En el
suelo, prácticamente inmovilizada por el peso de uno de los muertos, Bea tenía
el rostro aplastado contra el asfalto. Con el brazo izquierdo trataba de
impedir que el deambulante se girara y acercara su horrible y descompuesta boca
a su cuello. A pesar de estar de espaldas a ella, podía sentir el pestilente
aliento que llegaba hasta su nariz. El brazo derecho lo tenía aprisionado bajo
el cuerpo del otro muerto, que se revolvía en el suelo tratando de levantarse.
Cuando pudo librarse, disparó varias veces contra el bulto, pero solo consiguió
detener momentáneamente al deambulante en el impulso que había tomado. Fue, sin
embargo suficiente, porque ya lo tenía a tiro. Un nuevo disparo, y su cabeza
recibió de lleno el plomo, que se llevó parte del hueso frontal hasta el otro
lado del cráneo.
Con la mano
armada ya libre, acercó la pistola a la sien del que tenía encima y le voló la
cabeza. El muerto cayó pesadamente sobre ella, inmovilizándola aún más. Desde
esa postura, Bea no tenía más ángulo de visión que el lateral de la calle.
Allí, Toni se estaba ocupando del segundo deambulante, tras abatir al primero.
El de
Malasaña había logrado tirar al tipo al suelo de un golpe en la rodilla, y le
estaba descargando el hacha sobre el rostro una y otra vez, sin compasión, una
y otra vez, una y otra vez… Solo paró cuando el filo del arma golpeaba ya
contra el suelo, arrancando chispas del adoquinado que cubría la acera. Se
incorporó y miró alrededor. Vio a Bea inmóvil, tumbada bajo el muerto, y se plantó
junto a ella de un salto. La liberó, y le dio la mano para ayudarle a
incorporarse.
–Menos
mal… –dijo.
Apenas habían pasado unos minutos desde que bajaron del coche. Los vascos ya estaban
llegando, extenuados por la carrera. Bea se palpó el cuerpo en busca de
heridas… Mientras, miraba fijamente al muerto que Toni había machacado, tendido
boca abajo en la acera, iluminado de refilón por los faros del blindado
–¿Qué te
pasa? –preguntó Toni.
–Tenía un
amigo aquí en Vitoria. Un tío de la hostia, heavy,
alto, delgado, rubio, con melena hasta los hombros, encantador… Se llamaba
Dela…
Toni
siguió entonces la dirección de la mirada de Bea. El muerto conservaba aún
largos jirones de cabello claro, y era delgado, y alto, y vestía cazadora de
cuero negro con el anagrama de AC&DC recosido en la espalda…
Koldo
llegó renqueante hasta donde se encontraban, llevando tras de sí, casi a
rastras, a Maite, que no se soltaba de su mano. Inclinó su largo cuerpo sobre
la cintura, y se sujetó poniendo ambas manos en las rodillas, tratando de
recobrar el resuello. Aun así, pudo mascullar entre dientes.
–¿Qué…
tal…, chicos?
Bea tuvo
que cortar de raíz su acceso de melancolía. Haciendo caso omiso de la pregunta,
y le requirió a su vez, alarmada por la angustia que reflejaba el rostro de Maite.
–Y
vosotros, ¿estáis bien?
–Todo…
controlado –se volvió levemente para señalar a la legión de muertos que se
aproximaba–. Estos… tíos… no tienen… ni puta idea… de lo que es…correr…
Toni se
apresuró a recobrar el sentido común. Sujetando a Maite por debajo de los
brazos, la ayudó a entrar en el blindado.
–¡Todos
adentro!
Más
muertos llegaban, no solo por la calle en la que se encontraban, por la que
habían venido los vascos, sino que también confluían por las laterales. ¿De
dónde salían? En segundos, antes de que Bea tuviera tiempo de pisar el
acelerador en busca de una salida, el Rebeco
se encontró completamente rodeado por miles de deambulantes.
Entonces, comenzó a nevar sobre Vitoria.
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