Tan
pronto como pisó el acelerador, Bea percibió con el rabillo del ojo algo raro
en el edificio situado a su derecha, que se abría a la plaza en la esquina
opuesta a la Academia de Caballería. Detuvo el todoterreno en seco, clavándolo
en la nieve tras haber recorrido apenas medio metro, provocando un respingo por
parte de Toni.
Una mujer
agitaba los brazos en uno de los balcones del quinto piso, tratando de llamar
su atención… o quizá intentando protegerse, porque, junto a la figura que
desesperadamente braceaba, pronto pudieron ver otras que surgieron del interior.
Toni salió inmediatamente del coche, agarrando el fusil de asalto. Echándoselo
a la cara, apuntó hacia arriba, tratando de fijar el blanco. Pero era inútil.
No podía arriesgarse a disparar desde esa distancia. Ni lograba enfocar adecuadamente
el objetivo, ni tenía la necesaria destreza, ni su puntería era de fiar…
Entonces,
una de las figuras saltó desde el balcón, arrastrando tras de sí a otras dos,
mientras varias más permanecían, desconcertadas, arriba. Tras una caída que
apenas duró un segundo, pero que a Toni y a Bea les pareció desarrollarse a
cámara lenta, los tres cuerpos golpearon contra el suelo, hundiéndose
blandamente en la nieve, que no logró amortiguar lo bastante el tremendo impacto.
Los jóvenes se aproximaron muy despacio, apuntando con los fusiles hacia la
montonera que se había formado en la acera. Según sus cálculos, uno de ellos,
una mujer, estaba viva cuando saltó al vacío, en tanto los dos restantes,
hombres, eran sin duda deambulantes, a juzgar por su horrible aspecto. No
tardaron en verificarlo. Los dos sujetos comenzaron a revolverse en el suelo.
Seguían vivos a pesar del tremendo
impacto. Uno logró incorporarse, aunque la nieve dificultaba sus movimientos.
El otro, en cambio, movía los brazos, nadando en el suelo, sin levantarse… Probablemente
se había partido la columna…
Pero la
mujer que había saltado seguía inmóvil, muerta… ¿por qué no se levantaba, por
qué no resucitaba, como Toni había visto ya demasiadas veces desde que aquella
pesadilla comenzó? No pudo perder demasiado tiempo en ese inquietante
pensamiento: el muerto se le echaba encima, a pesar de la nieve, a pesar de
todo… Le apuntó a la cabeza… Un disparo solitario, un cráneo que se abre, un
cuerpo que cae, un muerto más, un muerto menos… Ni siquiera se ocupó de rematar
al que permanecía entre la nieve, braceando y babeando. Entonces, un hombre sospechosamente
gordo para los tiempos que corrían, salió gritando del portal del mismo
edificio… Se detuvo en seco en mitad de la acera, frente a los dos fusiles de
asalto que tenía frente a su cara.
Dos
detonaciones sonaron prácticamente al mismo tiempo. Bea y Toni habían disparado
al unísono tan pronto como el tipo gordo se paró. Tras él, dos muertos cayeron
sobre la nieve con la cabeza perforada por las balas de grueso calibre. Los
jóvenes siguieron apuntando, pero no parecía que hubiera más deambulantes, de
momento. El gordo tiritaba de los pies a la cabeza. Pero no de frío. El miedo
se mezclaba con el aumento de su ritmo cardiaco debido a la huida, y provocaba
temblores que agitaban todo su voluminoso cuerpo…
–¡Por
favor… no disparen… no estoy muerto!
Toni, sin
dejar de apuntar hacia el portal de entrada del edificio por el que habían
aparecido los tres últimos sujetos, señaló en esa dirección con un movimiento
del cañón de su arma.
–¿Queda
alguien vivo?
El gordo
miró al joven con cara de incomprensión. No se daba cuenta de lo que le
preguntaba o disimulaba demasiado bien. Toni, en esos momentos, no sabía qué
pensar exactamente.
–Sí, sí…
Berta se quedó arriba, no pudo salir del piso… ¿Podemos subir a por ella?
–¿Esa es
Berta?
Solo
entonces, cuando Toni señaló hacia el cuerpo que estaba tendido en la nieve, el
hombre pareció comprender todo el sentido de la pregunta. Miró el cadáver de la
mujer, junto al cual el deambulante con la columna partida seguía inútilmente
agitando los brazos, y rompió a llorar.
–¡Berta,
Dios mío, Berta, mi pobre hija…! –pasó del dolor a la ira tan rápidamente que
los dos jóvenes no pudieron hacer nada para impedirle consumar su triste
venganza, porque, de pronto, sin poder controlarse, se acercó a los dos cuerpos
caídos y comenzó a darle patadas al muerto, mientras gritaba–. ¡Maldito cabrón,
maldito…!
Siguió
pateando al deambulante hasta que dejó de moverse, hasta que su cabeza no fue
más que una masa sanguinolenta tan irreconocible que nadie habría podido
afirmar que una vez fue algo humano. Solo entonces, convencido de haber matado al muerto, el hombre gordo
cesó en su frenético golpear, jadeante, inclinando su enorme humanidad hacia delante,
con las manos apoyadas sobre las rodillas flexionadas, soportando su grave
peso.
Toni se
volvió hacia Bea. Ambos habían permanecido, durante todo el rato que duró el
violento acceso de rabia del tipo gordo, inmóviles, incluso, en realidad, relajados
tras la tensión acumulada.
–¿Qué,
buscamos más supervivientes?
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