendido ferroviario, los muros y verjas que jalonaban el recorrido de las vías eran relativamente seguros e impedían el paso a los torpes muertos. Uno de sus hombres se acercó hasta la vía, provisto con unos prismáticos.
El cese de los disparos había contribuido a evitar que siguieran llegando muertos a la zona guiados por las detonaciones. La mayoría de los deambulantes liberados de Mendizorrotza estarían en esos momentos vagando sin rumbo por las inmediaciones del estadio, sin decidirse por un camino concreto al faltarles la orientación sonora. Sin duda, los primeros a los que los vascos habían abatido habían llegado hasta allí por casualidad, y el error evidente había sido abatirlos a tiros, porque eso había servido de foco de atracción para otro grupo más numeroso que se encontraba en las inmediaciones, aún al otro lado de las vías.
–Joer, vaya sudada… –dijo Manu, dejándose caer en un banco, al lado de la rotonda.
–Sí… Oye, luchan bien estos maketos, ¿los contratamos? –Koldo hizo un gesto en dirección a Bea y a Toni.
Toni no pudo reprimir una sonrisa, que en su ensangrentado rostro apenas si fue algo más que una mueca. Bea estaba algo más alejada, y no oyó el comentario. Los dos estaban aún en tensión, expectantes, atentos a cualquier ruido que proviniera del área de acceso a la zona desde donde habían llegado los deambulantes. Ambos, al igual que el resto del grupo combatiente, estaban empapados en una mezcla de sudor, sangre y salpicaduras de restos orgánicos de todo tipo… La pelea había sido feroz, cruel, a muerte…
Bea se acercó a Koldo. No había olvidado que tenía aún una pregunta que hacerle al vasco. Una pregunta de la que podía depender su futuro, quizá el de todos.
–Tenemos que hablar…
–¿Ahora? Sería mejor volver a la catedral y quitarnos esta mierda de encima…
–Entonces, hablaremos después… sin falta –concedió Bea.


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