Día
noventa y tres. El frío amanecer sobre Vitoria trajo consigo una luz apagada,
gris, que poco a poco, sin embargo, logró disipar las penumbras. El cielo
estaba cubierto, pero la temperatura se había suavizado ligeramente.
Una serie
corta pero rápida de disparos les despertó súbitamente. Sobresaltados, pensaron
que habían tenido un sueño colectivo. Pero, enseguida, unas pocas detonaciones
más les sacaron del letargo. No había duda: alguien estaba disparando.
–¿Qué es
eso?
Bea se
había incorporado completamente, frotándose los ojos para alejar los últimos
vestigios de las pesadillas nocturnas. Nadie la contestó. Nadie de su grupo, al
menos.
–No os
preocupéis, son los zaramari*.
Las
miradas de extrañeza e incomprensión que los integrantes del grupo forastero le
dirigieron, hicieron comprender a Koldo que llevaban demasiado tiempo aislados
del exterior, sin contacto con otras personas ajenas al entorno vasco. Así que
tuvo que rectificar, mejor dicho, aclarar el término.
–Digamos
que el equipo de limpieza municipal
tenía algo de trabajo esta mañana…
A pesar de
sus buenas intenciones, parecía evidente que no había logrado sino enmarañar
aún más el misterioso asunto de los disparos en la calle, porque ninguno de los
llegados el día anterior mostró el menor signo de entendimiento.
–Es una
jerga que usamos aquí… Bueno, supongo que nosotros estamos demasiado
acostumbrados… Lo que sucede es que unos colegas han salido de patrulla, a ver
cómo estaba la cosa, y al parecer han encontrado paisanos… ocho… no, nueve, así que, lo que os digo, el equipo de limpieza.
Entonces
sí que hubo señales de inteligencia en la mirada que intercambiaron Toni y Bea.
Habían comprendido el mensaje.
–¿Y tenéis
que… limpiar con frecuencia?
–preguntó Bea, empleando el mismo lenguaje eufemístico.
–No te
creas… en realidad, en estos meses apenas hemos tenido trabajo. Al principio sí,
porque no pudimos meter a todos en los corrales, obviamente, y hubo que desinfectar la ciudad con cierta
minuciosidad… –exhaló un suspiro tras la frase, lanzada de carrerilla, y
pareció a punto de soltar una carcajada, aunque los jóvenes no le veían maldita
la gracia a todo eso, pero se contuvo y prosiguió en tono más calmado–. Claro
que ahora la tarea se va a complicar, porque ayer soltasteis a unos cuarenta
mil ibiltari**, más o menos.
–¿Cuarenta
mil ibi…qué? –exclamó Toni, a quien
empezaba a resultar cargante el tono irónico que permanentemente empleaba
Koldo–. Pero, ¿de qué coño estás hablando?
–Mil disculpas... Ya sé que no fuisteis vosotros, sino ese obeso demente
que os acompañaba… –Koldo seguía con la mirada el movimiento nervioso de la
mano de Toni, que no dejaba de acariciar el hacha que llevaba a la cintura–.
Pero, en el fondo, el resultado es el mismo, chaval: más o menos cuarenta mil
de esos cabrones están ahora sueltos por la calle… –pareció reflexionar un
momento, mientras se rascaba la barba y hablaba para sí mismo–. ¡Lástima!, será
complicado volverlos a encerrar…
Bea ató
cabos rápidamente. Si era verdad lo que decía el vasco, entonces volvían a
tener problemas más importantes de repente.
–Entonces,
esos disparos…
–En
efecto, querida, nuestros servidores públicos están realizando tareas de
mantenimiento, sacando la basura de la calle. Para que lo entendáis, los ibiltari pronto estarán llamando a la
puerta…
* Basureros, en vascuence.
** Viajeros/caminantes/ambulantes, en
vascuence.
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