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sábado, 19 de julio de 2014

Tercera parte. Cinco. 4

Conducían sin prisa por las calles de Vitoria, en dirección al centro, según pudo apreciar Bea. Tenía una sensación rara, desasosegante…, algo no encajaba en su imagen del mundo en que les tocaba vivir. Koldo le indicaba una ruta que él calificaba como segura, y lo cierto era que de momento no habían tenido ningún tropiezo serio. Los deambulantes que salieron del estadio seguramente hacía tiempo que les habían perdido la pista. Aunque parecían moverse por el oído y el olfato, su radio de percepción era, afortunadamente para ellos, bastante reducido, de modo que andarían dispersos por ahí, y, sin un objetivo claro a la vista, pronto se detendrían, tambaleantes, o se dejarían caer al suelo a la espera de una víctima…
¿Por qué no habían visto ningún muerto en todo el camino? Eso era lo que inquietaba a Bea, y lo que por fin atinó a identificar: no solo habían hecho el recorrido desde el estadio sin encuentros desagradables, sino que tampoco habían percibido actividad alguna desde que entraran en la ciudad esa mañana. ¿Quizá todos los muertos de Vitoria estaban en el estadio? No pudo evitarlo, y la pregunta se le cayó literalmente de la boca.
–¿Dónde están los muertos?
Antes de que Koldo, cogido por sorpresa, tuviera tiempo para reaccionar, fue Toni quien le atosigó.
–A mí me interesa más saber adónde vamos, tío…
Koldo miró alternativamente a ambos jóvenes. Bea estaba de espaldas, conduciendo, pero Toni se había girado en su asiento, y acariciaba el cabello de Sara con la mano izquierda mientras le miraba penetrantemente hasta el fondo de sus pupilas. Se estaban acercando a la Catedral Nueva, cuyas agujas neogóticas asomaban por encima de los frondosos árboles del parque de la Florida, es decir, estaban casi en el corazón de la ciudad, la plaza de la Virgen Blanca. Bea reconocía las inmediaciones, y un cúmulo de gratos recuerdos acudían en ayuda de su oscuro ánimo. Había pasado muy buenas épocas en Vitoria…
Giró a la izquierda, y entonces un espectáculo indescriptible se mostró ante ellos. En un gran espacio descubierto, el patio del edificio que aparecía al fondo, miles y miles de muertos se agolpaban contra las verjas metálicas que les impedían salir a la calle. Sus horribles brazos asomaban por entre los barrotes, aferrando inútilmente el aire frío de la ciudad. Gemían de una manera pueril, estentórea, desconsoladamente, incluso, a juzgar por el murmullo común que inundaba la calle. Bea jamás hubiera imaginado ver algo así en su vida…, parecían reclusos informes en el interior de una cárcel, o niños díscolos a los que hubieran castigado en el recreo, o simplemente bestias apiñadas a las puertas del matadero…
Toni también estaba atento al peculiar paisaje urbano, pero en sus ojos no había prácticamente rastro de asombro. El chaval pensaba que poco o nada podía ya sorprenderle en el mundo loco en que vivía. Más bien contemplaba la calle, la verja y a los muertos como sopesando datos, probabilidades, vías de escape… Estaba tan acostumbrado, desde hacía años, a huir continuamente de algo o de alguien, que la nueva situación creada por la venida del fin del mundo no le había cogido del todo desprevenido, al menos en sus formas más elementales y básicas. Por él, podía irse todo a la mierda cuando quisiera, pero, mientras respirara, no iba a dejar que le tocaran un pelo más, ni los muertos ni, sobre todo, los putos vivos…
De golpe, la pregunta de Bea había sido respondida: allí estaban los muertos, encerrados. Como en el estadio del que acababan de salir… ¿Habría más?
–Este es otro de los corrales que tenemos…
Koldo parecía haberle adivinado a Bea lo que se cocía en su acalorado cerebro, pero lo dijo sin darle importancia, como si el hecho de tener a miles de cadáveres andantes hacinados en un recinto cerrado fuera algo completamente normal…, y seguramente lo era en el mundo en que ahora vivían. Es increíble la rapidez con la que el ser humano se habitúa a los cambios más inesperados, transformando situaciones del todo inverosímiles y descabelladas en hábitos cotidianos a los que ya no se presta ninguna atención más allá de lo estrictamente imprescindible. Sin duda esta increíble facilidad de adaptación, esta rapidez de respuesta ante lo desconocido, es una más de las muestras de por qué el hombre es el depredador más peligroso del planeta, esté vivo o, como era el caso desde hacía unos meses, muerto.
Pasaron por delante de la fachada del edificio principal del recinto en el que estaban los muertos: Colegio de Santa María, leyó Bea en las letras grabadas sobre el alto pórtico columnado de la entrada. Todo el perímetro estaba protegido por un zócalo de piedra rematado con una verja de barrotes de hierro, sólidos, al parecer; al menos lo suficiente para aguantar la presión de cientos, de miles de brazos retorciéndose entre ellos.
–Ya casi estamos –prosiguió Koldo de pronto–. A la derecha…
–¿Dónde, aquí? –Bea, distraída con el espeluznante espectáculo, no le había prestado atención, pero no veía ninguna calle por la que girar…
–¡Sí, sí, por abajo, por abajo!
La joven vio entonces el acceso a un aparcamiento subterráneo que arrancaba justo enfrente de donde se encontraban, a la altura del colegio. Frenó el todoterreno en seco. Toni y Sara ya estaban acostumbrados, pero Koldo se empotró literalmente contra el respaldo del asiento delantero. Un poco de sangre empezó a brotar de su nariz…
–¿Estás loca o qué pasa?
–El loco eres tú si piensas que nos vamos a meter en esa ratonera… Ya hemos recorrido unos cuantos kilómetros, ¿sabes?
Koldo se sujetaba la nariz con una mano, que enseguida comenzó a teñirse de rojo. Parecía confuso, y se mostraba indeciso por primera vez desde que le vieron en el estadio. Sin embargo, no había resentimiento en su voz cuando habló. El tipo sabía encajar.
–Está bien, está bien… Bueno, sigue adelante y gira a la derecha en la rotonda –luego, como si hablara consigo mismo, añadió en voz baja–. Solo quería poner los coches a resguardo, por si acaso…
Bea metió primera, y Toni cazó al vuelo la coletilla que había dejado caer Koldo. Ya empezaba a cansarse de preguntar y preguntar, y que el tipo se fuera por las ramas.
–¿Por si acaso qué, tío? Mira, ya puedes empezar a largar o te bajas aquí y cada uno a lo suyo…
–No te enfades, hombre, que ya hemos llegado. Puedes parar cuando quieras…
Koldo demostraba tener buen temple, no era fácil que perdiera los nervios, ni tampoco cierto cinismo que parecía aflorar a sus ojos y a sus labios cuando miraba y hablaba. No en vano era, como ellos, un superviviente.
El convoy se detuvo, ahora sin brusquedad. Estaban exactamente donde Bea creía, es decir, a los pies de la escalinata de acceso al pórtico principal de la Catedral Nueva.


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