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jueves, 21 de agosto de 2014

Tercera parte. Ocho. 4

El simple paso del camión por la calle producía tanto estruendo que no parecía necesario hacer más ruido para que todos los muertos de la ciudad se acercaran a ver qué pasaba. A pesar de ello, Koldo hacía sonar la tremenda bocina a intervalos regulares: era como si un barco mercante saliera de puerto remolcado por el práctico…
Cuando llegaron al principio de la calle Nieves Cano, a un par de manzanas de su destino, Bea detuvo el Rebeco. Así lo habían acordado, para dar tiempo a Koldo a arrastrar tras de sí a cuantos ibiltari pudiera, y despejar lo más posible las inmediaciones del edificio. Ambos jóvenes, respirando con ansiedad en el interior del coche, procuraban no mover ni una pestaña en tanto veían pasar a ambos lados del coche una marea inmensa de muertos en pos del camión, que se alejaba por el fondo de la calle, a poca velocidad. Pronto, el volquete no fue más que una mancha amarilla a lo lejos, y luego un punto engullido por los miles de muertos que caminaban tras su ruidoso rastro.
Aún dejaron pasar unos pocos minutos, hasta que ya no se oía nada salvo el sonido de la brisa suave. Después, Bea arrancó el motor y se deslizó muy despacio hasta detenerse al lado de la puerta del edificio de la Lehendakaritza. Toni salió rápidamente del coche. En la calle lateral había media docena de deambulantes que se mostraban indecisos, tambaleándose pero sin echar a andar hacia ningún lado concreto. No parecía que el camión les hubiera entusiasmado, y permanecían allí, como tentetiesos estúpidos, mirando a los dos jóvenes sin inmutarse. Quizá estaban sordos… Entonces, comenzaron a moverse hacia ellos. Toni se disponía a hacerles frente, pero Bea le sujetó del brazo.
–No merece la pena… Tenemos trabajo.
Las puertas de acceso de vehículos al recinto vallado estaban abiertas completamente. Entraron con cautela, mirando a todas partes. Un muerto se abalanzó de repente sobre Bea, aferrándola por la manga de la cazadora. Había salido de detrás del muro de entrada lateral. Antes de que la enfermera tuviera tiempo siquiera de asustarse, Toni le estaba metiendo el filo del hacha hasta la coronilla, haciendo saltar hacia atrás al cadáver andante al tiempo que sus sesos, liberados por fin del confinamiento craneal, se desparramaban por la cara y el cuello del muerto.
El corazón les latía con fuerza, golpeando contra sus pechos de forma brutal, pugnando por salir… Corrieron hacia la escalinata, flanqueada por dos esbeltas columnas que daban paso a la gran cristalera que cubría toda la fachada de entrada al edificio. La puerta también estaba abierta…
–Koldo tenía razón, Bea. Aquí no hay nadie…
Nadie en su sano juicio, al menos, porque no era posible convivir con miles de muertos por los alrededores con todas las puertas abiertas de par en par. Bea no sabía cuánto tiempo le llevaría a Koldo alejar lo bastante a los muertos como para que no supusieran un peligro en el camino de regreso, pero no estaba dispuesta a perder ni un solo segundo.

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