Ya habían
dejado atrás Armentia, y sus acogedoras calles. Toni sentía tener que abandonar
el barrio, porque había tenido allí buenas sensaciones, como si nada malo les
pudiera pasar mientras caminaran por sus calles. Pensaba que incluso si
hubieran entrado en alguna de las casas para pasar la noche, les habría ido
bien, que no necesitaban nada más que un lugar seguro y bien defendido. Y casi
cualquiera de las casas de Armentia reunía ambos requisitos. O eso creía él, a
juzgar por el rato que habían estado allí. Seguramente alguno de los chalés
tendría inquilinos, pero nada que no
pudieran solucionar con un poco de esfuerzo. Sin embargo, Bea estaba empeñada
en encontrar supervivientes. El mensaje de la radio, aunque sabía que era una
grabación automática, la tenía en vilo, había despertado en ella un irrefrenable
deseo de saber quién lo había grabado, o, al menos, desde dónde se emitía.
Bajaban
despacio por San Prudencio hacia la ciudad. Primero el todoterreno; tras él, a
pocos metros, el blindado. Todo estaba en calma, un despejado y fresco día de
otoño, con el suelo salpicado a menudo por las hojas caídas de los árboles que
ya ningún servicio de limpieza recogería nunca. Los matices cromáticos eran
infinitos, todos preciosos, desde el verde pálido de las que aún colgaban de
las ramas de castaños y plátanos hasta el cuero pergamino de algunas que
sembraban las calles, intactas, no holladas por pie alguno.
¡Qué
placer más inmenso sentarse al sol en cualquiera de los bancos del paseo, con
la brisa acariciándote las mejillas, rodeado por semejante alfombra natural, de
la que emanaba un aroma intenso, mezcla de tierra, lluvia, y perfume vegetal…!
Toni destilaba este pensamiento casi de manera automática, él, un chaval urbano
que prácticamente no había tenido contacto con la naturaleza, y lo más cerca
que había estado de ella había sido durante su internamiento en El Lavadero. Pero le gustaba Vitoria… No
solo Armentia, donde tan a gusto se había sentido el rato que pasaron durante
la mañana, sino también lo que ahora veía, amplios paseos cuajados de árboles,
hierba, bancos, aceras amables…, parecía una ciudad diseñada para personas,
después de todo. No le importaría quedarse allí, en algún rincón a salvo de
muertos, incluso de vivos…
La
pregunta de Bea le sacó inmediatamente de su idílico e imposible ensoñamiento.
–Si la
radio del blindado recibe mensajes… ¿también podrá transmitirlos, no?
Toni tuvo
la sensación de que la chica hacía una pregunta retórica, pero, aun así, creyó
que debía contestarla. Quizá entre los dos pusieran en claro algo más que
simples conjeturas que hasta ahora no les habían conducido a desentrañar el
origen de las emisiones.
–Supongo
que sí… Si solo tuviera un receptor sería como la radio de cualquier coche civil.
Esos trastos parecen potentes…
Bea frenó
en seco el todoterreno. Tan repentina fue su acción que Vicky, que conducía el Rebeco, apenas tuvo tiempo de evitar el
impacto. El leve ruido del doble frenazo sacudió por un instante el aire fresco
de la mañana. Esperaron un momento dentro de los vehículos. Entonces, resuelta,
Bea bajó y se dirigió al blindado. Las mujeres se habían asustado, pensando que
pasaba algo. Toni, acostumbrado ya a ese tipo de situaciones, salió del coche y
se dedicó a vigilar los alrededores hasta donde le era posible desde donde se habían
detenido. Llevaba el fusil en bandolera a la espalda, pero siempre echaba mano
del hacha. Era como si el contacto íntimo de la empuñadura de madera le reconfortara;
dejaba el frío filo de acero para quien se interpusiera entre él y su futuro…
–Chicas,
necesitamos hacer una comprobación –dijo, al tiempo que abría la puerta del
copiloto y se sentaba junto a Cristina. Inspeccionó detenidamente el panel
frontal del vehículo, justo lo que a ella le pareció la radio. Tocó un par de
mandos, apretó algún botón, y desplazó una clavija, pero todo lo que consiguió
fue arrancar algún agudo pitido a la emisora, y, de nuevo, ruido de parásitos…
Comprobado
el perímetro, Toni se acercó al blindado. Echó un vistazo desde la calle a
través de la puerta abierta del copiloto. Vio lo mismo que Bea, pero su mente
lo interpretó de manera distinta. Sin tocar nada, intentó recordar alguna de
las clases de electrónica a las que había asistido como parte del programa de
reeducación en los centros de internamiento. En alguna ocasión habían trasteado
con emisoras de radioaficionado, emitiendo cortos mensajes, e incluso habían
desmontado una para ver del despiece y cómo cada parte cumplía una misión
concreta… Por eso, quizá podría conseguir que ese trasto hiciera una llamada.
Al parecer, funcionaba, al menos recibía el mensaje grabado, así que solo tenía
que realizar los movimientos precisos para emitir la señal…
Bueno, esa
emisora era algo diferente a la que él había manejado, no tenía dial
electrónico, ni botonera para cambiar automáticamente de frecuencia, los mandos
reguladores eran sensiblemente más grandes, estaba empotrada en el salpicadero…
y era verde. Por lo demás, podía decirse que eran prácticamente iguales.
Toni no
sabía en qué frecuencia emitían la llamada automática, así que pensó que era
mejor no tocar ese mando concreto, ya que en esa posición era donde estaban
recibiendo el mensaje. Claro que, pensó, como Bea había estado trasteando con
los mandos, no tenía manera de saber cuál era la frecuencia correcta. Miró a la
enfermera y sonrió forzadamente. Estaban todos muy apretados allí dentro. Y, lo
que era más peligroso, en esos momentos no había nadie vigilando los alrededores. Apenas dos metros delante de ellos
el gordo Luis les miraba con ansiedad a través de la ventana trasera del todoterreno,
mientras Sara permanecía en el asiento delantero, esperando, con la mirada
perdida…
Toni se
decidió. Seleccionó una frecuencia y una banda, cogió el micro que permanecía
sujeto con un cable extensible a la radio, apretó el pulsador y comenzó a
hablar. Un pitido estridente les hizo daño en los oídos.
–Aquí
grupo de supervivientes en Vitoria, ¿hay alguien ahí, me escuchan? –miraba a
Bea al hablar, y la enfermera no le esquivaba, parecía un duelo de
planteamientos, una opinión confrontada por parte de cada uno: ella, ansiosa
por encontrar supervivientes, él, por evitarlos; permaneció cinco segundos
expectante, atento a cualquier sonido, cinco segundos que a todos les
parecieron muchos más; después pareció acordarse de algo–. Cambio…
Toni
repitió la llamada un par de veces más, cambiando de frecuencia, por si acaso,
pero en ninguna de las ocasiones recibió respuesta. La radio seguía con el
monocorde ruido de parásitos de fondo, sin que nadie al otro lado diera señales
de vida. Resignado, colgó el micro y se encogió de hombros. Salió del vehículo
militar, seguido por Bea.
–Bueno,
chicas, vamos a seguir –dijo la enfermera mientras se encaminaban al
todoterreno.
–No sé,
Bea, puede que si queda alguien con vida aquí no sean precisamente amigos.
Acuérdate de los soldados de Valladolid… No sé si ha sido buena idea…
–Lo más
probable es que no haya nadie vivo en esta ciudad, y si lo hay, sería demasiada
coincidencia que también tuvieran una radio para haber escuchado tu mensaje.
Pero esa llamada la hacen desde aquí, así que tiene que haber en algún sitio un
refugio o algo así donde haya gente, tiene que haberlo, Toni… Tiene que
haberlo…
En la
cabeza de Bea se repetía el mismo pensamiento que, sin embargo, la atormentaba.
Tenía que haber supervivientes. Si ellos estaban allí, vivos, habría otros,
muchos, quizá, tanto en Vitoria como en cualquier sitio. No era posible que la
humanidad hubiera desaparecido por esa plaga. Ella estaba estudiando medicina,
y sabía que incluso las epidemias más mortíferas, como la llamada gripe
española, no tenían una tasa de mortalidad más allá del 5%. Por eso esta
catástrofe que estaban padeciendo les había pillado desprevenidos, por su
virulencia, por su extraordinaria rapidez de propagación (¿habría sido en otras
partes igual?), y por el número de infectados totales… Sin embargo, y aunque no
tuvieran pruebas de ello, tenía que
haber más supervivientes, estaba segura de eso. Solo había que encontrarlos,
reunirse para poder comenzar de nuevo… Pero, comenzar, ¿el qué?
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