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sábado, 2 de agosto de 2014

Tercera parte. Seis. 4

–¿Por qué los llamáis corrales?
Bea hizo la pregunta entre sorbo y sorbo de lo que los vascos llamaban café, pero que a ella le parecía agua manchada con betún. De todas formas, no tenían nada mejor. Y estaba caliente.
–Bueno, verás, en realidad estos ibiltari son como ganado, donde va uno, los que están alrededor le siguen sin rechistar… casi siempre; aunque no haya pastor. Al fin y al cabo son como nosotros, solo que ellos están muertos y todavía no lo saben… por eso caminan aún.
–Y, ¿cómo es posible que los pudierais meter en esos lugares? Parece increíble… no logro imaginármelo…
–No te creas, al principio, cuando el cabrón aquél tuvo la ocurrencia, sí que parecía difícil, incluso alguno pensó que estábamos completamente locos, que la puta epidemia nos había hecho perder la razón. Pero luego, a medida que pasaba el tiempo y nadie tenía una idea mejor…, pues decidimos ponerla en práctica. ¿Qué podíamos perder? Por entonces ya conocíamos algunas de sus debilidades, como que son lentos, tremendamente tontos, que les gusta agruparse, como los rebaños, y que les atrae el ruido… ¡qué oído tienen los cabrones! Ya lo teníamos todo, así que entonces pensamos: ¿qué mejor para reunir al ganado que un corral?
Koldo se sentó encima de una de las mesas, apoyando un pie en el suelo y el otro en el banco de iglesia que hacía las veces de asiento. Bea le siguió con la vista, sin perderse ningún movimiento del vasco; ahora estaba segura de que era vasco. En toda la cripta no lograron encontrar un solo símbolo religioso exento, y solo permanecían los bajorrelieves que adornaban los capiteles corridos de las columnas, realizados de manera que relataban escenas secuenciales con profusión de motivos profanos, y las artísticas vidrieras, cuajadas de escenas de muerte y resurrección. Recordó que incluso arriba, en la Catedral, tampoco había crucifijos ni esculturas de santos, ni siquiera en el altar. Era como si una banda de ateos hubiera acondicionado el templo para su uso completamente laico. O quizá el mismo Dios, arrepentido, lo había abandonado a su suerte…
Afuera seguían sonando disparos. Antes eran espaciados. Tiros aislados, o en corta secuencia, pero cada vez las detonaciones sonaban más cerca, y más seguidas. Sin duda, esa no era una buena noticia.
–¿Oís? Se acercan… Habrá que hacer algo…
–¡Espera! –dijo Bea–. Antes termina de explicarnos lo que pasó.
Koldo la miró, extrañado, sopesando su siguiente acción. Dudaba entre seguir hablando con los forasteros, o regresar junto a su propio grupo, a echar una mano.
–Pasó lo que os he dicho. Seguimos la peregrina idea que el ertzaina tuvo antes de que se lo comieran, y nos repartimos en cinco grupos para atraer a los ibiltari a los correspondientes corrales que habíamos elegido. El pobre tipo se dio cuenta antes que los demás de que parecían muy sensibles al ruido, y que cuanto más fuerte era, más les atraía. No fue fácil…, especialmente el asunto de la elección de los corrales, porque tenían que reunir una serie de cualidades: ser grandes, estar estratégicamente situados, y, sobre todo, contar con muros o verjas sólidas para que no se pudieran escapar una vez dentro.
Hizo una pequeña pausa, aguzando el oído para determinar mejor la distancia a la que sonaban las detonaciones. Se encogió de hombros y continuó su relato.
–Seleccionamos, entonces, el estadio de Mendizorrotza, la plaza de toros, el colegio que visteis ayer cuando llegamos, el complejo de la UNED, y el Boulevard, que es enorme. Como os digo, nos dividimos en cinco grupos para coordinar la acción. Se trataba de atraer a los ibiltari a cada corral de forma simultánea, y para eso fue necesario sincronizar los relojes, como en las películas de comandos… –una ligera sonrisa se dibujó en su rostro fuerte–. Una vez en nuestros puestos, hicimos sonar las sirenas de los equipos de megafonía a todo volumen, de forma que los putos cabrones no tuvieran más remedio que dividirse para acudir a la llamada de lo que suponían un suculento festín…
–Pero, no lo entiendo, ¿por qué no comenzasteis por uno de los… corrales, y luego otro, y así sucesivamente? ¿No habría sido más sencillo, y así no habríais tenido que dividir vuestras fuerzas?
Koldo se quedó pensativo. Tenía que darle una respuesta convincente a esa chica de Valladolid tan decidida y tan preguntona.
–Al principio pensamos que así sería mejor, en efecto. La verdad es que la tarea parecía una locura, éramos pocos y encima teníamos que dividirnos en cuatro cuadrillas… Pero, si hubiéramos intentado hacerlo por separado en cada corral, creo que habrían ido todos en manada, y no habríamos podido encerrar a ninguno. En la forma en que finalmente lo hicimos, funcionó: al escuchar cuatro sonidos en cuatro puntos distintos, no les quedó más remedio que optar por un solo lugar, de forma que, en función de la proximidad de cada uno de ellos al foco del ruido, el resultado es que se repartieron más o menos proporcionalmente. Después, solo hubo que cerrar las puertas y limpiar las calles de los rebeldes que no habían querido entrar…
–Vaya –reconoció Bea, asintiendo con la cabeza, sorprendida por el lógico razonamiento de Koldo–, ¿acaso eres físico?
–¿Físico? ¡Qué va…! Yo tenía un bar en la Cuchi… Lo demás son cosas que aprendes para sobrevivir… 

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