Páginas

martes, 29 de julio de 2014

Tercera parte. Seis. 3

Día noventa y tres. El frío amanecer sobre Vitoria trajo consigo una luz apagada, gris, que poco a poco, sin embargo, logró disipar las penumbras. El cielo estaba cubierto, pero la temperatura se había suavizado ligeramente.
Una serie corta pero rápida de disparos les despertó súbitamente. Sobresaltados, pensaron que habían tenido un sueño colectivo. Pero, enseguida, unas pocas detonaciones más les sacaron del letargo. No había duda: alguien estaba disparando.
–¿Qué es eso?
Bea se había incorporado completamente, frotándose los ojos para alejar los últimos vestigios de las pesadillas nocturnas. Nadie la contestó. Nadie de su grupo, al menos.
–No os preocupéis, son los zaramari*.
Las miradas de extrañeza e incomprensión que los integrantes del grupo forastero le dirigieron, hicieron comprender a Koldo que llevaban demasiado tiempo aislados del exterior, sin contacto con otras personas ajenas al entorno vasco. Así que tuvo que rectificar, mejor dicho, aclarar el término.
–Digamos que el equipo de limpieza municipal tenía algo de trabajo esta mañana…
A pesar de sus buenas intenciones, parecía evidente que no había logrado sino enmarañar aún más el misterioso asunto de los disparos en la calle, porque ninguno de los llegados el día anterior mostró el menor signo de entendimiento.
–Es una jerga que usamos aquí… Bueno, supongo que nosotros estamos demasiado acostumbrados… Lo que sucede es que unos colegas han salido de patrulla, a ver cómo estaba la cosa, y al parecer han encontrado paisanos… ocho… no, nueve, así que, lo que os digo, el equipo de limpieza.
Entonces sí que hubo señales de inteligencia en la mirada que intercambiaron Toni y Bea. Habían comprendido el mensaje.
–¿Y tenéis que… limpiar con frecuencia? –preguntó Bea, empleando el mismo lenguaje eufemístico.
–No te creas… en realidad, en estos meses apenas hemos tenido trabajo. Al principio sí, porque no pudimos meter a todos en los corrales, obviamente, y hubo que desinfectar la ciudad con cierta minuciosidad… –exhaló un suspiro tras la frase, lanzada de carrerilla, y pareció a punto de soltar una carcajada, aunque los jóvenes no le veían maldita la gracia a todo eso, pero se contuvo y prosiguió en tono más calmado–. Claro que ahora la tarea se va a complicar, porque ayer soltasteis a unos cuarenta mil ibiltari**, más o menos.
–¿Cuarenta mil ibi…qué? –exclamó Toni, a quien empezaba a resultar cargante el tono irónico que permanentemente empleaba Koldo–. Pero, ¿de qué coño estás hablando?
–Mil disculpas... Ya sé que no fuisteis vosotros, sino ese obeso demente que os acompañaba… –Koldo seguía con la mirada el movimiento nervioso de la mano de Toni, que no dejaba de acariciar el hacha que llevaba a la cintura–. Pero, en el fondo, el resultado es el mismo, chaval: más o menos cuarenta mil de esos cabrones están ahora sueltos por la calle… –pareció reflexionar un momento, mientras se rascaba la barba y hablaba para sí mismo–. ¡Lástima!, será complicado volverlos a encerrar…
Bea ató cabos rápidamente. Si era verdad lo que decía el vasco, entonces volvían a tener problemas más importantes de repente.
–Entonces, esos disparos…
–En efecto, querida, nuestros servidores públicos están realizando tareas de mantenimiento, sacando la basura de la calle. Para que lo entendáis, los ibiltari pronto estarán llamando a la puerta…





* Basureros, en vascuence.
** Viajeros/caminantes/ambulantes, en vascuence.

No hay comentarios:

Publicar un comentario