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martes, 5 de agosto de 2014

Tercera parte. Siete. 1

–Están llegando por Portal de Castilla, Koldo.
La noticia interrumpió la conversación, aunque prácticamente todo lo que a Bea le interesaba saber, o todo lo que el vasco le podía aclarar, ya estaba sobre la mesa. Todo no, en realidad. Había algo de lo que aún no habían hablado, pero que, al parecer, debería esperar a mejor ocasión, porque Manu había entrado en la cripta con cara de haber dormido poco. Llevaba una pistola al cinto. El día anterior, sin embargo, no iba armado.
–Bueno, es hora de arrimar el hombro –se dirigió al grupo de Valladolid–. ¿Venís?
Bea dudó, soplando entre los dientes. Miró a los niños, a las mujeres… Koldo le ayudó a tomar una decisión.
–Aquí estarán a salvo. No les pasará nada, os lo aseguro… Estos vascos son muy brutos, pero es gente noble, y darían su vida por la de ellos…
La joven ya sabía eso. Ella había vivido en Vitoria mientras estudiaba Enfermería en la UPV, en el campus de Leioa de Bilbao, adonde iba cada día a clase desde la casa de sus tíos en Vitoria, y los amigos que allí hizo eran de confianza, más que los de su propia tierra. Aun así, no estaba segura de que fuera la mejor opción. En realidad, se sentía tan responsable por lo que pudiera pasarle al grupo que incluso le dolía el pecho al pensar que tenían que separarse… Era como si el dolor y el sufrimiento que habían padecido juntos desde que se conocieron los hubiera unido a fuego para siempre…
–Creo que debemos ir, Bea. No parecen malos tipos…
Toni se había acercado lo suficiente al oído de Bea como para que los vascos no pudieran escuchar lo que le decía en voz baja. No era cuestión de herir susceptibilidades innecesariamente…
–Está bien –se decidió la enfermera–. Chicas, es mejor que os quedéis aquí mientras vemos qué pasa. Ir todos juntos podría ser peligroso…
Las mujeres aceptaron de grado las órdenes, pero Sara se aferró a la cintura de Bea con fuerza, sin querer soltarla. La joven se agachó, y acarició la mejilla de la pequeña.
–Cariño, debes dejarme ir… Estos hombres no te harán nada, te lo garantizo.
Era inútil. Sara no se separaba de ella, parecía su segunda piel, a prueba de rozaduras, golpes y tirones. Bea miró implorante a Toni. No sabía cómo convencer a la niña.
–Tengo miedo, Bea, voy con vosotros…
Sara tenía demasiado presente el episodio de la violación, y aquellos tipos, fueran vascos o lo que fueran, eran hombres también. Lo que Bea no lograba entender era la confianza ciega que Sara había depositado en ella, una confianza traicionada la fatídica noche, de modo que no sabía por qué aún la pequeña se aferraba a su cintura como si fuera un salvavidas…
–Escucha, Sara. Mírame a los ojos –cuando logró que la niña dejara de mostrarse esquiva, y por fin fijó la mirada en su cara, Bea le habló con cierta dureza–. No podemos evitar lo que pasó, ya no. Pero sí está en nuestra mano hacer que no vuelva a suceder, hacer que todo sea mejor. Ya no eres una niña desvalida. ¿Cuántos años tienes, trece, catorce…? Te has convertido en mujer de golpe, igual que Toni es ya un hombre, y debemos asumir nuevas responsabilidades. La tuya, ahora, es ayudar a Vicky y a Cristina hasta que volvamos, ¿de acuerdo?
Durante un instante, pareció que Sara fuera a echarse a llorar, o, lo que Bea más temía, que le resultara imposible reaccionar a la conmoción que había significado para ella el brutal asalto sexual. Pero las mujeres son fuertes, y la enfermera, en esos momentos, apostaba todo por la pequeña. Al final, Sara mostró la sensatez que se le estaba pidiendo.
–Está bien.
Sara se soltó de su mano con un leve y delicado gesto. Bea respiró, aliviada. Le dio un beso en la frente, y se volvió hacia Koldo.
–Podemos marcharnos.


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