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viernes, 25 de julio de 2014

Tercera parte. Seis. 1

Todos los que integraban el grupo vasco eran jóvenes, de la misma manera que lo eran ellos también. «La selección natural es realmente exigente», pensó Bea, dándose cuenta por primera vez de ese hecho. Repasando mentalmente los últimos meses, tenía ahora la certeza de que, en la Zona de Evacuación de Valladolid, no era capaz de recordar el rostro o el nombre de ningún superviviente viejo, y apenas de alguno ya maduro, entre los que inmediatamente se le apareció el gordo Luis, de triste recuerdo, quizá más por su voluminoso aspecto que por ser verdaderamente mayor, pues quizá no sobrepasara la cincuentena. En todo caso, el futuro, entonces más que nunca, y sin que fuera esta vez una frase hecha, parecía ser de los jóvenes… Si es que había algún futuro. Y con permiso de los muertos, claro…
Bea tenía muchas preguntas, muy poca información, y demasiado dolor en su interior. No sabía si aquella gente tendría algunas de las respuestas. O quizá fueran, como ellos, unos pobres diablos a quienes los acontecimientos habían puesto en la situación límite de seguir viviendo, incluso de elegir, a veces, quién vivía o quién no… Sentada en el suelo, con el rostro metido entre las rodillas, rodeando ambas piernas con sus brazos, una enorme tristeza la invadió. Solo oía la irregular respiración de sus compañeros de viaje, a quienes veía difusamente a la luz escasa de los indicadores de emergencia. Estaban durmiendo en una de las capillas de la cripta de la Catedral, adonde habían accedido tras la silenciosa invitación de Maite. Era la Base de operaciones 1 de Vitoria, como pomposamente la llamaban los vascos.
No sabía si era un lugar seguro. Quiso creer que sí, ya que ellos lo estaban utilizando como refugio desde casi el principio. Se hallaban bajo la girola de la Catedral, bajo el deambulatorio. Tenía gracia su situación: estaban durmiendo bajo el deambulatorio… ¿A quién se le había ocurrido llamar así a los muertos, «deambulantes», una vez que regresaban del infierno, trayendo consigo un trozo de él?
Miró uno a uno a los integrantes del grupo. Sara, que estaba en el suelo, a su lado, donde por fin se había dormido sin que hubiera logrado acostarla en una de las camas; Toni, cuyo descanso era muy agitado, y daba vueltas continuamente sobre el estrecho camastro; las dos mujeres, Vicky y su hermana Cristina, y los gemelos, Juan y Alberto, que dormían en la misma cama que su madre, muy juntos. Bea tenía la sensación de haber vivido antes semejante escena, ese déjà vu tan específico, pero, ¿en qué clase de locura semejante podría haberse visto ella anteriormente? No podía ser. Sus compañeros dormían, quizá soñaran, aunque de seguro serían pesadillas horribles plagadas de monstruos, seres destrozando a mordiscos a las personas, contagiando su peste de manera indescriptible… Al menos ella tenía ese sueño recurrente, con el que debería compartir cama si quería sobrevivir. ¿Quién podría acostumbrarse a tal cosa y seguir en sus cabales? «Cualquiera», pensó, «cualquiera…».
La cripta era inmensa, y se dividía en siete capillas separadas por gruesas columnas de fuste múltiple, de modo que podía decirse que contaban con cierta intimidad. Los vascos no eran demasiado numerosos, quizá una docena, puede que alguno más, tampoco estaba segura… y tampoco le importaba demasiado. En esos instantes, nada le importaba. Suponía que había más tipos repartidos por la ciudad, en otras Bases, y que habrían establecido alguna especie de vigilancia en el exterior, para prevenir posibles ataques de los muertos, pero tampoco le concedió ni un par de segundos de su pensamiento atormentado.
Tenía ganas de llorar, pero se había dado cuenta, con el paso de los días, de que estaba convirtiéndose, si no lo había hecho ya, en la líder del pequeño grupo de supervivientes. Tenía gracia, líder, ella, una enfermera de planta… Sin embargo, así era como la hacían sentirse sus compañeros con sus miradas, con sus silencios, y con sus preguntas. Incluso Toni, que era un chaval independiente y habría sobrevivido sin ninguna clase de ayuda, aceptaba de grado su jefatura, porque así se lo hacía sentir con su apoyo y su presencia. La leche…
¿Qué coño estaba pasando ahí fuera? ¿Se había ido el mundo entero a la mierda? ¿Serían ellos los únicos supervivientes? Preguntas que nadie respondía, porque nadie lo sabía, al menos ninguno de ellos. Ni siquiera durante el tiempo de la cuarentena en Valladolid habían tenido, los civiles, acceso a información. Los militares, al mando desde el principio, ya que ninguna autoridad política había sobrevivido, si sabían algo, callaban. En ningún momento les facilitaron posibles noticias del exterior, de modo que Bea ignoraba el alcance y la magnitud de la epidemia, y si se habría convertido en pandemia. En todo caso, un dato significativo era que, en todo el tiempo que estuvieron aislados en Valladolid, jamás hubo contacto con nadie de fuera, ni tampoco habían visto u oído aviones o helicópteros sobrevolando la ciudad.
Tampoco tenía claro si Koldo, el vasco al que habían encontrado en el estadio, era el jefe de su grupo o no, porque su actitud, a veces, no se correspondía con quien se supone al mando. Es más, incluso había cedido a la presión de Manu en el momento crucial de decidir algo importante para ellos… Quizá se tratara de una comuna autogestionada, en la que todos sus miembros participaban en la toma de decisiones relevantes. Por fin, el Estado anarquista puesto en práctica… ¿Cuánto duraría?, se preguntó Bea.
Cuando bajaron a la cripta, ya era de noche, y todos estaban demasiado cansados para hablar. Sin muchos formalismos, les dieron algo de comer, y les indicaron el lugar en que dormirían. Dejarían las explicaciones, si había que dar alguna, para el día siguiente.


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