Páginas

sábado, 23 de agosto de 2014

Tercera parte. Ocho. 5

Subieron los peldaños de dos en dos y entraron en la sede. El vestíbulo parecía intacto, y tan solo unos papeles sembraban el suelo, esparcidos quizá por alguna corriente de aire. No tenían ni idea de dónde podría estar lo que buscaban, si estaba. En realidad, ni siquiera sabían qué estaban buscando concretamente. Pero Bea tenía el presentimiento de que, fuera lo que fuera, lo encontraría…
Después de recorrer todo el edificio, Bea se sentó en un sillón, agotada. No habían encontrado nada que les proporcionara información, alguna pista… Tan solo restos de comida, vestigios de ocupación humana, ropa sucia, camastros improvisados… Pero nada más. Ni siquiera la puta radio que supuestamente estaba emitiendo el maldito mensaje. De hecho, lo habían vuelto a escuchar en la emisora del vehículo blindado mientras se dirigían hacia allí.
Toni, de pie, seguía mirando alrededor, como si de repente una señal le fuera a indicar dónde estaba lo que buscaban, qué se les había pasado por alto. Escudriñó de nuevo la puerta de entrada, la cristalera, los accesos a las escaleras que conducían al piso de arriba… ¿Dónde buscar? Ya no había estancia que no hubieran revisado… Entonces, cuando se acercó más a la pared del fondo, lo vio.
–Bea…
–¿Qué…?
–Ven, creo que lo he encontrado…
La chica se acercó a Toni, que trataba de separar del todo las entreabiertas puertas de acero de un ascensor.
–¿Para qué quieres el ascensor? No funcionará… Además, ya hemos estado arriba.
–Arriba, sí, pero, ¿y abajo?
Bea no se había dado cuenta hasta entonces de que, en efecto, unas instalaciones oficiales como aquellas, destinadas a alojar la Presidencia del Gobierno Vasco, debían tener un sótano, principalmente por razones de seguridad. Pensó en ello un instante: «¿Por qué el hombre, cuanto mayor es su responsabilidad, en este caso política, más proclive parece a esconderse, como hacen las avestruces, pensando que así los problemas desaparecen?» Disipó su pequeña laguna mental arrojando al centro un pensamiento más pragmático, que rápidamente alcanzó las orillas en forma de ondas. Quizá había influido en su momentánea ceguera el hecho de que no habían visto ninguna escalera que descendiera, aunque eso no significaba que no la hubiera, claro. Pero no la habían visto. En cambio, el ascensor sí lo vieron, pero inmediatamente su subconsciente lo descartó como posibilidad al no haber electricidad, y por eso habían subido por la escalera. Toni, tras un gran esfuerzo, consiguió por fin separar las puertas. La claridad exterior fue suficiente para ver la plataforma y un tosco pero sin duda efectivo sistema de poleas que se perdía de vista hacia arriba, y que se accionaba manualmente, con una manivela sujeta a un torno. La cabina del ascensor había desaparecido, y solamente el suelo metálico brillaba apagadamente en la semipenumbra que comenzaba a extenderse por la ciudad. No tardaría en ser de noche.
Se metió en el hueco, que dejaba ver sus paredes desnudas de hormigón, y tiró de uno de los tensores de la fuerte cuerda; la plataforma bajó unos centímetros.
–Entra, voy a llevarte de excursión… –le dijo a Bea con un aire jocoso, extraño en él.


No hay comentarios:

Publicar un comentario