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domingo, 13 de julio de 2014

Tercera parte. Cinco. 2

Nada más entrar, un olor conocido les recibió: era el olor de la muerte, una pestilencia intensa que les detuvo en seco en el mismo umbral. ¿Dónde estaba el gordo? Un amplio pasillo se abría a ambos lados de la puerta, paralelo a la fachada principal. Entonces, un sonido metálico les indicó el camino. Venciendo las náuseas y la repugnancia que el hedor les causaba, decidieron avanzar por la izquierda, en dirección hacia el origen del ruido que habían escuchado. Avanzaban deprisa pero con precaución, sin correr…: desconocían qué había allí dentro.
Llegaron a una bifurcación de la que salía un pasillo transversal. Allí, en medio del mismo, Luis estaba enzarzado en una pelea con los cerrojos de unas puertas dobles. Balbuceaba algo entre dientes.
–¡Aquí, aquí… aquí están! ¿No les oís? Quieren salir… tenemos que sacarlos…
De pronto, desde detrás de donde los chicos se encontraban, surgió una figura que se dirigió corriendo hacia el gordo al tiempo que gritaba desesperadamente.
–¡Nooooooo!
Demasiado tarde. Luis había conseguido, por fin, sacar de sus anclajes en la estructura metálica de las puertas la gran barra del cerrojo, y tiraba de ella hacia sí para abrir la doble puerta. En realidad, no hizo falta su esfuerzo, porque en cuanto el cerrojo salió de su alojamiento, ambas puertas parecieron reventar hacia él, y la avalancha de muertos le engulló en una fracción de segundo. Por el hueco de la abertura, el estadio comenzó a vaciar su contenido putrefacto en el vomitorio lateral, justo donde Bea, Toni, y el recién llegado, permanecían inmóviles, estupefactos ante la terrorífica visión de los deambulantes en acción.
Pero su estupor solo duró un instante. Inmediatamente dieron media vuelta y se dirigieron a la carrera hacia la salida. El desconocido llegó antes que ellos, puede que tuviera más miedo, o solo que fuera más rápido. Abrió la puerta de un empujón y se quedó dudando frente a los vehículos. Apenas un par de segundos después los dos jóvenes alcanzaron también el exterior del estadio.
Bea se dirigió inmediatamente al todoterreno, desbloqueándolo con el mando. Tras mirar a su alrededor, el tipo no se lo pensó y se lanzó al interior abriendo apresuradamente la puerta trasera, sin esperar a ser invitado. Antes de entrar, Bea les hizo una seña a las mujeres del blindado para que arrancaran urgentemente. Se puso al volante y dio al contacto. Estaba dispuesta a salir zumbando cuando se dio cuenta de que Toni no estaba sentado a su lado. Giró la cabeza y le vio delante de las puertas, inmóvil, como si no supiera que en unos segundos por allí saldrían miles de muertos hambrientos.
La enfermera no tenía ni idea de qué pensaba ese chaval. ¿Se habría vuelto loco? Bajó la ventanilla para llamarlo a gritos, pero entonces Toni se descolgó el HK de la espalda y lo atravesó entre las barras longitudinales de ambas puertas. Eso retrasaría a los muertos cuando llegaran a la puerta. Cuando estuvo sentado en el coche, Bea suspiró. Se alejó de allí derrapando.
–¡No vuelvas a hacer eso! Por un momento pensé que te habías ido…
Toni sudaba a pesar del frío. Ya se encontraban de nuevo en la calle por la que habían llegado, a cien metros al menos del estadio. Señaló hacia allí, jadeando.
–No sé si he hecho algo o no, pero tenía que entretenerlos, si no, habrían salido como una marea y quizá no nos habría dado tiempo a escapar… –miraba fijamente por la ventanilla en dirección al estadio, que se iba empequeñeciendo a medida que se alejaban–. De todas formas, son demasiados presionando contra los cristales…
Aún no había acabado la frase cuando las lunas del pasillo exterior del estadio saltaron en añicos escupiendo al aire de Vitoria cuerpos muertos que, milagrosamente, caminaban. Si hubieran podido ver el espectáculo desde el aire, habrían comprobado que los más de veinte mil cadáveres andantes que estaban encerrados en el estadio salían en abruptas oleadas a través de las puertas y ventanas reventadas…


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