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sábado, 30 de agosto de 2014

Tercera parte. Ocho. 8

En el suelo, prácticamente inmovilizada por el peso de uno de los muertos, Bea tenía el rostro aplastado contra el asfalto. Con el brazo izquierdo trataba de impedir que el deambulante se girara y acercara su horrible y descompuesta boca a su cuello. A pesar de estar de espaldas a ella, podía sentir el pestilente aliento que llegaba hasta su nariz. El brazo derecho lo tenía aprisionado bajo el cuerpo del otro muerto, que se revolvía en el suelo tratando de levantarse. Cuando pudo librarse, disparó varias veces contra el bulto, pero solo consiguió detener momentáneamente al deambulante en el impulso que había tomado. Fue, sin embargo suficiente, porque ya lo tenía a tiro. Un nuevo disparo, y su cabeza recibió de lleno el plomo, que se llevó parte del hueso frontal hasta el otro lado del cráneo.
Con la mano armada ya libre, acercó la pistola a la sien del que tenía encima y le voló la cabeza. El muerto cayó pesadamente sobre ella, inmovilizándola aún más. Desde esa postura, Bea no tenía más ángulo de visión que el lateral de la calle. Allí, Toni se estaba ocupando del segundo deambulante, tras abatir al primero.
El de Malasaña había logrado tirar al tipo al suelo de un golpe en la rodilla, y le estaba descargando el hacha sobre el rostro una y otra vez, sin compasión, una y otra vez, una y otra vez… Solo paró cuando el filo del arma golpeaba ya contra el suelo, arrancando chispas del adoquinado que cubría la acera. Se incorporó y miró alrededor. Vio a Bea inmóvil, tumbada bajo el muerto, y se plantó junto a ella de un salto. La liberó, y le dio la mano para ayudarle a incorporarse.
–Menos mal… –dijo.
Apenas habían pasado unos minutos desde que bajaron del coche. Los vascos ya estaban llegando, extenuados por la carrera. Bea se palpó el cuerpo en busca de heridas… Mientras, miraba fijamente al muerto que Toni había machacado, tendido boca abajo en la acera, iluminado de refilón por los faros del blindado
–¿Qué te pasa? –preguntó Toni.
–Tenía un amigo aquí en Vitoria. Un tío de la hostia, heavy, alto, delgado, rubio, con melena hasta los hombros, encantador… Se llamaba Dela…
Toni siguió entonces la dirección de la mirada de Bea. El muerto conservaba aún largos jirones de cabello claro, y era delgado, y alto, y vestía cazadora de cuero negro con el anagrama de AC&DC recosido en la espalda…
Koldo llegó renqueante hasta donde se encontraban, llevando tras de sí, casi a rastras, a Maite, que no se soltaba de su mano. Inclinó su largo cuerpo sobre la cintura, y se sujetó poniendo ambas manos en las rodillas, tratando de recobrar el resuello. Aun así, pudo mascullar entre dientes.
–¿Qué… tal…, chicos?
Bea tuvo que cortar de raíz su acceso de melancolía. Haciendo caso omiso de la pregunta, y le requirió a su vez, alarmada por la angustia que reflejaba el rostro de Maite.
–Y vosotros, ¿estáis bien?
–Todo… controlado –se volvió levemente para señalar a la legión de muertos que se aproximaba–. Estos… tíos… no tienen… ni puta idea… de lo que es…correr…
Toni se apresuró a recobrar el sentido común. Sujetando a Maite por debajo de los brazos, la ayudó a entrar en el blindado.
–¡Todos adentro!
Más muertos llegaban, no solo por la calle en la que se encontraban, por la que habían venido los vascos, sino que también confluían por las laterales. ¿De dónde salían? En segundos, antes de que Bea tuviera tiempo de pisar el acelerador en busca de una salida, el Rebeco se encontró completamente rodeado por miles de deambulantes.
Entonces, comenzó a nevar sobre Vitoria.


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