Los críos
parecían cansados. Pese a que viajaban cómodamente sentados, sin estrecheces,
lo cierto es que su aspecto era de agotamiento. También los adultos acusaban la
falta de sueño, la tensión acumulada, y las vejaciones físicas en el caso de
las mujeres. Bea les indicó que no hicieran ruido. Habían bajado de los
vehículos y se agruparon frente al atrio porticado y enrejado de la ermita. La
puerta de hierro que daba al atrio estaba abierta, invitando a entrar… Toni,
precavido, se alejó unos metros, inspeccionando las inmediaciones con el hacha
en la mano.
–La radio
no ha transmitido nada, ¿verdad?
Vicky negó
con la cabeza, respondiendo así a la pregunta de Bea, que ocultaba un atisbo
ilusorio de esperanza, entremezclada con lacónica resignación.
–Bueno,
hay que ir al centro, a echar un vistazo, por si hubiera algún tipo de comunidad
organizada… –miró a su alrededor: tres mujeres, incluida ella misma, un tipo
gordo, una adolescente, dos niños, y un chaval de Madrid habituado a la calle. Realmente,
no era para estar exultante, y, sin embargo, habían sobrevivido más tiempo que
muchos, más que la mayoría, a juzgar por lo que llevaban visto; incluso más
tiempo que soldados profesionales armados y entrenados–. Pero no podemos ir
todos… llamaríamos demasiado la atención…
El gordo,
acostumbrado a mandar en su anterior vida como civil, parecía reticente a
recibir órdenes, y menos de una mujer. Se pasó un pañuelo pringoso por la
frente, despejada de pelo. Sudaba, pese a la baja temperatura ambiente.
–Y a
usted, ¿quien la ha elegido jefe de este… grupo, señora o señorita?
Bea no se
molestó siquiera en contestarle. Le dirigió una mirada de hastío y se alejó
unos pasos, los necesarios para sentarse en uno de los bancos que había junto
al edificio, cansada, harta de tener que llevar la iniciativa desde que
llegaron a Valladolid. En el fondo de su corazón, deseaba que alguien la relevara: ojalá Toni fuera mayor, más maduro… Inmediatamente desechó esa estúpida
idea. ¿Acaso el chaval no había dado ya suficientes muestras de
responsabilidad, iniciativa y sentido común? Por supuesto… Si no era el jefe,
quizá fuera solo porque no quería…
Fue Toni quien
respondió al gordo; Toni de nuevo al rescate, ¿cuántas iban ya? Le toco con
suavidad en la espalda con el canto del hacha, empujándolo levemente contra la
verja del atrio.
–Ella está
al mando, señor Luis. Si no fuera por ella, usted ya no se contaría entre los
vivos, créame… Pero, si no le gusta lo que hay, es libre de irse por su cuenta,
le daremos un paquete de galletas y una carta de recomendación…
Luis fue a
responder al chaval, no podía consentir semejante falta de respeto de un…
mocoso delincuente, pero, cuando se volvió, algo en la mirada de Toni le frenó
en seco. Sudaba más… Pensó que no debía dejarse llevar por su autoritario
temperamento ni tomar a la ligera la seguridad y determinación que cabían
dentro del espigado cuerpo del chico. Calló, desvió la vista, y se fue hacia la
verja sin dejar de frotarse el cuello y la frente con su pañuelo. Estaba raro
con su traje oscuro arrugado, la camisa que un día fue blanca, y la corbata
desanudada alrededor del desabrochado cuello de la camisa. Era como si acabara
de salir de una reunión que hubiera durado toda la noche y no hubiera tenido
tiempo de ducharse y cambiarse de ropa. Su áspero carácter, acostumbrado a ser
satisfecho en cuanto abría la boca, casaba mal con aquella situación en que un
chaval y una enfermera parecían los gallos del corral, pero también sabía
cuándo reservarse…
Toni se
sentó al lado de Bea. Le pasó un brazo por los hundidos hombros. La joven
levantó la cabeza, y cruzó su mirada con la de él. Había comprensión, y chispa.
No necesitaban hablar mucho para entenderse. No, después de lo que llevaban
pasado juntos. Sara se sumó a ellos en el banco. Se relajaron, mirando hacia lo
alto, al cielo azul y frío de esa mañana de noviembre en tierras alavesas… Las
dos hermanas y los niños se sentaron, a su vez, en el otro banco. Parecía una
estampa más del otoño de la ciudad: dos familias dando un paseo y descansando
de la caminata a la ermita en la explanada… Solo el gordo desentonaba en la
foto.
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