Nada más
entrar, un olor conocido les recibió: era el olor de la muerte, una pestilencia
intensa que les detuvo en seco en el mismo umbral. ¿Dónde estaba el gordo? Un
amplio pasillo se abría a ambos lados de la puerta, paralelo a la fachada
principal. Entonces, un sonido metálico les indicó el camino. Venciendo las
náuseas y la repugnancia que el hedor les causaba, decidieron avanzar por
la izquierda, en dirección hacia el origen del ruido que habían escuchado.
Avanzaban deprisa pero con precaución, sin correr…: desconocían qué había allí
dentro.
Llegaron a
una bifurcación de la que salía un pasillo transversal. Allí, en medio del
mismo, Luis estaba enzarzado en una pelea con los cerrojos de unas puertas dobles.
Balbuceaba algo entre dientes.
–¡Aquí,
aquí… aquí están! ¿No les oís? Quieren salir… tenemos que sacarlos…
De pronto,
desde detrás de donde los chicos se encontraban, surgió una figura que se dirigió
corriendo hacia el gordo al tiempo que gritaba desesperadamente.
–¡Nooooooo!
Demasiado
tarde. Luis había conseguido, por fin, sacar de sus anclajes en la estructura
metálica de las puertas la gran barra del cerrojo, y tiraba de ella hacia sí
para abrir la doble puerta. En realidad, no hizo falta su esfuerzo, porque en
cuanto el cerrojo salió de su alojamiento, ambas puertas parecieron reventar
hacia él, y la avalancha de muertos le engulló en una fracción de segundo. Por
el hueco de la abertura, el estadio comenzó a vaciar su contenido putrefacto en
el vomitorio lateral, justo donde Bea, Toni, y el recién llegado, permanecían
inmóviles, estupefactos ante la terrorífica visión de los deambulantes en
acción.
Pero su
estupor solo duró un instante. Inmediatamente dieron media vuelta y se
dirigieron a la carrera hacia la salida. El desconocido llegó antes que ellos,
puede que tuviera más miedo, o solo que fuera más rápido. Abrió la puerta de un
empujón y se quedó dudando frente a los vehículos. Apenas un par de segundos
después los dos jóvenes alcanzaron también el exterior del estadio.
Bea se
dirigió inmediatamente al todoterreno, desbloqueándolo con el mando. Tras mirar
a su alrededor, el tipo no se lo pensó y se lanzó al interior abriendo
apresuradamente la puerta trasera, sin esperar a ser invitado. Antes de entrar,
Bea les hizo una seña a las mujeres del blindado para que arrancaran
urgentemente. Se puso al volante y dio al contacto. Estaba dispuesta a salir
zumbando cuando se dio cuenta de que Toni no estaba sentado a su lado. Giró la
cabeza y le vio delante de las puertas, inmóvil, como si no supiera que en unos
segundos por allí saldrían miles de muertos hambrientos.
La
enfermera no tenía ni idea de qué pensaba ese chaval. ¿Se habría vuelto loco?
Bajó la ventanilla para llamarlo a gritos, pero entonces Toni se descolgó el HK
de la espalda y lo atravesó entre las barras longitudinales de ambas puertas.
Eso retrasaría a los muertos cuando llegaran a la puerta. Cuando estuvo sentado
en el coche, Bea suspiró. Se alejó de allí derrapando.
–¡No
vuelvas a hacer eso! Por un momento pensé que te habías ido…
Toni
sudaba a pesar del frío. Ya se encontraban de nuevo en la calle por la que
habían llegado, a cien metros al menos del estadio. Señaló hacia allí,
jadeando.
–No sé si
he hecho algo o no, pero tenía que entretenerlos, si no, habrían salido como
una marea y quizá no nos habría dado tiempo a escapar… –miraba fijamente por la
ventanilla en dirección al estadio, que se iba empequeñeciendo a medida que se
alejaban–. De todas formas, son demasiados presionando contra los cristales…
Aún no
había acabado la frase cuando las lunas del pasillo exterior del estadio
saltaron en añicos escupiendo al aire de Vitoria cuerpos muertos que,
milagrosamente, caminaban. Si hubieran podido ver el espectáculo desde el aire,
habrían comprobado que los más de veinte mil cadáveres andantes que estaban
encerrados en el estadio salían en abruptas oleadas a través de las puertas y
ventanas reventadas…
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