Páginas

domingo, 27 de julio de 2014

Tercera parte. Seis. 2

–¿Estás dormida?
La pregunta era improcedente, porque resultaba obvio que Bea permanecía aún despierta, pero Vicky no pudo evitar hacérsela, seguramente por un gesto de educación básica mediante el que pedía la conformidad de la enfermera para iniciar una conversación. Ese era, al menos, el protocolo de cortesía antes de que todo se fuera al diablo.
–No.
En la semioscuridad, Bea presentía la figura de Vicky, recostada en la cama, apoyada sobre un codo. Se sentó en el borde de la litera. Sara suspiró y se apretó aún más contra el costado de Bea, aferrando con fuerza una de sus manos.
–Sabes, le he estado dando vueltas a lo que pasó ayer en la Academia… Creo que no puedo dormir por eso…
–¿Por eso? ¿Por qué?
Bea no comprendía lo que Vicky quería decir. Para ella todo estaba claro en lo que concernía a Valladolid. Perfectamente claro. La joven madre continuó, con una voz que era un murmullo, apenas audible en la oscuridad.
–Eso… la violación… No es que les esté disculpando, pero, no sé… quizá fue demasiado cruel dejarlos allí encerrados. Al fin y al cabo, eran seres humanos…
Bea sintió que la presión subía en el interior de su cerebro. La adrenalina se disparaba como si se estuviera enfrentando a una docena de deambulantes sin más armas que sus manos. La rabia que pugnaba por aflorar con el solo recuerdo de las brutales violaciones que habían sufrido en el gimnasio desbordaba cuanto ella pudiera imaginar. Por eso, y porque apreciaba a Vicky, dejó transcurrir un par de minutos antes de responder.
–¿Bea?
–Estoy aquí, Vicky. No me he ido a ningún sitio –una risa floja, tremendamente sarcástica, reemplazó a la ira, que cedía terreno ante la fuerza de voluntad de la joven–. ¿Adónde podría ir?
–Creo que podríamos haberles dado una oportunidad…
–¿Podríamos? ¿Quiénes? Tú, y ¿quién más…? No me jodas, tía… una oportunidad… sí, la misma que nos dieron a nosotras… y a esta pobre niña que no ha vuelto a hablar desde ayer. ¿Cuántas veces la violaron, diez, doce? Eran siete hijos de puta, siete, tía, y repitieron todos, todos… ¡Absolutamente todos, joder!
Vicky callaba, apesadumbrada por haber iniciado esa conversación, por enfurecer a Bea, que era casi lo único a lo que se podían agarrar, junto con Toni.
–Es un milagro que saliéramos vivas de allí –continuó Bea–, y tú dices que debimos darles una oportunidad. ¿Oportunidad para qué, para que siguieran durante el día la juerga que se habían montado por la noche?
Un nuevo silencio. Un nuevo instante que no invitaba a la reflexión sosegada porque los recuerdos llegaban con demasiada fuerza, con demasiado dolor aún.
–¿Y que me dices de Toni y de la paliza que se llevó por intentar protegernos? Por favor, si apenas es un chaval aún, y tiene que actuar como si fuera ya un verdadero hombre hecho y derecho… ¿Sabías que ha tenido que matar, y no solo a un montón de muertos? Es trágico, verdad, pero es la puta realidad –Bea respiraba entrecortadamente, se había vuelto a acalorar, a pesar del gélido ambiente en el interior de la cripta, que las mantas que los vascos les proporcionaron a duras penas lograba mitigar–. ¿Sabías que yo también he matado gente?
–Lo siento, Bea, de verdad que lo siento…, pero tenía remordimientos, los dejamos allí dentro, sin armas… esperando que el sargento regresara… ¡Dios mío, es horrible!
Los sollozos de Vicky resbalaban por la piedra de las gruesas columnas de la cripta hasta llegar al suelo convertidos en lánguidas lenguas saladas que se perdían entre las rendijas del enlosado.
–Claro que es horrible. Hemos hecho cosas terribles estos últimos días. Vosotras mismas, ¿acaso no os habéis visto obligadas a comer carne humana para seguir vivas, para ver amanecer el día siguiente? ¿Eso no es horrible?
–Por favor, Bea… no quiero recordarlo… teníamos tanta hambre, tanto miedo…
Vicky lloraba ahora sin poderlo evitar, sin disimulos, abiertamente. Los remordimientos que sufría eran por más de un motivo, por más de uno... Bea prosiguió.
–…es horrible, Vicky, lo es. Todo lo que está pasando lo es, pero todo lo hacemos para sobrevivir, ¿no?, no para divertirnos, ni para entretenernos… y esos hijos de la gran puta no. Ellos lo hacían solo por placer, por joder, para disfrutar ellos, solo ellos, ¿eso es justo? –Bea miraba hacia donde estaba Vicky, de la que solamente apreciaba con cierta claridad el contorno que se recortaba contra la pared en sombras, sombra a su vez–. ¿Lo es?
El camastro de al lado crujió con un ruido apagado que delataba un cuerpo moviéndose encima. Toni se había despertado. Las pesadillas eran tan intensas y la tensión tanta, que el estado de alerta se prolongaba en el joven hasta más allá del sueño, provocándole una semivigilia casi permanente. Se parecía, entonces, a los delfines, que son capaces de desconectar alternativamente un hemisferio cerebral al tiempo que mantienen el otro activo, para estar siempre atentos…
–¿Está todo bien?
Ninguna de las dos mujeres le contestó. Toni oía los sollozos de Vicky y la respiración agitada de Bea, pero se habían callado ambas en cuanto le oyeron hablar a él.
–¿Chicas? –insistió.
–No pasa nada, Toni, vuélvete a dormir…
Toni no se quedó conforme en absoluto. Conocía a Bea, y el tono de su voz no reflejaba ninguna tranquilidad, al contrario, parecía agitada, nerviosa.
–Creo que sí que pasa…
–Solo estábamos hablando, de verdad…
–¿De qué?
–De nada, de lo que haremos, de los niños…
El chico, lejos de tranquilizarse, cada vez se impacientaba más. Si era verdad que algunas personas sabían mentir con descaro y sin disimulo, desde luego Bea no pertenecía a ese gremio. Toni apenas había captado la parte final de la conversación, pero no creía que hablaran del futuro, precisamente.
–Es culpa mía –intervino Vicky, restregándose los ojos y la nariz con una mano para enjugar lágrimas y mocos al mismo tiempo–, no tenía que haber dicho nada…
De nuevo el silencio, los sollozos de la joven madre, la ansiedad de la espera del chaval que se había tenido que convertir en hombre en una escuela de gran dureza, y la voz rota, entrecortada, de la enfermera que tenía que asumir su papel de líder.
–Toni, Toni… ¡Ojalá no hubieras ido a los vestuarios! ¡Ojalá me hubieras dejado allí un poco más…!, solo el tiempo necesario para ver cómo se reanimaba el hijoputa… para poder matarlo otra vez…


No hay comentarios:

Publicar un comentario