Conducían
sin prisa por las calles de Vitoria, en dirección al centro, según pudo
apreciar Bea. Tenía una sensación rara, desasosegante…, algo no encajaba en su
imagen del mundo en que les tocaba vivir. Koldo le indicaba una ruta que él
calificaba como segura, y lo cierto era que de momento no habían tenido ningún
tropiezo serio. Los deambulantes que salieron del estadio seguramente hacía
tiempo que les habían perdido la pista. Aunque parecían moverse por el oído y
el olfato, su radio de percepción era, afortunadamente para ellos, bastante
reducido, de modo que andarían dispersos por ahí, y, sin un objetivo claro a la
vista, pronto se detendrían, tambaleantes, o se dejarían caer al suelo a la
espera de una víctima…
¿Por qué
no habían visto ningún muerto en todo el camino? Eso era lo que inquietaba a
Bea, y lo que por fin atinó a identificar: no solo habían hecho el recorrido desde
el estadio sin encuentros desagradables, sino que tampoco habían percibido
actividad alguna desde que entraran en la ciudad esa mañana. ¿Quizá todos los
muertos de Vitoria estaban en el estadio? No pudo evitarlo, y la pregunta se le
cayó literalmente de la boca.
–¿Dónde
están los muertos?
Antes de que
Koldo, cogido por sorpresa, tuviera tiempo para reaccionar, fue Toni quien le
atosigó.
–A mí me
interesa más saber adónde vamos, tío…
Koldo miró
alternativamente a ambos jóvenes. Bea estaba de espaldas, conduciendo, pero
Toni se había girado en su asiento, y acariciaba el cabello de Sara con la mano
izquierda mientras le miraba penetrantemente hasta el fondo de sus pupilas. Se
estaban acercando a la Catedral Nueva, cuyas agujas neogóticas asomaban por
encima de los frondosos árboles del parque de la Florida, es decir, estaban
casi en el corazón de la ciudad, la plaza de la Virgen Blanca. Bea reconocía las inmediaciones, y un cúmulo de gratos
recuerdos acudían en ayuda de su oscuro ánimo. Había pasado muy buenas épocas
en Vitoria…
Giró a la
izquierda, y entonces un espectáculo indescriptible se mostró ante ellos. En un
gran espacio descubierto, el patio del edificio que aparecía al fondo, miles y
miles de muertos se agolpaban contra las verjas metálicas que les impedían salir
a la calle. Sus horribles brazos asomaban por entre los barrotes, aferrando
inútilmente el aire frío de la ciudad. Gemían de una manera pueril, estentórea,
desconsoladamente, incluso, a juzgar por el murmullo común que inundaba la
calle. Bea jamás hubiera imaginado ver algo así en su vida…, parecían reclusos
informes en el interior de una cárcel, o niños díscolos a los que hubieran
castigado en el recreo, o simplemente bestias apiñadas a las puertas del
matadero…
Toni
también estaba atento al peculiar paisaje urbano, pero en sus ojos no había
prácticamente rastro de asombro. El chaval pensaba que poco o nada podía ya
sorprenderle en el mundo loco en que vivía. Más bien contemplaba la calle, la
verja y a los muertos como sopesando datos, probabilidades, vías de escape…
Estaba tan acostumbrado, desde hacía años, a huir continuamente de algo o de
alguien, que la nueva situación creada por la venida del fin del mundo no le
había cogido del todo desprevenido, al menos en sus formas más elementales y
básicas. Por él, podía irse todo a la mierda cuando quisiera, pero, mientras
respirara, no iba a dejar que le tocaran un pelo más, ni los muertos ni, sobre
todo, los putos vivos…
De golpe,
la pregunta de Bea había sido respondida: allí estaban los muertos, encerrados.
Como en el estadio del que acababan de salir… ¿Habría más?
–Este es
otro de los corrales que tenemos…
Koldo
parecía haberle adivinado a Bea lo que se cocía en su acalorado cerebro, pero
lo dijo sin darle importancia, como si el hecho de tener a miles de cadáveres
andantes hacinados en un recinto cerrado fuera algo completamente normal…, y
seguramente lo era en el mundo en que ahora vivían. Es increíble la rapidez con
la que el ser humano se habitúa a los cambios más inesperados, transformando
situaciones del todo inverosímiles y descabelladas en hábitos cotidianos a los
que ya no se presta ninguna atención más allá de lo estrictamente
imprescindible. Sin duda esta increíble facilidad de adaptación, esta rapidez
de respuesta ante lo desconocido, es una más de las muestras de por qué el
hombre es el depredador más peligroso del planeta, esté vivo o, como era el
caso desde hacía unos meses, muerto.
Pasaron
por delante de la fachada del edificio principal del recinto en el que estaban
los muertos: Colegio de Santa María,
leyó Bea en las letras grabadas sobre el alto pórtico columnado de la entrada.
Todo el perímetro estaba protegido por un zócalo de piedra rematado con una
verja de barrotes de hierro, sólidos, al parecer; al menos lo suficiente para
aguantar la presión de cientos, de miles de brazos retorciéndose entre ellos.
–Ya casi
estamos –prosiguió Koldo de pronto–. A la derecha…
–¿Dónde,
aquí? –Bea, distraída con el espeluznante espectáculo, no le había prestado
atención, pero no veía ninguna calle por la que girar…
–¡Sí, sí,
por abajo, por abajo!
La joven
vio entonces el acceso a un aparcamiento subterráneo que arrancaba justo
enfrente de donde se encontraban, a la altura del colegio. Frenó el todoterreno
en seco. Toni y Sara ya estaban acostumbrados, pero Koldo se empotró
literalmente contra el respaldo del asiento delantero. Un poco de sangre empezó
a brotar de su nariz…
–¿Estás
loca o qué pasa?
–El loco
eres tú si piensas que nos vamos a meter en esa ratonera… Ya hemos recorrido
unos cuantos kilómetros, ¿sabes?
Koldo se
sujetaba la nariz con una mano, que enseguida comenzó a teñirse de rojo.
Parecía confuso, y se mostraba indeciso por primera vez desde que le vieron en
el estadio. Sin embargo, no había resentimiento en su voz cuando habló. El tipo
sabía encajar.
–Está
bien, está bien… Bueno, sigue adelante y gira a la derecha en la rotonda
–luego, como si hablara consigo mismo, añadió en voz baja–. Solo quería poner
los coches a resguardo, por si acaso…
Bea metió
primera, y Toni cazó al vuelo la coletilla que había dejado caer Koldo. Ya
empezaba a cansarse de preguntar y preguntar, y que el tipo se fuera por las ramas.
–¿Por si
acaso qué, tío? Mira, ya puedes empezar a largar o te bajas aquí y cada uno a
lo suyo…
–No te
enfades, hombre, que ya hemos llegado. Puedes parar cuando quieras…
Koldo
demostraba tener buen temple, no era fácil que perdiera los nervios, ni tampoco
cierto cinismo que parecía aflorar a sus ojos y a sus labios cuando miraba y
hablaba. No en vano era, como ellos, un superviviente.
El convoy
se detuvo, ahora sin brusquedad. Estaban exactamente donde Bea creía, es decir,
a los pies de la escalinata de acceso al pórtico principal de la Catedral
Nueva.
No hay comentarios:
Publicar un comentario