Toni
nunca había estado en el interior de un gran templo, y aunque la Catedral Nueva
de Vitoria había sido construida en el siglo XX en estilo neogótico, a grandes
rasgos no difería demasiado de las originales, con la salvedad de la altura,
pues las altas torres proyectadas no llegaron a construirse. Aun así, su altura
equivalía a un edificio de doce plantas. Por eso, el joven estaba ligeramente
impresionado, ya que una vez dentro la sensación de amplitud y verticalidad era
mucho más acusada que en el exterior. En la calle estaba anocheciendo, pero el
interior del recinto aparecía profusamente iluminado, y además por luz
eléctrica, ¿de dónde sacaban la energía?
La gran
nave central estaba completamente despejada, no había ni rastro de los bancos
que hasta hacía poco constituían el mobiliario sobre el pulido suelo de mármol.
El altar, al fondo, en el ábside de la Catedral, estaba, sin embargo, en
penumbra, y tan solo una leve claridad se proyectaba desde fuera a través de
las artísticas vidrieras.
Koldo,
tras abrir la verja metálica que había al final de la escalinata, cortésmente
les había invitado a entrar, y ahora caminaba a grandes zancadas hacia el
altar. El grupo de supervivientes iba tras él en silencio; sus pasos resonaban
en las altas columnas que jalonaban la nave central, y que separaba, de paso,
el espacio lateral, donde se estiraban, mucho más pequeñas, otras dos naves a
cada lado. Solo se oían sus pasos y la agitada respiración de los niños. Nadie
había salido a recibirlos; nadie más parecía estar al tanto de su llegada…
Poco antes
de llegar a la girola, Koldo se detuvo. A su izquierda, en un paño de pared, se
abría una puerta ante la cual dos personas jóvenes parecían esperarlos en
actitud desafiante...: quizá no se habían dado cuenta de los fusiles de combate
que portaban los recién llegados. Koldo se volvió hacia el grupo y extendió el
brazo señalando en dirección a sus compañeros.
–Estos son
Maite y Manu, dos colegas.
Los
nombrados hicieron solamente un leve gesto con la cabeza. Estaban con los ojos
fijos en el grupo, escudriñándolos uno a uno, intentando ver en ellos potenciales
enemigos, o adversarios, o, por el contrario, sopesando la posibilidad de que
pudieran llegar a ser de alguna ayuda. Pero, la verdad, y pese a la mirada
desafiante de Bea y Toni, y a las armas que llevaban cruzadas sobre la espalda,
no consideraron que fueran gente demasiado
peligrosa.
–¿Están
limpios? –preguntó la que había identificado como Maite.
Koldo tuvo
un instante de indecisión, inmediatamente interpretado por sus dos compañeros,
que cambiaron su actitud indolente por otra más prevenida, de alerta. No estaba
seguro de la respuesta que debía dar. De hecho, realmente no sabía si alguno de
los supervivientes estaba infectado. Finalmente, optó por no engañarles.
–No lo sé.
La verdad es que no hemos tenido tiempo para presentarnos de una manera civilizada
y cordial…
–No
estamos infectados… –sentenció Bea, mirando de hito en hito a los tres, y
marcando una acusada pausa–, lo cual no podemos afirmar de vosotros…
La
situación se tensaba, todos se dieron cuenta, incluso los gemelos, que se arrimaron
más a los costados de Vicky. Koldo, que pensaba en la escena de unos minutos
atrás en la calle, creyó que tendría que iniciar de nuevo un diálogo al parecer
de sordos.
–Oye, si
no te parece bien esto siempre puedes largarte y buscarte la vida ahí afuera,
ya te lo he dicho…
Bea no
pareció dar muestras de amedrentarse. Sabía lo que quería, que no era otra cosa
que asegurarse hasta donde fuera posible de que no cometían ninguna estupidez
al confiar en esos tipos vascos. Y por eso se mostraba altiva, incluso amenazante,
con el fin de llevar a sus anfitriones accidentales hasta el límite de
resistencia emocional. Ella sabía que el miedo produce ansiedad, y ésta pone a
prueba al individuo ante un conjunto de decisiones relevantes para su
supervivencia, ejerciendo una presión que no es fácil controlar. Por eso
necesitaba saber hasta qué punto podían entregarse a aquellos sujetos que con
tan aparente facilidad les habían localizado en una ciudad tan grande… Porque,
en realidad, no sabía nada de ellos.
En medio
de la tensa situación, en la que ninguno de los enfrentados cedía en sus
posiciones, el tipo que respondía por Manu pareció recordar algo. En voz baja
que Bea no logró entender, le preguntó a Koldo.
–¿Y Ander?
Koldo
movió la cabeza imperceptiblemente a ambos lados, en la señal universal para
negar. Entonces, Manu tuvo una reacción violenta mezcla de ira, rabia, dolor e
impotencia. Intentó abalanzarse sobre Toni y Bea, que estaban más adelantados
respecto al grupo. Solo los rápidos reflejos de Koldo lograron, quizá, evitar
un drama, porque los ojos de Manu llameaban de forma peligrosa. Le sujetó por
la cintura, y a continuación le inmovilizó con una presa del brazo sobre el
cuello. Aún así, Manu siguió forcejeando…
–¡Hostias,
cabrones… me cago en…!
Toni se
había preparado para el ataque con el hacha empuñada fuertemente, y Bea, en un
gesto que incluso a ella misma sorprendió y que parecía tener ensayado desde
hacía años, de repente estaba con el fusil entre sus brazos, apuntando a los
vascos. Koldo no quería un baño de sangre, y menos por un malentendido y unas estúpidas
actitudes de gallos de corral.
–¡Tranquilo,
Manu…! Ellos nos son los responsables… Fue… un accidente…
–¿Si? ¿Un
accidente? ¡Mucha casualidad parece, pues! Ha sido llegar estos cabrones y se
armó el Cristo bendito…, los mal nacidos por la calle y Ander muerto, ¿no?
Bea no
sabía de qué estaban hablando, porque al único que habían visto en el estadio
era a Koldo, así que no tenía elementos de juicio suficientes para intervenir
en la conversación, pero de lo que sí estaba segura era de que ellos no habían
tenido nada que ver en el desastre del estadio. Al contrario, si habían ido
tras el gordo fue para evitar, precisamente, una tragedia. Con todo, quiso
intentar rebajar la tensión, al menos en lo que dependiera de ellos.
–Escuchad…
Creo que hemos empezado con mal pie. No sé quién es Ander, al único de vosotros
que conocíamos hasta ahora es a Koldo, que nos ha traído hasta aquí –le miraba
al decir estas palabras–, y aquí estamos, para bien o para mal. Si eso os
incomoda, ahora mismo nos largamos, estamos acostumbrados a dormir donde
podemos, con muertos o con vivos merodeando… No hemos sobrevivido tanto tiempo
por casualidad… Vosotros decidís.
De nuevo,
la espera; una pausa en el hablar, en el hacer, incluso en el pensar. Solo
cabía aguardar la reacción de los vascos. Bea ya estaba dispuesta a dar media
vuelta y regresar a los coches, sin respuestas a sus preguntas, sin mirar
atrás... El tiempo se había acabado. Entonces, cuando la ruptura entre ambos
grupos parecía inminente, y ni siquiera Koldo se había atrevido a hablar por
sus compañeros, Maite empujó con el pie la puerta que tenía detrás de ella y la
abrió.
No hay comentarios:
Publicar un comentario