Territorio apache. Koldo lo había descrito a
la perfección. La sede de Presidencia del Gobierno Vasco estaba justo a unas
pocas manzanas de Medizorrotza, es decir, en el mismo agujero del culo del
infierno. Esa zona herviría en aquellos momentos de cuerpos a medio pudrir
deambulando en busca de algo que llevarse a la boca, algo fresco, o lo que era
lo mismo, carne humana viva… A pesar
de la tremenda batalla de esa mañana en los alrededores de la vía, no serían
más de unos pocos centenares los muertos que habían abatido. El resto, no
importaba cuántos fueran, si diez mil o cuarenta mil, estarían dando vueltas en
las proximidades del estadio que el loco de Luis había abierto de par en par el
día anterior. Bonito panorama.
Cuando Toni
había insistido en ir a la Zona de Evacuación de Valladolid para encontrar
supervivientes y ayuda, Bea no le veía mucho futuro al asunto, pero había
accedido a llevar allí al chaval. Ahora, era ella la que se empeñaba en buscar
algo, un rastro que les sirviera de apoyo en aquel mundo de mierda en que se
habían convertido sus vidas. Y arrastraba tras de sí a Toni, o él iba
voluntariamente, qué importaba… De cualquier forma, y fuera cual fuera el
resultado de su aventura, sentía que debía ir, que quizá no había marcha atrás,
que probablemente allí acabarían muertos, o peor, medio muertos, ¿o no eran eso
en realidad aquellos repugnantes seres ávidos de carne humana?
–Bueno,
puesto que no parece que vayáis a entrar en razón, me uniré a vuestra locura.
Bea,
aunque no lo esperaba, había deseado con todas sus fuerzas durante los últimos
diez minutos que Koldo apoyara su decisión. Parecía que sus ruegos habían
tenido éxito.
–¿Estas
seguro?
–Claro,
¿qué otra cosa puedo hacer? ¿Dejar que vayáis los dos solos a una zona que no
conocéis en medio de una marea de cabrones? No duraríais ni media hora, y eso
si os quedabais en el coche…
–Resulta,
vasco de mierda, que sí conocemos la
zona, y que sí hemos durado varios meses, y además sin tu
inestimable ayuda ni nada… –Bea había respondido sin pensarlo ni un solo
segundo, pero inmediatamente se arrepintió de sus hirientes palabras. La cara
de Koldo reflejaba tanta sorpresa como desilusión, y sus ojos tenían un brillo
peligroso. Tanto, que Toni puso la mano sobre el mango del hacha… –. Disculpa,
no sé que me ha pasado… De verdad, perdóname… estamos en deuda contigo y voy y
te hablo así… Sabes que no son esos mis sentimientos, y menos hacia los vascos…
Koldo
apagó el fuego de su mirada, y encerró en el desván de su cerebro la ira que se
le había bajado a las mejillas. Sabía la tensión que la enfermera maketa
acumulaba, e intuía algo más que no le habían contado, y, sobre todo, la
situación en que se encontraban. Todos. Además, se tenía por un vasco
razonable, un buen vasco…
–Bueno, neska*, no tiene
importancia… Todos estamos nerviosos… Es normal… Pero insisto: ¿me permitís que
os acompañe? –Koldo no abandonaba su sutil ironía ni siquiera cuando estaba a
punto de perder la buena educación que le caracterizaba…
* Muchacha, en vascuence.
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