No habían
avanzado ni cien metros cuando Luis, el gordo, lanzó un grito que les trepanó a
los tres el cerebro, rebotando después contra el parabrisas para volver a los
labios de su emisor.
–¡Allí!
Bea detuvo
el coche en seco, igual que había sucedido un rato antes, obligando al
blindado, que circulaba demasiado pegado a ellos, a dar un volantazo para
evitar golpearlos por detrás. El vehículo militar quedó cruzado sobre una estrecha
acera que separaba la calle por la que iban de lo que parecía un amplio
aparcamiento, a su derecha, justo hacia donde Luis señalaba con el brazo extendido.
¿Qué?
–preguntó Bea.
–Allí,
había alguien…
Bea metió
primera y situó el coche un par de metros adelante, para que el Rebeco no le impidiera abarcar
visualmente la zona. Era un amplio aparcamiento, con árboles jalonando las
filas de estacionamiento, pero apenas una docena de coches con hojas secas
sobre el techo, hojas que también cubrían una gran parte del suelo. Enfrente
del aparcamiento, a la derecha, un edificio con fachada de estructura metálica
acristalada salpicada con paneles azules. Por encima asomaba lo que parecía un
graderío, por lo que debía tratarse de un estadio o campo deportivo. Inclinó la
cabeza hacia delante, para poder ver mejor esquivando el cuerpo de Toni. Sobre
la fachada, a través de las ramas de los árboles, y sujetas a la parte exterior
de la grada, unas grandes letras azules indicaban el nombre del lugar:
MENDIZORROTZA.
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