Afuera
reinaba un silencio absoluto. Un resplandor fantasmagórico reverberaba en las
nubes bajas que cubrían el cielo, esparciéndose por la ciudad, prestando su
luminosidad incomprensible al etéreo aire, dando forma a los cuerpos y
perfilando sus sombras.
Bea se
había guardado el trozo de mapa, plegándolo varias veces, en un bolso de su
cazadora. Habían salido del sótano y se hallaban al lado del blindado,
aguardando el regreso de los vascos. Debían reencontrarse allí, en la Lehendakaritza, exactamente una hora
después de haberse separado. Pero la hora había pasado hacía rato, y no oían
nada. Tan solo las figuras parduscas de varios muertos, aquellos que dejaron
atrás cuando entraron en la sede, se recortaban, inmóviles, contra la verja
exterior. Estaban allí, desorientados, igual que antes, pero ahora ni siquiera
hacían intención de moverse hacia ellos. Tan solo les observaban desde la
distancia, o eso parecía, porque quizá estuvieran sordos, ciegos o ambas cosas.
O sencillamente muertos.
Entonces,
de pronto, los deambulantes comenzaron a moverse. Los jóvenes los vigilaban,
dispuestos a repelerlos. Pero los muertos no dirigieron sus pasos hacia ellos,
sino en dirección contraria, hacia el otro lado de la calle. Desde donde se
encontraban, al lado del coche, no podían ver nada, pero poco a poco, a medida
que los muertos se alejaban calle arriba, comenzó a llegar a sus oídos un rumor
que se acrecentaba a cada segundo que pasaba, un rumor que había activado los
instintos de los deambulantes parados frente a la sede y los había empujado a
moverse hacia allí. Por encima de los árboles, de los edificios, de la ciudad,
un continuo, incesante y multitudinario gemido se elevaba hasta las nubes que cubrían
Vitoria.
La primera
reacción de ambos jóvenes fue atender a su instinto de supervivencia. Se
metieron rápidamente en el Rebeco y
Bea arrancó el motor. Las luces taladraron las penumbras blanquecinas,
iluminando de lleno un paisaje que parecía plasmado a grandes pinceladas por un
pintor loco de inclasificable estilo.
Por la
calle llegaba una marea incontable de muertos, y delante de ellos, con una
exigua ventaja, Koldo y Maite corriendo desesperadamente. La media docena de
deambulantes que hasta un instante antes habían estado montando guardia frente
a la sede les salían al encuentro peligrosamente. Bea arrancó con un chirrido
de neumáticos, haciendo que el pesado blindado brincara sobre el asfalto.
Cuando alcanzó a los muertos, movió lo suficiente el volante para que el
costado del vehículo los golpeara mientras frenaba, en una suerte de trompo a
medio hacer.
Toni saltó
del coche con el hacha en la mano, y le abrió la cabeza al primero de ellos,
que intentaba incorporarse. Bea también colaboró, abatiendo a tiros a uno más,
aún en el suelo. Pero otros dos se abalanzaron sobre ella, agarrándola por las
piernas, por los brazos. La joven miró desesperadamente hacia donde estaba
Toni, pero el chaval no podía ayudarla, porque estaba tratando de derribar a
los dos muertos restantes. Bea dejó de respirar. La cabeza le zumbaba por la
presión de la presa que uno de los monstruos había hecho en su antebrazo. La
luz de los faros abarcaba la grotesca escena de miles de muertos persiguiendo a
dos vascos que se acercaban rápidamente. Pero aún estaban lejos para ayudarla…
Recordó entonces lo que le había dicho a Toni hacía un rato, cuando el chico
quiso acabar con los deambulantes que ahora la tenían apresada: «No merece la pena… Tenemos trabajo».
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