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miércoles, 23 de julio de 2014

Tercera parte. Cinco. 6

Toni nunca había estado en el interior de un gran templo, y aunque la Catedral Nueva de Vitoria había sido construida en el siglo XX en estilo neogótico, a grandes rasgos no difería demasiado de las originales, con la salvedad de la altura, pues las altas torres proyectadas no llegaron a construirse. Aun así, su altura equivalía a un edificio de doce plantas. Por eso, el joven estaba ligeramente impresionado, ya que una vez dentro la sensación de amplitud y verticalidad era mucho más acusada que en el exterior. En la calle estaba anocheciendo, pero el interior del recinto aparecía profusamente iluminado, y además por luz eléctrica, ¿de dónde sacaban la energía?
La gran nave central estaba completamente despejada, no había ni rastro de los bancos que hasta hacía poco constituían el mobiliario sobre el pulido suelo de mármol. El altar, al fondo, en el ábside de la Catedral, estaba, sin embargo, en penumbra, y tan solo una leve claridad se proyectaba desde fuera a través de las artísticas vidrieras.
Koldo, tras abrir la verja metálica que había al final de la escalinata, cortésmente les había invitado a entrar, y ahora caminaba a grandes zancadas hacia el altar. El grupo de supervivientes iba tras él en silencio; sus pasos resonaban en las altas columnas que jalonaban la nave central, y que separaba, de paso, el espacio lateral, donde se estiraban, mucho más pequeñas, otras dos naves a cada lado. Solo se oían sus pasos y la agitada respiración de los niños. Nadie había salido a recibirlos; nadie más parecía estar al tanto de su llegada…
Poco antes de llegar a la girola, Koldo se detuvo. A su izquierda, en un paño de pared, se abría una puerta ante la cual dos personas jóvenes parecían esperarlos en actitud desafiante...: quizá no se habían dado cuenta de los fusiles de combate que portaban los recién llegados. Koldo se volvió hacia el grupo y extendió el brazo señalando en dirección a sus compañeros.
–Estos son Maite y Manu, dos colegas.
Los nombrados hicieron solamente un leve gesto con la cabeza. Estaban con los ojos fijos en el grupo, escudriñándolos uno a uno, intentando ver en ellos potenciales enemigos, o adversarios, o, por el contrario, sopesando la posibilidad de que pudieran llegar a ser de alguna ayuda. Pero, la verdad, y pese a la mirada desafiante de Bea y Toni, y a las armas que llevaban cruzadas sobre la espalda, no consideraron que fueran gente demasiado peligrosa.
–¿Están limpios? –preguntó la que había identificado como Maite.
Koldo tuvo un instante de indecisión, inmediatamente interpretado por sus dos compañeros, que cambiaron su actitud indolente por otra más prevenida, de alerta. No estaba seguro de la respuesta que debía dar. De hecho, realmente no sabía si alguno de los supervivientes estaba infectado. Finalmente, optó por no engañarles.
–No lo sé. La verdad es que no hemos tenido tiempo para presentarnos de una manera civilizada y cordial…
–No estamos infectados… –sentenció Bea, mirando de hito en hito a los tres, y marcando una acusada pausa–, lo cual no podemos afirmar de vosotros…
La situación se tensaba, todos se dieron cuenta, incluso los gemelos, que se arrimaron más a los costados de Vicky. Koldo, que pensaba en la escena de unos minutos atrás en la calle, creyó que tendría que iniciar de nuevo un diálogo al parecer de sordos.
–Oye, si no te parece bien esto siempre puedes largarte y buscarte la vida ahí afuera, ya te lo he dicho…
Bea no pareció dar muestras de amedrentarse. Sabía lo que quería, que no era otra cosa que asegurarse hasta donde fuera posible de que no cometían ninguna estupidez al confiar en esos tipos vascos. Y por eso se mostraba altiva, incluso amenazante, con el fin de llevar a sus anfitriones accidentales hasta el límite de resistencia emocional. Ella sabía que el miedo produce ansiedad, y ésta pone a prueba al individuo ante un conjunto de decisiones relevantes para su supervivencia, ejerciendo una presión que no es fácil controlar. Por eso necesitaba saber hasta qué punto podían entregarse a aquellos sujetos que con tan aparente facilidad les habían localizado en una ciudad tan grande… Porque, en realidad, no sabía nada de ellos.
En medio de la tensa situación, en la que ninguno de los enfrentados cedía en sus posiciones, el tipo que respondía por Manu pareció recordar algo. En voz baja que Bea no logró entender, le preguntó a Koldo.
–¿Y Ander?
Koldo movió la cabeza imperceptiblemente a ambos lados, en la señal universal para negar. Entonces, Manu tuvo una reacción violenta mezcla de ira, rabia, dolor e impotencia. Intentó abalanzarse sobre Toni y Bea, que estaban más adelantados respecto al grupo. Solo los rápidos reflejos de Koldo lograron, quizá, evitar un drama, porque los ojos de Manu llameaban de forma peligrosa. Le sujetó por la cintura, y a continuación le inmovilizó con una presa del brazo sobre el cuello. Aún así, Manu siguió forcejeando…
–¡Hostias, cabrones… me cago en…!
Toni se había preparado para el ataque con el hacha empuñada fuertemente, y Bea, en un gesto que incluso a ella misma sorprendió y que parecía tener ensayado desde hacía años, de repente estaba con el fusil entre sus brazos, apuntando a los vascos. Koldo no quería un baño de sangre, y menos por un malentendido y unas estúpidas actitudes de gallos de corral.
–¡Tranquilo, Manu…! Ellos nos son los responsables… Fue… un accidente…
–¿Si? ¿Un accidente? ¡Mucha casualidad parece, pues! Ha sido llegar estos cabrones y se armó el Cristo bendito…, los mal nacidos por la calle y Ander muerto, ¿no?
Bea no sabía de qué estaban hablando, porque al único que habían visto en el estadio era a Koldo, así que no tenía elementos de juicio suficientes para intervenir en la conversación, pero de lo que sí estaba segura era de que ellos no habían tenido nada que ver en el desastre del estadio. Al contrario, si habían ido tras el gordo fue para evitar, precisamente, una tragedia. Con todo, quiso intentar rebajar la tensión, al menos en lo que dependiera de ellos.
–Escuchad… Creo que hemos empezado con mal pie. No sé quién es Ander, al único de vosotros que conocíamos hasta ahora es a Koldo, que nos ha traído hasta aquí –le miraba al decir estas palabras–, y aquí estamos, para bien o para mal. Si eso os incomoda, ahora mismo nos largamos, estamos acostumbrados a dormir donde podemos, con muertos o con vivos merodeando… No hemos sobrevivido tanto tiempo por casualidad… Vosotros decidís.
De nuevo, la espera; una pausa en el hablar, en el hacer, incluso en el pensar. Solo cabía aguardar la reacción de los vascos. Bea ya estaba dispuesta a dar media vuelta y regresar a los coches, sin respuestas a sus preguntas, sin mirar atrás... El tiempo se había acabado. Entonces, cuando la ruptura entre ambos grupos parecía inminente, y ni siquiera Koldo se había atrevido a hablar por sus compañeros, Maite empujó con el pie la puerta que tenía detrás de ella y la abrió.


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