–¿Estás
dormida?
La
pregunta era improcedente, porque resultaba obvio que Bea permanecía aún
despierta, pero Vicky no pudo evitar hacérsela, seguramente por un gesto de
educación básica mediante el que pedía la conformidad de la enfermera para
iniciar una conversación. Ese era, al menos, el protocolo de cortesía antes de
que todo se fuera al diablo.
–No.
En la
semioscuridad, Bea presentía la figura de Vicky, recostada en la cama, apoyada
sobre un codo. Se sentó en el borde de la litera. Sara suspiró y se apretó aún
más contra el costado de Bea, aferrando con fuerza una de sus manos.
–Sabes, le
he estado dando vueltas a lo que pasó ayer en la Academia… Creo que no puedo
dormir por eso…
–¿Por eso?
¿Por qué?
Bea no
comprendía lo que Vicky quería decir. Para ella todo estaba claro en lo que
concernía a Valladolid. Perfectamente claro. La joven madre continuó, con una
voz que era un murmullo, apenas audible en la oscuridad.
–Eso… la
violación… No es que les esté disculpando, pero, no sé… quizá fue demasiado
cruel dejarlos allí encerrados. Al fin y al cabo, eran seres humanos…
Bea sintió
que la presión subía en el interior de su cerebro. La adrenalina se disparaba
como si se estuviera enfrentando a una docena de deambulantes sin más armas que
sus manos. La rabia que pugnaba por aflorar con el solo recuerdo de las
brutales violaciones que habían sufrido en el gimnasio desbordaba cuanto ella
pudiera imaginar. Por eso, y porque apreciaba a Vicky, dejó transcurrir un par
de minutos antes de responder.
–¿Bea?
–Estoy
aquí, Vicky. No me he ido a ningún sitio –una risa floja, tremendamente
sarcástica, reemplazó a la ira, que cedía terreno ante la fuerza de voluntad de
la joven–. ¿Adónde podría ir?
–Creo que
podríamos haberles dado una oportunidad…
–¿Podríamos?
¿Quiénes? Tú, y ¿quién más…? No me jodas, tía… una oportunidad… sí, la misma
que nos dieron a nosotras… y a esta pobre niña que no ha vuelto a hablar desde
ayer. ¿Cuántas veces la violaron, diez, doce? Eran siete hijos de puta, siete,
tía, y repitieron todos, todos… ¡Absolutamente todos, joder!
Vicky
callaba, apesadumbrada por haber iniciado esa conversación, por enfurecer a
Bea, que era casi lo único a lo que se podían agarrar, junto con Toni.
–Es un
milagro que saliéramos vivas de allí –continuó Bea–, y tú dices que debimos
darles una oportunidad. ¿Oportunidad para qué, para que siguieran durante el
día la juerga que se habían montado por la noche?
Un nuevo
silencio. Un nuevo instante que no invitaba a la reflexión sosegada porque los
recuerdos llegaban con demasiada fuerza, con demasiado dolor aún.
–¿Y que me
dices de Toni y de la paliza que se llevó por intentar protegernos? Por favor,
si apenas es un chaval aún, y tiene que actuar como si fuera ya un verdadero
hombre hecho y derecho… ¿Sabías que ha tenido que matar, y no solo a un montón
de muertos? Es trágico, verdad, pero es la puta realidad –Bea respiraba
entrecortadamente, se había vuelto a acalorar, a pesar del gélido ambiente en
el interior de la cripta, que las mantas que los vascos les proporcionaron a
duras penas lograba mitigar–. ¿Sabías que yo también he matado gente?
–Lo
siento, Bea, de verdad que lo siento…, pero tenía remordimientos, los dejamos
allí dentro, sin armas… esperando que el sargento regresara… ¡Dios mío, es
horrible!
Los
sollozos de Vicky resbalaban por la piedra de las gruesas columnas de la cripta
hasta llegar al suelo convertidos en lánguidas lenguas saladas que se perdían
entre las rendijas del enlosado.
–Claro que
es horrible. Hemos hecho cosas terribles estos últimos días. Vosotras mismas,
¿acaso no os habéis visto obligadas a comer carne humana para seguir vivas,
para ver amanecer el día siguiente? ¿Eso no es horrible?
–Por
favor, Bea… no quiero recordarlo… teníamos tanta hambre, tanto miedo…
Vicky
lloraba ahora sin poderlo evitar, sin disimulos, abiertamente. Los remordimientos
que sufría eran por más de un motivo, por más de uno... Bea prosiguió.
–…es
horrible, Vicky, lo es. Todo lo que está pasando lo es, pero todo lo hacemos
para sobrevivir, ¿no?, no para divertirnos, ni para entretenernos… y esos hijos
de la gran puta no. Ellos lo hacían solo por placer, por joder, para disfrutar
ellos, solo ellos, ¿eso es justo? –Bea miraba hacia donde estaba Vicky, de la
que solamente apreciaba con cierta claridad el contorno que se recortaba contra
la pared en sombras, sombra a su vez–. ¿Lo es?
El
camastro de al lado crujió con un ruido apagado que delataba un cuerpo
moviéndose encima. Toni se había despertado. Las pesadillas eran tan intensas y
la tensión tanta, que el estado de alerta se prolongaba en el joven hasta más
allá del sueño, provocándole una semivigilia casi permanente. Se parecía,
entonces, a los delfines, que son capaces de desconectar alternativamente un
hemisferio cerebral al tiempo que mantienen el otro activo, para estar siempre
atentos…
–¿Está
todo bien?
Ninguna de
las dos mujeres le contestó. Toni oía los sollozos de Vicky y la respiración
agitada de Bea, pero se habían callado ambas en cuanto le oyeron hablar a él.
–¿Chicas?
–insistió.
–No pasa
nada, Toni, vuélvete a dormir…
Toni no se
quedó conforme en absoluto. Conocía a Bea, y el tono de su voz no reflejaba
ninguna tranquilidad, al contrario, parecía agitada, nerviosa.
–Creo que
sí que pasa…
–Solo
estábamos hablando, de verdad…
–¿De qué?
–De nada,
de lo que haremos, de los niños…
El chico,
lejos de tranquilizarse, cada vez se impacientaba más. Si era verdad que
algunas personas sabían mentir con descaro y sin disimulo, desde luego Bea no
pertenecía a ese gremio. Toni apenas había captado la parte final de la
conversación, pero no creía que hablaran del futuro, precisamente.
–Es culpa
mía –intervino Vicky, restregándose los ojos y la nariz con una mano para
enjugar lágrimas y mocos al mismo tiempo–, no tenía que haber dicho nada…
De nuevo
el silencio, los sollozos de la joven madre, la ansiedad de la espera del
chaval que se había tenido que convertir en hombre en una escuela de gran
dureza, y la voz rota, entrecortada, de la enfermera que tenía que asumir su
papel de líder.
–Toni,
Toni… ¡Ojalá no hubieras ido a los vestuarios! ¡Ojalá me hubieras dejado allí
un poco más…!, solo el tiempo necesario para ver cómo se reanimaba el hijoputa…
para poder matarlo otra vez…
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