–Este es
el plan: entramos, pillamos y salimos, ¿vale?
Los dos
jóvenes se miraron y a continuación posaron sus ojos en Koldo. ¿Qué coño había
dicho?
–Bueno,
ahora en serio… Yo iré delante, y me seguiréis a una distancia prudente. Como
seré la chica más guapa, todos los ibiltari
querrán bailar conmigo, así que me los llevaré a la pista de baile y, mientras,
vosotros vais a por las copas. Cuando les haya agotado con tanto bailoteo me reúno
con vosotros, brindamos y nos largamos, ¿de acuerdo?
–¿Qué es
para ti una distancia prudente?
Toni lanzó
la pregunta de manera desenfadada, sin pretender darle importancia, porque, en
realidad, él ya sabía la distancia a la que debían seguirle: la suficiente como
para no llamar la atención de los muertos. Quizá por eso Koldo se limitó a
lanzarle una mirada socarrona, manteniendo el tono desafiante del de Malasaña.
Pero Bea sí tenía una pregunta de verdad importante.
–¿Cómo
piensas despejarnos el camino?
–Con
ruido, chica, con mucho ruido. Tenemos un buga muy grande con un claxon la
hostia de ruidoso. Ya lo veréis…
* * *
Realmente
era grande. Nada menos que un camión volquete de obra. Koldo apareció por la
calle Prado procedente de la Virgen Blanca al volante del inmenso vehículo de
color amarillo, cuyas ruedas tenían algo más de un metro de diámetro. Sonreía
con inusitada alegría, como un niño que acabara de estrenar un camión de
juguete; solo que éste era de verdad…
Con un
fuerte sonido de frenos, detuvo el camión delante de la escalinata principal de
la Catedral, donde ya esperaban Toni y Bea. Koldo bajó la ventanilla, y desde
tan imponente altura les saludó.
–¡Vamos,
seguidme!
–¿Pasará
bajo el puente del ferrocarril? –preguntó Bea, no muy convencida de la
ocurrencia del vasco. Aquel camión era enorme, monstruoso, puede que, más que
servirles de ayuda, fuera en realidad un lastre para su misión.
–Seguro,
ya está probado: hace meses lo usaron los equipos
de limpieza… Vamos, ¿a qué esperáis? Cuando anochezca no querréis estar por
ahí, fuera de casa…
Junto a
Koldo, Toni pudo ver a Maite. Casi sin darles tiempo a nada más, el camión
arrancó entre soplidos del cambio de marchas. Habían decidido ir en el Rebeco. No es que el todoterreno fuera
mala opción, pero pensaron que el blindaje del vehículo militar serviría de
refuerzo extra en caso de encontrar dificultades. El extraño convoy se alejó
despacio de la Catedral. Sara cogía de la mano a los dos gemelos, y miraba con
los ojos brillantes cómo se perdían de vista los coches hacia el fondo de la
calle, entre los árboles.
Al pasar
por el colegio que servía de corral, Toni, al tiempo que acariciaba la pistola
HK USP provista de silenciador que Koldo le había dado por si acaso, no pudo evitar mirar hipnotizado a los muertos, que a
lo largo de todo el recorrido se agolpaban contra los barrotes de la verja,
sacando los brazos entre ellos para intentar agarrar los vehículos. Sin
embargo, una vez más, la presa se les escapaba. Pero no les importaba, porque
no tenían prisa, sabían esperar…
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