–Están
llegando por Portal de Castilla, Koldo.
La noticia
interrumpió la conversación, aunque prácticamente todo lo que a Bea le
interesaba saber, o todo lo que el vasco le podía aclarar, ya estaba sobre la
mesa. Todo no, en realidad. Había algo de lo que aún no habían hablado, pero
que, al parecer, debería esperar a mejor ocasión, porque Manu había entrado en
la cripta con cara de haber dormido poco. Llevaba una pistola al cinto. El día anterior,
sin embargo, no iba armado.
–Bueno, es
hora de arrimar el hombro –se dirigió al grupo de Valladolid–. ¿Venís?
Bea dudó,
soplando entre los dientes. Miró a los niños, a las mujeres… Koldo le ayudó a
tomar una decisión.
–Aquí
estarán a salvo. No les pasará nada, os lo aseguro… Estos vascos son muy
brutos, pero es gente noble, y darían su vida por la de ellos…
La joven
ya sabía eso. Ella había vivido en Vitoria mientras estudiaba Enfermería en la
UPV, en el campus de Leioa de Bilbao, adonde iba cada día a clase desde la casa
de sus tíos en Vitoria, y los amigos que allí hizo eran de confianza, más que
los de su propia tierra. Aun así, no estaba segura de que fuera la mejor
opción. En realidad, se sentía tan responsable por lo que pudiera pasarle al grupo
que incluso le dolía el pecho al pensar que tenían que separarse… Era como si
el dolor y el sufrimiento que habían padecido juntos desde que se conocieron los hubiera
unido a fuego para siempre…
–Creo que
debemos ir, Bea. No parecen malos tipos…
Toni se había
acercado lo suficiente al oído de Bea como para que los vascos no pudieran
escuchar lo que le decía en voz baja. No era cuestión de herir
susceptibilidades innecesariamente…
–Está bien
–se decidió la enfermera–. Chicas, es mejor que os quedéis aquí mientras vemos
qué pasa. Ir todos juntos podría ser peligroso…
Las
mujeres aceptaron de grado las órdenes, pero Sara se aferró a la cintura de Bea
con fuerza, sin querer soltarla. La joven se agachó, y acarició la mejilla de
la pequeña.
–Cariño,
debes dejarme ir… Estos hombres no te harán nada, te lo garantizo.
Era
inútil. Sara no se separaba de ella, parecía su segunda piel, a prueba de
rozaduras, golpes y tirones. Bea miró implorante a Toni. No sabía cómo
convencer a la niña.
–Tengo
miedo, Bea, voy con vosotros…
Sara tenía
demasiado presente el episodio de la violación, y aquellos tipos, fueran vascos
o lo que fueran, eran hombres también. Lo que Bea no lograba entender era la
confianza ciega que Sara había depositado en ella, una confianza traicionada la
fatídica noche, de modo que no sabía por qué aún la pequeña se aferraba a su
cintura como si fuera un salvavidas…
–Escucha,
Sara. Mírame a los ojos –cuando logró que la niña dejara de mostrarse esquiva,
y por fin fijó la mirada en su cara, Bea le habló con cierta dureza–. No
podemos evitar lo que pasó, ya no. Pero sí está en nuestra mano hacer que no
vuelva a suceder, hacer que todo sea mejor. Ya no eres una niña desvalida.
¿Cuántos años tienes, trece, catorce…? Te has convertido en mujer de golpe,
igual que Toni es ya un hombre, y debemos asumir nuevas responsabilidades. La
tuya, ahora, es ayudar a Vicky y a Cristina hasta que volvamos, ¿de acuerdo?
Durante un
instante, pareció que Sara fuera a echarse a llorar, o, lo que Bea más temía,
que le resultara imposible reaccionar a la conmoción que había significado para
ella el brutal asalto sexual. Pero las mujeres son fuertes, y la enfermera, en
esos momentos, apostaba todo por la pequeña. Al final, Sara mostró la sensatez
que se le estaba pidiendo.
–Está
bien.
Sara se
soltó de su mano con un leve y delicado gesto. Bea respiró, aliviada. Le dio un
beso en la frente, y se volvió hacia Koldo.
–Podemos
marcharnos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario