Mientras
bordeaban a la carrera el parque de la Florida, en el lado meridional de la Catedral,
en dirección a Portal de Castilla, Toni miraba de reojo en todas direcciones.
Su instinto de supervivencia estaba permanentemente activado, enviando a su
cerebro toda la información posible del entorno. Solo así había logrado
sobrevivir en ese nuevo mundo al que había nacido unos meses antes. Y gracias a
eso pudo hacerse cargo de la situación de un solo vistazo. Por el final de la
calle, bajo el puente azul de hierro y hormigón del ferrocarril, por donde
ellos mismos habían llegado el día anterior, asomaban algunos deambulantes, que
los francotiradores del grupo de Koldo iban eliminando a medida que los tenían
a tiro. Pero los muertos llegaban en número cada vez más numeroso. Y, además,
era una avenida amplia, con zona arbolada intermedia y bocacalles, muy difícil
de controlar… Pronto esos vascos no podrían controlar la hemorragia…
En la
acera, a la puerta de uno de los edificios, un tipo les esperaba. Subieron las
escaleras hasta el primer piso, ocupado por oficinas. En una de ellas habían
establecido un puesto de control volante. Koldo se puso al tanto nada más
entrar como un terremoto.
–¿Cómo va?
¿Necesitáis algo?
Dos de los
vascos se miraron e intercambiaron una sonrisa antes de contestar a Koldo.
–Cuarenta
mil cartuchos…
–… y unas
birras.
Koldo pasó
por alto la ironía.
–¿No
podíais haber escogido un sitio mejor?
–Intentamos
cortarles el paso a la entrada del puente, pero algunos ya lo habían
sobrepasado. Nos entretuvieron, y no pudimos avisarte antes…
–¿Y cómo
pensabais detener a estos miles de cabrones? ¿Con media docena de fusiles?
Además, y aunque tuviéramos balas para todos, sería imposible barrerlos, son
como rebaños en oleadas… Hay que pensar otra cosa…
Le empezó
a dar vueltas a la cabeza en busca de una solución que fuera efectiva y al
mismo tiempo duradera. Estaba claro que la única forma era volver a
encerrarlos, pero ¿cómo? ¿Podrían repetir la misma estrategia que les sirvió en
agosto?
–¿Dónde
están Gorka y su grupo? –preguntó.
–Allí
enfrente… –señalaban al moderno edificio acristalado al otro lado de la calle,
en la esquina.
–¿Dónde?
No los veo…
–En el
primer piso…
No había
acabado la frase, y un par de destellos revelaron a Koldo la situación exacta
de Gorka. Estaba en una de las oficinas del primer piso del Palacio de Justicia.
Dos ibiltari cayeron pesadamente al
suelo. Desde allí, pensó Toni, tenían mal ángulo de visión, porque justo a los
pies de la calle se abría una zona ajardinada con numerosos árboles. Aunque muchos
ya habían perdido la mayor parte de las hojas, algunos eran abetos, y el frondoso
ramaje limitaba la visión a unas pocas decenas de metros, sobre todo si la
perspectiva visual se realizaba desde un lugar elevado, como era su caso.
–Algunos
se están dirigiendo a la Avenida nada más pasar el puente, pero la mayoría
vienen hacia aquí… –siguió diciendo uno de los vascos, atento desde detrás de
los prismáticos.
Bea y Toni
asistían en silencio a la conversación. Eran, hasta el momento, convidados de
piedra. Dejaban que Koldo llevara el peso de la situación, no en vano estaban
en su territorio, y eran sus muertos.
Pero a Toni le daba mala espina todo aquello. Creía que los vascos estaban actuando
con demasiada precipitación, fruto del nerviosismo que les había generado ver
de pronto a miles de deambulantes sueltos. Su respuesta estaba siendo puramente
refleja, pero al mismo tiempo descoordinado, incluso torpe.
–No
deberíais dispararles –dijo.
Su voz fue
un latigazo en medio de la tensión reinante. Todos se volvieron hacia él,
incluso Bea le miró extrañada. Koldo se alejó de la ventana y se le plantó
delante, con los brazos en jarras. Se notaba que quería pelea, aunque pensó que
ese chaval delgado parecía poca cosa para él.
–¿Y eso
por qué?
–Tú mismo
dijiste que el ruido les atraía…
Prisionero
de sus propias palabras, Koldo reflexionó. El ruido, claro. El maldito ruido
que les había servido para encerrarlos hacía unos meses, ahora les estaba
marcando perfectamente la ruta hacia ellos, hacia la Catedral, hacia los
supervivientes. A todos excepto a unos pocos, quizá los sordos, quizá los
rebeldes… que optaban por tomar el camino hacia la Avenida de Gasteiz…
–Y
entonces, ¿cómo piensas que vamos a detenerlos?
–A
hostias… –Toni ya bajaba las escaleras de dos en dos hasta la calle. Antes de
que nadie pudiera reaccionar, salió corriendo hacia el primer muerto, una mujer
gorda con un vestido vaporoso floreado hecho jirones y un horrible desgarro en
el pecho izquierdo. La tumbó de un fuerte hachazo en medio de la frente.
Bea pudo
por fin salir del estupor tras ver a Toni actuar, y le gritó a
Koldo.
–¡Diles
que no disparen!
Koldo hizo
un gesto significativo a sus compañeros del edificio de enfrente, llevándose la
mano derecha de canto al cuello y moviéndola repetidamente, aunque en realidad
no habría hecho falta, pues, al ver a Toni enfrentarse a la deambulante, habían
dejado de disparar.
–Quizá no
habría que detenerlos. Quizá habría que encaminarlos, como hicisteis en verano…
¿O no es más que una fanfarronada cuanto nos habéis contado?
Koldo miró
a la enfermera con un asomo de ira mezclada con orgullo herido. Si algo
detestan los vascos es que les tomen por mentirosos, por más que les guste
alardear de sus logros.
–No os
mentí, señorita. Pero entonces tuvimos tiempo para pensar, para trazar un plan…
y ahora…
–… ahora
os habéis precipitado, habéis metido la pata, macho. Hay que pensar antes de
disparar… ¿Cuánta gente sois?
–Creo que
no más de cincuenta –respondió Koldo–. ¿Por qué?
Bea señaló
hacia la calle, donde Toni seguía derribando muertos, que llegaban en un goteo
incesante, lento pero continuo. Pronto se agotaría, sin embargo.
–Mira a
ese chico ahí abajo, él solo contra todos… Va a hacer falta mucha ayuda aquí…
–Bea ya estaba dirigiéndose a la puerta, dispuesta a echar una mano a Toni. De
camino, tiró del cable de una pesada lámpara de mesa con fuste de metal, a la
que arrancó la pantalla. Ahora ya estaba en condiciones de ayudarle.
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