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lunes, 25 de agosto de 2014

Tercera parte. Ocho. 6

El sótano estaba compartimentado en diversas estancias. Las recorrieron con rapidez, hasta desembocar en la parte trasera del edificio, donde una puerta seccional completamente abierta dejaba ver la suave rampa de acceso para vehículos. Aunque en ese momento no había ninguno, el suelo estaba cubierto de huellas de neumáticos. Mientras inspeccionaban el sótano, Toni cavilaba que, de haber dispuesto de más tiempo, quizá habrían tenido la idea de inspeccionar el edificio por fuera antes de entrar, y entonces se habrían dado cuenta de que efectivamente existía un sótano, al que se accedía por esa entrada de vehículos abierta. Pero entraron por la puerta equivocada.
Ya iban a salir por la rampa, cuando Bea reparó en una estrecha puerta metálica que se abría en una pared del fondo del garaje, adonde la cada vez más escasa luz llegaba con dificultad. Accedieron a un cuarto pequeño con una gran mesa llena de mapas y planos ocupando el centro. Un lateral del búnker estaba cubierto por una estantería metálica sólidamente atornillada a la pared, en cuyos anaqueles relucían objetos que los jóvenes no supieron identificar. A la débil luz que se esparcía a través de la estrecha ventana practicada a ras de techo, pudieron ver lo que habían ido a buscar. Allí estaba la radio.
Toni la miró, la tocó, y se encogió de hombros. Estaba conectada a lo que parecía un ordenador que emitía un leve zumbido y en cuya carcasa una luz verde intermitente destellaba arrojando fulgores fantasmagóricos por todo el cuarto. Entonces, la voz les sobresaltó a ambos. La radio emitía su monótono y programado mensaje. ¿Cuántas personas lo habrían escuchado y habían puesto rumbo a Vitoria, guiadas por esa débil esperanza? ¿Y cuántas habrían llegado? Solo ellos, que supieran…
–Mira, Toni, mira esto…
El chaval se acercó a la mesa. Entre los papeles que la cubrían, manchados por restos de café seco y de grasa, Bea había seleccionado uno, que escudriñaba detenidamente. Era un mapa increíblemente detallado del Servicio Geográfico del Ejército, del que alguien había cortado un trozo que correspondía a la zona norte de España, concretamente al sector comprendido entre Plentzia y Bakio, en Vizcaya, a escala 1:25.000. Entre ambas localidades, habían enmarcado en un círculo rojo trazado con rotulador grueso un punto concreto. Las coordenadas eran 43º 26’ N y 2º 52’ W, y el nombre Lemóniz.


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