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miércoles, 9 de julio de 2014

Tercera parte. Cuatro. 5

No habían avanzado ni cien metros cuando Luis, el gordo, lanzó un grito que les trepanó a los tres el cerebro, rebotando después contra el parabrisas para volver a los labios de su emisor.
–¡Allí!
Bea detuvo el coche en seco, igual que había sucedido un rato antes, obligando al blindado, que circulaba demasiado pegado a ellos, a dar un volantazo para evitar golpearlos por detrás. El vehículo militar quedó cruzado sobre una estrecha acera que separaba la calle por la que iban de lo que parecía un amplio aparcamiento, a su derecha, justo hacia donde Luis señalaba con el brazo extendido.
¿Qué? –preguntó Bea.
–Allí, había alguien…
Bea metió primera y situó el coche un par de metros adelante, para que el Rebeco no le impidiera abarcar visualmente la zona. Era un amplio aparcamiento, con árboles jalonando las filas de estacionamiento, pero apenas una docena de coches con hojas secas sobre el techo, hojas que también cubrían una gran parte del suelo. Enfrente del aparcamiento, a la derecha, un edificio con fachada de estructura metálica acristalada salpicada con paneles azules. Por encima asomaba lo que parecía un graderío, por lo que debía tratarse de un estadio o campo deportivo. Inclinó la cabeza hacia delante, para poder ver mejor esquivando el cuerpo de Toni. Sobre la fachada, a través de las ramas de los árboles, y sujetas a la parte exterior de la grada, unas grandes letras azules indicaban el nombre del lugar: MENDIZORROTZA.


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