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jueves, 17 de julio de 2014

Tercera parte. Cinco. 3

–¿Y tú quién eres, tío?
El tipo se encogió de hombros. Estaba muy agitado, sin duda por la tensión vivida hacía unos momentos, o quizá por algo más… Su presencia, a su pesar, había provocado el catastrófico encuentro en el estadio, haciendo que el gordo Luis pareciera perder el juicio al entrar como una exhalación tras él. Nadie podría ya saber qué le había sucedido al antiguo director de banco, qué había motivado su extraña y fatal reacción, que le había llevado directamente a la muerte, o a algo peor, y que había puesto en grave peligro a todo el grupo. Toni se devanaba los sesos tratando de entenderlo, aunque, de todas formas, y sin necesidad de que el gordo cometiera locuras, estaban permanentemente en riesgo de muerte desde hacía casi cuatro meses...
–¡Vamos, vamos, más deprisa, venga…!
El nuevo pasajero del todoterreno, lejos de contestar a la pregunta de Bea, se permitía darle órdenes para que acelerara y se alejara lo más rápidamente posible del estadio. Pero Bea estaba harta de que la trataran como a un sirviente, de que la ignoraran, de que la intentaran matar, de que la violaran… Los muertos estaban ya a una distancia prudente, y además no eran precisamente ligeros andando. Pisó el freno a fondo, haciendo brincar el todoterreno con un chirrido de goma quemándose contra el asfalto. Se volvió con un gesto desafiante hacia el tipo.
–Vamos a ver: si no nos dices ahora mismo quién coño eres y qué pasa aquí, te bajas del coche –dijo Bea, con un tono extrañamente calmado, que contrastaba con la rabia que sentía.
El sujeto miró extrañado a Bea. Parecía no comprender sus palabras, o al menos daba la impresión de que no entendía lo que quería decir con ellas. Miró alternativamente a los tres, a Toni, a Bea, y a la pequeña Sara.
–Uno… –Bea agarró ostensiblemente la culata de la pistola que llevaba enfundada al cinto. El tipo aún no reaccionaba.
–Dos…
Entonces sí pareció surtir efecto la explícita amenaza de abandonarlo en medio de la calle.
–¡Vale, vale… qué carácter! –miraba nerviosamente por la luna trasera, pero la gran masa del Rebeco detenido tras ellos ocupaba casi todo el ángulo de visión, de modo que apenas podía ver nada más allá–. A ver, me llamo Koldo… ¿te importa si te lo cuento todo luego? Es que estos podridos me ponen la piel de gallina… ¿Podríamos irnos?
Bea intercambió una mirada con Toni. A ella tampoco le hacía gracia quedarse allí, expuestos, pues aunque los muertos no eran demasiado rápidos, solo era cuestión de un par de minutos que se presentaran tras ellos, alentados por la perspectiva de un almuerzo inesperado. Además, ¿quién sabía qué había en los alrededores? Metió primera, y emprendió de nuevo la marcha.
–¡Por ahí, por ahí, a la izquierda! –Koldo se moderó al captar cómo caían sus órdenes en los jóvenes; con tono más suave, prosiguió– …es más seguro…
–¿Toni?
Bea lanzó la pregunta sin mucha convicción. No estaba segura de que Toni pudiera en esas circunstancias darle una opinión fiable, dado que no conocía la ciudad ni el entorno, pero había algo que el chaval sí había demostrado conocer, y era la psicología humana. Sabía instintivamente si podía fiarse de alguien. Al menos hasta entonces, que ella recordara, no le había fallado su intuición. Por eso le consultaba su parecer sobre las indicaciones que Koldo le daba respecto al camino que debían seguir.
–No perdemos nada. Dudo de que este tipo sea tan tonto como para engañarnos –contestó, al tiempo que acariciaba el filo del hacha, que seguía empuñando desde antes de entrar al estadio


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