El sótano
estaba compartimentado en diversas estancias. Las recorrieron con rapidez,
hasta desembocar en la parte trasera del edificio, donde una puerta seccional
completamente abierta dejaba ver la suave rampa de acceso para vehículos.
Aunque en ese momento no había ninguno, el suelo estaba cubierto de huellas de
neumáticos. Mientras inspeccionaban el sótano, Toni cavilaba que, de haber
dispuesto de más tiempo, quizá habrían tenido la idea de inspeccionar el
edificio por fuera antes de entrar, y entonces se habrían dado cuenta de que
efectivamente existía un sótano, al que se accedía por esa entrada de vehículos
abierta. Pero entraron por la puerta equivocada.
Ya iban a
salir por la rampa, cuando Bea reparó en una estrecha puerta metálica que se
abría en una pared del fondo del garaje, adonde la cada vez más escasa luz
llegaba con dificultad. Accedieron a un cuarto pequeño con una gran mesa llena
de mapas y planos ocupando el centro. Un lateral del búnker estaba cubierto por
una estantería metálica sólidamente atornillada a la pared, en cuyos anaqueles
relucían objetos que los jóvenes no supieron identificar. A la débil luz que se
esparcía a través de la estrecha ventana practicada a ras de techo, pudieron
ver lo que habían ido a buscar. Allí estaba la radio.
Toni la
miró, la tocó, y se encogió de hombros. Estaba conectada a lo que parecía un
ordenador que emitía un leve zumbido y en cuya carcasa una luz verde
intermitente destellaba arrojando fulgores fantasmagóricos por todo el cuarto.
Entonces, la voz les sobresaltó a ambos. La radio emitía su monótono y
programado mensaje. ¿Cuántas personas lo habrían escuchado y habían puesto
rumbo a Vitoria, guiadas por esa débil esperanza? ¿Y cuántas habrían llegado?
Solo ellos, que supieran…
–Mira,
Toni, mira esto…
El chaval
se acercó a la mesa. Entre los papeles que la cubrían, manchados por restos de
café seco y de grasa, Bea había seleccionado uno, que escudriñaba
detenidamente. Era un mapa increíblemente detallado del Servicio Geográfico del
Ejército, del que alguien había cortado un trozo que correspondía a la zona
norte de España, concretamente al sector comprendido entre Plentzia y Bakio, en
Vizcaya, a escala 1:25.000. Entre ambas localidades, habían enmarcado en un
círculo rojo trazado con rotulador grueso un punto concreto. Las coordenadas
eran 43º 26’ N y 2º 52’ W, y el nombre Lemóniz.
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