Subieron
los peldaños de dos en dos y entraron en la sede. El vestíbulo parecía intacto,
y tan solo unos papeles sembraban el suelo, esparcidos quizá por alguna
corriente de aire. No tenían ni idea de dónde podría estar lo que buscaban, si
estaba. En realidad, ni siquiera sabían qué estaban buscando concretamente.
Pero Bea tenía el presentimiento de que, fuera lo que fuera, lo encontraría…
Después de
recorrer todo el edificio, Bea se sentó en un sillón, agotada. No habían
encontrado nada que les proporcionara información, alguna pista… Tan solo
restos de comida, vestigios de ocupación humana, ropa sucia, camastros
improvisados… Pero nada más. Ni siquiera la puta radio que supuestamente estaba
emitiendo el maldito mensaje. De hecho, lo habían vuelto a escuchar en la
emisora del vehículo blindado mientras se dirigían hacia allí.
Toni, de
pie, seguía mirando alrededor, como si de repente una señal le fuera a indicar
dónde estaba lo que buscaban, qué se les había pasado por alto. Escudriñó de
nuevo la puerta de entrada, la cristalera, los accesos a las escaleras que
conducían al piso de arriba… ¿Dónde buscar? Ya no había estancia que no
hubieran revisado… Entonces, cuando se acercó más a la pared del fondo, lo vio.
–Bea…
–¿Qué…?
–Ven, creo
que lo he encontrado…
La chica
se acercó a Toni, que trataba de separar del todo las entreabiertas puertas de
acero de un ascensor.
–¿Para qué
quieres el ascensor? No funcionará… Además, ya hemos estado arriba.
–Arriba,
sí, pero, ¿y abajo?
Bea no se
había dado cuenta hasta entonces de que, en efecto, unas instalaciones
oficiales como aquellas, destinadas a alojar la Presidencia del Gobierno Vasco,
debían tener un sótano,
principalmente por razones de seguridad.
Pensó en ello un instante: «¿Por qué el
hombre, cuanto mayor es su responsabilidad, en este caso política, más proclive
parece a esconderse, como hacen las avestruces, pensando que así los problemas
desaparecen?» Disipó su pequeña laguna mental arrojando al centro un pensamiento
más pragmático, que rápidamente alcanzó las orillas en forma de ondas. Quizá
había influido en su momentánea ceguera el hecho de que no habían visto ninguna
escalera que descendiera, aunque eso no significaba que no la hubiera, claro.
Pero no la habían visto. En cambio, el ascensor sí lo vieron, pero
inmediatamente su subconsciente lo descartó como posibilidad al no haber
electricidad, y por eso habían subido por la escalera. Toni, tras un gran
esfuerzo, consiguió por fin separar las puertas. La claridad exterior fue
suficiente para ver la plataforma y un tosco pero sin duda efectivo sistema de
poleas que se perdía de vista hacia arriba, y que se accionaba manualmente, con
una manivela sujeta a un torno. La cabina del ascensor había desaparecido, y solamente
el suelo metálico brillaba apagadamente en la semipenumbra que comenzaba a
extenderse por la ciudad. No tardaría en ser de noche.
Se metió
en el hueco, que dejaba ver sus paredes desnudas de hormigón, y tiró de uno de
los tensores de la fuerte cuerda; la plataforma bajó unos centímetros.
–Entra,
voy a llevarte de excursión… –le dijo a Bea con un aire jocoso, extraño en él.
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