–¿Y tú
quién eres, tío?
El tipo se
encogió de hombros. Estaba muy agitado, sin duda por la tensión vivida hacía
unos momentos, o quizá por algo más… Su presencia, a su pesar, había provocado
el catastrófico encuentro en el estadio, haciendo que el gordo Luis pareciera
perder el juicio al entrar como una exhalación tras él. Nadie podría ya saber
qué le había sucedido al antiguo director de banco, qué había motivado su
extraña y fatal reacción, que le había llevado directamente a la muerte, o a algo
peor, y que había puesto en grave peligro a todo el grupo. Toni se devanaba los
sesos tratando de entenderlo, aunque, de todas formas, y sin necesidad de que
el gordo cometiera locuras, estaban permanentemente en riesgo de muerte desde
hacía casi cuatro meses...
–¡Vamos,
vamos, más deprisa, venga…!
El nuevo
pasajero del todoterreno, lejos de contestar a la pregunta de Bea, se permitía
darle órdenes para que acelerara y se alejara lo más rápidamente posible del
estadio. Pero Bea estaba harta de que la trataran como a un sirviente, de que
la ignoraran, de que la intentaran matar, de que la violaran… Los muertos
estaban ya a una distancia prudente, y además no eran precisamente ligeros
andando. Pisó el freno a fondo, haciendo brincar el todoterreno con un chirrido
de goma quemándose contra el asfalto. Se volvió con un gesto desafiante hacia
el tipo.
–Vamos a
ver: si no nos dices ahora mismo quién coño eres y qué pasa aquí, te bajas del
coche –dijo Bea, con un tono extrañamente calmado, que contrastaba con la rabia
que sentía.
El sujeto
miró extrañado a Bea. Parecía no comprender sus palabras, o al menos daba la
impresión de que no entendía lo que quería decir con ellas. Miró
alternativamente a los tres, a Toni, a Bea, y a la pequeña Sara.
–Uno… –Bea
agarró ostensiblemente la culata de la pistola que llevaba enfundada al cinto.
El tipo aún no reaccionaba.
–Dos…
Entonces
sí pareció surtir efecto la explícita amenaza de abandonarlo en medio de la
calle.
–¡Vale,
vale… qué carácter! –miraba nerviosamente por la luna trasera, pero la gran
masa del Rebeco detenido tras ellos
ocupaba casi todo el ángulo de visión, de modo que apenas podía ver nada más
allá–. A ver, me llamo Koldo… ¿te importa si te lo cuento todo luego? Es que
estos podridos me ponen la piel de gallina… ¿Podríamos irnos?
Bea
intercambió una mirada con Toni. A ella tampoco le hacía gracia quedarse allí,
expuestos, pues aunque los muertos no eran demasiado rápidos, solo era cuestión
de un par de minutos que se presentaran tras ellos, alentados por la
perspectiva de un almuerzo inesperado. Además, ¿quién sabía qué había en los
alrededores? Metió primera, y emprendió de nuevo la marcha.
–¡Por ahí,
por ahí, a la izquierda! –Koldo se moderó al captar cómo caían sus órdenes en
los jóvenes; con tono más suave, prosiguió– …es más seguro…
–¿Toni?
Bea lanzó
la pregunta sin mucha convicción. No estaba segura de que Toni pudiera en esas
circunstancias darle una opinión fiable, dado que no conocía la ciudad ni el
entorno, pero había algo que el chaval sí había demostrado conocer, y era la
psicología humana. Sabía instintivamente si podía fiarse de alguien. Al menos
hasta entonces, que ella recordara, no le había fallado su intuición. Por eso
le consultaba su parecer sobre las indicaciones que Koldo le daba respecto al
camino que debían seguir.
–No
perdemos nada. Dudo de que este tipo sea tan tonto como para engañarnos
–contestó, al tiempo que acariciaba el filo del hacha, que seguía empuñando
desde antes de entrar al estadio
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