–Es una
locura… Precisamente esa es ahora la zona cero: está infestada de ibiltari.
–Da igual.
Voy a ir.
–¿Por qué?
¿Por qué ese empeño?
Bea miró a
Koldo fijamente. Dudó entre responder, contarle cualquier patraña, o callarse.
Optó por lo primero. Tampoco había nada que ocultar…
–No
tenemos otra cosa… ¿tienes tú algo mejor?
–Yo qué
sé… aquí está mi gente… Bueno, ahora son mi gente… No me quedan ganas de más
aventuras, ¿sabes? Lo único que quiero es un rincón para dormir sin
sobresaltos…
–Entonces
no tienes nada para ofrecerme. No sabes de lo que hablo…
Se puso en
pie, resuelta a salir del vestuario para emprender la marcha. Todavía no sabía
cómo iban a ir, ni si irían todos los del grupo, ni si encontraría algo… Ni
siquiera sabía si regresarían… Pero iría. Seguro.
Toni entró
en ese momento. Estaba limpio, olía a jabón, y lo único que denotaba desaliño
en él era su pelo largo, rebelde. Preguntó a Bea con una mirada encendida. El
vasco no le caía mal, después de todo, pero no acababa de fiarse.
–¿Qué
pasa?
Koldo no
le prestó demasiada atención. Estaba enfrascado en la discusión con esa
testaruda chica de Valladolid, más terca que media docena de vascos… Pero,
entonces, pensó que quizá el chaval pudiera influir en su ánimo. Si a él no le
hacía caso, a lo mejor podría convencer al chico para evitar que fueran a la Lehendakaritza. Tenía que intentarlo, al
menos.
–Toni, Bea
quiere adentrarse en territorio apache para llegar a la fuente del mensaje que
habéis escuchado por la radio. Tú sabes tan bien como yo que las probabilidades
de encontrar a alguien con vida allí son nulas, porque, en caso contrario, ¿por
qué dejar un mensaje grabado emitiendo a intervalos regulares?
–Si… eso
tiene sentido –reconoció Toni.
–Pues
díselo tú, porque a mí no quiere hacerme caso…
–Te he
dicho que vamos a ir… –se volvió hacia Toni, cogido en medio de la discusión–.
Al menos yo voy a ir.
–No creo
que quieras ir sola… –le apoyó el chico.
–Escuchad…
estáis locos los dos… ¿Qué os empuja a ir? ¿Un mensaje de radio grabado? Eso no
es nada, no significa nada, y lo sabéis. Solo es un mensaje grabado, un puto
mensaje que no dice nada más que lo que veis a vuestro alrededor –Koldo hizo un
gesto amplio abarcando con su brazo la totalidad del espacio–. Esto es Vitoria,
esto es la ciudad segura del mensaje…
y ahora no tanto, al menos desde ayer… No hay nada más.
–Sí que lo
hay. Tiene que haberlo. Y voy a encontrarlo…
Salió con
paso resuelto. Toni la siguió. Se encogió de hombros mientras le dirigía una
mirada de circunstancias a Koldo. «Ella
está al mando», parecía estarle diciendo…
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