Todos los
que integraban el grupo vasco eran jóvenes, de la misma manera que lo eran ellos
también. «La selección natural es
realmente exigente», pensó Bea, dándose cuenta por primera vez de ese
hecho. Repasando mentalmente los últimos meses, tenía ahora la certeza de que,
en la Zona de Evacuación de Valladolid, no era capaz de recordar el rostro o el
nombre de ningún superviviente viejo, y apenas de alguno ya maduro, entre los
que inmediatamente se le apareció el gordo Luis, de triste recuerdo, quizá más
por su voluminoso aspecto que por ser verdaderamente mayor, pues quizá no
sobrepasara la cincuentena. En todo caso, el futuro, entonces más que nunca, y
sin que fuera esta vez una frase hecha, parecía ser de los jóvenes… Si es que
había algún futuro. Y con permiso de los muertos, claro…
Bea tenía
muchas preguntas, muy poca información, y demasiado dolor en su interior. No
sabía si aquella gente tendría algunas de las respuestas. O quizá fueran, como
ellos, unos pobres diablos a quienes los acontecimientos habían puesto en la
situación límite de seguir viviendo, incluso de elegir, a veces, quién vivía o
quién no… Sentada en el suelo, con el rostro metido entre las rodillas, rodeando
ambas piernas con sus brazos, una enorme tristeza la invadió. Solo oía la
irregular respiración de sus compañeros de viaje, a quienes veía difusamente a
la luz escasa de los indicadores de emergencia. Estaban durmiendo en una de las
capillas de la cripta de la Catedral, adonde habían accedido tras la silenciosa
invitación de Maite. Era la Base de
operaciones 1 de Vitoria, como pomposamente la llamaban los vascos.
No sabía si
era un lugar seguro. Quiso creer que sí, ya que ellos lo estaban utilizando
como refugio desde casi el principio. Se hallaban bajo la girola de la
Catedral, bajo el deambulatorio. Tenía gracia su situación: estaban durmiendo
bajo el deambulatorio… ¿A quién se le
había ocurrido llamar así a los muertos, «deambulantes», una vez que regresaban
del infierno, trayendo consigo un trozo de él?
Miró uno a
uno a los integrantes del grupo. Sara, que estaba en el suelo, a su lado, donde
por fin se había dormido sin que hubiera logrado acostarla en una de las camas;
Toni, cuyo descanso era muy agitado,
y daba vueltas continuamente sobre el estrecho camastro; las dos mujeres, Vicky
y su hermana Cristina, y los gemelos, Juan y Alberto, que dormían en la misma cama
que su madre, muy juntos. Bea tenía la sensación de haber vivido antes
semejante escena, ese déjà vu tan
específico, pero, ¿en qué clase de locura semejante podría haberse visto ella
anteriormente? No podía ser. Sus compañeros dormían, quizá soñaran, aunque de seguro
serían pesadillas horribles plagadas de monstruos, seres destrozando a
mordiscos a las personas, contagiando su peste de manera indescriptible… Al
menos ella tenía ese sueño recurrente, con el que debería compartir cama si
quería sobrevivir. ¿Quién podría acostumbrarse a tal cosa y seguir en sus
cabales? «Cualquiera», pensó, «cualquiera…».
La cripta
era inmensa, y se dividía en siete capillas separadas por gruesas columnas de
fuste múltiple, de modo que podía decirse que contaban con cierta intimidad.
Los vascos no eran demasiado numerosos, quizá una docena, puede que alguno más,
tampoco estaba segura… y tampoco le importaba demasiado. En esos instantes,
nada le importaba. Suponía que había más tipos repartidos por la ciudad, en
otras Bases, y que habrían establecido
alguna especie de vigilancia en el exterior, para prevenir posibles ataques de
los muertos, pero tampoco le concedió ni un par de segundos de su pensamiento
atormentado.
Tenía
ganas de llorar, pero se había dado cuenta, con el paso de los días, de que
estaba convirtiéndose, si no lo había hecho ya, en la líder del pequeño grupo de
supervivientes. Tenía gracia, líder, ella, una enfermera de planta… Sin
embargo, así era como la hacían sentirse sus compañeros con sus miradas, con sus
silencios, y con sus preguntas. Incluso Toni, que era un chaval independiente y
habría sobrevivido sin ninguna clase de ayuda, aceptaba de grado su jefatura,
porque así se lo hacía sentir con su apoyo y su presencia. La leche…
¿Qué coño
estaba pasando ahí fuera? ¿Se había ido el mundo entero a la mierda? ¿Serían
ellos los únicos supervivientes? Preguntas que nadie respondía, porque nadie lo
sabía, al menos ninguno de ellos. Ni siquiera durante el tiempo de la cuarentena
en Valladolid habían tenido, los civiles, acceso a información. Los militares,
al mando desde el principio, ya que ninguna autoridad política había
sobrevivido, si sabían algo, callaban. En ningún momento les facilitaron
posibles noticias del exterior, de modo que Bea ignoraba el alcance y la
magnitud de la epidemia, y si se habría convertido en pandemia. En todo caso,
un dato significativo era que, en todo el tiempo que estuvieron aislados en
Valladolid, jamás hubo contacto con nadie de fuera, ni tampoco habían visto u
oído aviones o helicópteros sobrevolando la ciudad.
Tampoco
tenía claro si Koldo, el vasco al que habían encontrado en el estadio, era el
jefe de su grupo o no, porque su actitud, a veces, no se correspondía con quien
se supone al mando. Es más, incluso había cedido a la presión de Manu en el
momento crucial de decidir algo importante para ellos… Quizá se tratara de una
comuna autogestionada, en la que todos sus miembros participaban en la toma de
decisiones relevantes. Por fin, el Estado
anarquista puesto en práctica… ¿Cuánto
duraría?, se preguntó Bea.
Cuando
bajaron a la cripta, ya era de noche, y todos estaban demasiado cansados para
hablar. Sin muchos formalismos, les dieron algo de comer, y les indicaron el
lugar en que dormirían. Dejarían las explicaciones, si había que dar alguna, para
el día siguiente.
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