El simple
paso del camión por la calle producía tanto estruendo que no parecía necesario
hacer más ruido para que todos los muertos de la ciudad se acercaran a ver qué
pasaba. A pesar de ello, Koldo hacía sonar la tremenda bocina a intervalos
regulares: era como si un barco mercante saliera de puerto remolcado por el
práctico…
Cuando
llegaron al principio de la calle Nieves Cano, a un par de manzanas de su
destino, Bea detuvo el Rebeco. Así lo
habían acordado, para dar tiempo a Koldo a arrastrar tras de sí a cuantos ibiltari pudiera, y despejar lo más
posible las inmediaciones del edificio. Ambos jóvenes, respirando con ansiedad
en el interior del coche, procuraban no mover ni una pestaña en tanto veían
pasar a ambos lados del coche una marea inmensa de muertos en pos del camión,
que se alejaba por el fondo de la calle, a poca velocidad. Pronto, el volquete
no fue más que una mancha amarilla a lo lejos, y luego un punto engullido por
los miles de muertos que caminaban tras su ruidoso rastro.
Aún
dejaron pasar unos pocos minutos, hasta que ya no se oía nada salvo el sonido
de la brisa suave. Después, Bea arrancó el motor y se deslizó muy despacio
hasta detenerse al lado de la puerta del edificio de la Lehendakaritza. Toni salió rápidamente del coche. En la calle
lateral había media docena de deambulantes que se mostraban indecisos, tambaleándose
pero sin echar a andar hacia ningún lado concreto. No parecía que el camión les
hubiera entusiasmado, y permanecían allí, como tentetiesos estúpidos, mirando a
los dos jóvenes sin inmutarse. Quizá estaban sordos… Entonces, comenzaron a
moverse hacia ellos. Toni se disponía a hacerles frente, pero Bea le sujetó del
brazo.
–No merece
la pena… Tenemos trabajo.
Las
puertas de acceso de vehículos al recinto vallado estaban abiertas
completamente. Entraron con cautela, mirando a todas partes. Un muerto se
abalanzó de repente sobre Bea, aferrándola por la manga de la cazadora. Había
salido de detrás del muro de entrada lateral. Antes de que la enfermera tuviera
tiempo siquiera de asustarse, Toni le estaba metiendo el filo del hacha hasta
la coronilla, haciendo saltar hacia atrás al cadáver andante al tiempo que sus
sesos, liberados por fin del confinamiento craneal, se desparramaban por la
cara y el cuello del muerto.
El corazón
les latía con fuerza, golpeando contra sus pechos de forma brutal, pugnando por
salir… Corrieron hacia la escalinata, flanqueada por dos esbeltas columnas que
daban paso a la gran cristalera que cubría toda la fachada de entrada al edificio.
La puerta también estaba abierta…
–Koldo
tenía razón, Bea. Aquí no hay nadie…
Nadie en
su sano juicio, al menos, porque no era posible convivir con miles de muertos
por los alrededores con todas las puertas abiertas de par en par. Bea no sabía
cuánto tiempo le llevaría a Koldo alejar lo bastante a los muertos como para
que no supusieran un peligro en el camino de regreso, pero no estaba dispuesta
a perder ni un solo segundo.
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