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martes, 19 de agosto de 2014

Tercera parte. Ocho. 3

–Este es el plan: entramos, pillamos y salimos, ¿vale?
Los dos jóvenes se miraron y a continuación posaron sus ojos en Koldo. ¿Qué coño había dicho?
–Bueno, ahora en serio… Yo iré delante, y me seguiréis a una distancia prudente. Como seré la chica más guapa, todos los ibiltari querrán bailar conmigo, así que me los llevaré a la pista de baile y, mientras, vosotros vais a por las copas. Cuando les haya agotado con tanto bailoteo me reúno con vosotros, brindamos y nos largamos, ¿de acuerdo?
–¿Qué es para ti una distancia prudente?
Toni lanzó la pregunta de manera desenfadada, sin pretender darle importancia, porque, en realidad, él ya sabía la distancia a la que debían seguirle: la suficiente como para no llamar la atención de los muertos. Quizá por eso Koldo se limitó a lanzarle una mirada socarrona, manteniendo el tono desafiante del de Malasaña. Pero Bea sí tenía una pregunta de verdad importante.
–¿Cómo piensas despejarnos el camino?
–Con ruido, chica, con mucho ruido. Tenemos un buga muy grande con un claxon la hostia de ruidoso. Ya lo veréis…
* * *
Realmente era grande. Nada menos que un camión volquete de obra. Koldo apareció por la calle Prado procedente de la Virgen Blanca al volante del inmenso vehículo de color amarillo, cuyas ruedas tenían algo más de un metro de diámetro. Sonreía con inusitada alegría, como un niño que acabara de estrenar un camión de juguete; solo que éste era de verdad…
Con un fuerte sonido de frenos, detuvo el camión delante de la escalinata principal de la Catedral, donde ya esperaban Toni y Bea. Koldo bajó la ventanilla, y desde tan imponente altura les saludó.
–¡Vamos, seguidme!
–¿Pasará bajo el puente del ferrocarril? –preguntó Bea, no muy convencida de la ocurrencia del vasco. Aquel camión era enorme, monstruoso, puede que, más que servirles de ayuda, fuera en realidad un lastre para su misión.
–Seguro, ya está probado: hace meses lo usaron los equipos de limpieza… Vamos, ¿a qué esperáis? Cuando anochezca no querréis estar por ahí, fuera de casa…
Junto a Koldo, Toni pudo ver a Maite. Casi sin darles tiempo a nada más, el camión arrancó entre soplidos del cambio de marchas. Habían decidido ir en el Rebeco. No es que el todoterreno fuera mala opción, pero pensaron que el blindaje del vehículo militar serviría de refuerzo extra en caso de encontrar dificultades. El extraño convoy se alejó despacio de la Catedral. Sara cogía de la mano a los dos gemelos, y miraba con los ojos brillantes cómo se perdían de vista los coches hacia el fondo de la calle, entre los árboles.
Al pasar por el colegio que servía de corral, Toni, al tiempo que acariciaba la pistola HK USP provista de silenciador que Koldo le había dado por si acaso, no pudo evitar mirar hipnotizado a los muertos, que a lo largo de todo el recorrido se agolpaban contra los barrotes de la verja, sacando los brazos entre ellos para intentar agarrar los vehículos. Sin embargo, una vez más, la presa se les escapaba. Pero no les importaba, porque no tenían prisa, sabían esperar…


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