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lunes, 16 de junio de 2014

Tercera parte. Uno. 3

Tan pronto como pisó el acelerador, Bea percibió con el rabillo del ojo algo raro en el edificio situado a su derecha, que se abría a la plaza en la esquina opuesta a la Academia de Caballería. Detuvo el todoterreno en seco, clavándolo en la nieve tras haber recorrido apenas medio metro, provocando un respingo por parte de Toni.
Una mujer agitaba los brazos en uno de los balcones del quinto piso, tratando de llamar su atención… o quizá intentando protegerse, porque, junto a la figura que desesperadamente braceaba, pronto pudieron ver otras que surgieron del interior. Toni salió inmediatamente del coche, agarrando el fusil de asalto. Echándoselo a la cara, apuntó hacia arriba, tratando de fijar el blanco. Pero era inútil. No podía arriesgarse a disparar desde esa distancia. Ni lograba enfocar adecuadamente el objetivo, ni tenía la necesaria destreza, ni su puntería era de fiar…
Entonces, una de las figuras saltó desde el balcón, arrastrando tras de sí a otras dos, mientras varias más permanecían, desconcertadas, arriba. Tras una caída que apenas duró un segundo, pero que a Toni y a Bea les pareció desarrollarse a cámara lenta, los tres cuerpos golpearon contra el suelo, hundiéndose blandamente en la nieve, que no logró amortiguar lo bastante el tremendo impacto. Los jóvenes se aproximaron muy despacio, apuntando con los fusiles hacia la montonera que se había formado en la acera. Según sus cálculos, uno de ellos, una mujer, estaba viva cuando saltó al vacío, en tanto los dos restantes, hombres, eran sin duda deambulantes, a juzgar por su horrible aspecto. No tardaron en verificarlo. Los dos sujetos comenzaron a revolverse en el suelo. Seguían vivos a pesar del tremendo impacto. Uno logró incorporarse, aunque la nieve dificultaba sus movimientos. El otro, en cambio, movía los brazos, nadando en el suelo, sin levantarse… Probablemente se había partido la columna…
Pero la mujer que había saltado seguía inmóvil, muerta… ¿por qué no se levantaba, por qué no resucitaba, como Toni había visto ya demasiadas veces desde que aquella pesadilla comenzó? No pudo perder demasiado tiempo en ese inquietante pensamiento: el muerto se le echaba encima, a pesar de la nieve, a pesar de todo… Le apuntó a la cabeza… Un disparo solitario, un cráneo que se abre, un cuerpo que cae, un muerto más, un muerto menos… Ni siquiera se ocupó de rematar al que permanecía entre la nieve, braceando y babeando. Entonces, un hombre sospechosamente gordo para los tiempos que corrían, salió gritando del portal del mismo edificio… Se detuvo en seco en mitad de la acera, frente a los dos fusiles de asalto que tenía frente a su cara.
Dos detonaciones sonaron prácticamente al mismo tiempo. Bea y Toni habían disparado al unísono tan pronto como el tipo gordo se paró. Tras él, dos muertos cayeron sobre la nieve con la cabeza perforada por las balas de grueso calibre. Los jóvenes siguieron apuntando, pero no parecía que hubiera más deambulantes, de momento. El gordo tiritaba de los pies a la cabeza. Pero no de frío. El miedo se mezclaba con el aumento de su ritmo cardiaco debido a la huida, y provocaba temblores que agitaban todo su voluminoso cuerpo…
–¡Por favor… no disparen… no estoy muerto!
Toni, sin dejar de apuntar hacia el portal de entrada del edificio por el que habían aparecido los tres últimos sujetos, señaló en esa dirección con un movimiento del cañón de su arma.
–¿Queda alguien vivo?
El gordo miró al joven con cara de incomprensión. No se daba cuenta de lo que le preguntaba o disimulaba demasiado bien. Toni, en esos momentos, no sabía qué pensar exactamente.
–Sí, sí… Berta se quedó arriba, no pudo salir del piso… ¿Podemos subir a por ella?
–¿Esa es Berta?
Solo entonces, cuando Toni señaló hacia el cuerpo que estaba tendido en la nieve, el hombre pareció comprender todo el sentido de la pregunta. Miró el cadáver de la mujer, junto al cual el deambulante con la columna partida seguía inútilmente agitando los brazos, y rompió a llorar.
–¡Berta, Dios mío, Berta, mi pobre hija…! –pasó del dolor a la ira tan rápidamente que los dos jóvenes no pudieron hacer nada para impedirle consumar su triste venganza, porque, de pronto, sin poder controlarse, se acercó a los dos cuerpos caídos y comenzó a darle patadas al muerto, mientras gritaba–. ¡Maldito cabrón, maldito…!
Siguió pateando al deambulante hasta que dejó de moverse, hasta que su cabeza no fue más que una masa sanguinolenta tan irreconocible que nadie habría podido afirmar que una vez fue algo humano. Solo entonces, convencido de haber matado al muerto, el hombre gordo cesó en su frenético golpear, jadeante, inclinando su enorme humanidad hacia delante, con las manos apoyadas sobre las rodillas flexionadas, soportando su grave peso.
Toni se volvió hacia Bea. Ambos habían permanecido, durante todo el rato que duró el violento acceso de rabia del tipo gordo, inmóviles, incluso, en realidad, relajados tras la tensión acumulada.
–¿Qué, buscamos más supervivientes?

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