Bea se
puso al volante, apretando a Sara a su lado, rodeándola con su brazo derecho,
protegiéndola... Tras hacerse cargo de su fusil, el de Malasaña sujetó por el
brazo a Campos para conducirlo hasta el blindado, pero se detuvo de repente.
–¿Sabes
usarla? –Toni señaló, a través de la ventanilla, la voluminosa emisora de radio
que habían cogido del cuerpo de guardia, y que reposaba en el asiento de atrás
del todoterreno. El soldado asintió, incorporándose y limpiándose los mocos con
la manga de su chaqueta de camuflaje, que lo camuflaba todo...
–Claro…
pero de poco os va a servir aquí: en la Academia funcionaba alimentada por un
panel solar… De todas formas, el Rebeco
está equipado con radio…
–¿El Rebeco? ¿Qué es eso? –preguntó Toni.
–Ese
vehículo que tenéis ahí… –el soldado hizo un gesto con la cabeza en dirección
al blindado que estaba ocupado por las mujeres y los niños, del que Toni había
pensado, desde que lo vio aparecer el día anterior en la calle Muro, que era un
Hummer, el famoso vehículo militar norteamericano que salía en las películas;
Campos le explicó que así era como coloquialmente llamaban al blindado Uro VAMTAC (vehículo de alta movilidad
táctica).
Las dos
mujeres esperaban sentadas en la parte delantera del vehículo. Los pequeños estaban
detrás. Toni se detuvo, con la mano en la manilla de la puerta trasera.
–¿Qué
sabes del mensaje de radio?
El soldado
no se sorprendió por la pregunta. Era como si en realidad la hubiera estado
esperando desde el principio.
–Llevamos
semanas recibiendo esa señal… Pero nunca hemos podido contactar con ellos, es
como si fuera un mensaje grabado, automático. El mando planeó incluso enviar
una patrulla hasta Vitoria para ver qué había de cierto, pero las circunstancias no nos permitían
abandonar la Zona de Evacuación con un mínimo de garantías…
Toni se
quedó pensativo un momento. Por fin, tras mirar a su alrededor, terminó de
abrir la puerta del Rebeco para que
Campos subiera. Pero le advirtió, con media sonrisa irónica dibujada en su
rostro.
–Yo en tu
lugar tendría cuidado con estas dos: no están muertas, pero también les gusta
la carne fresca…
Volvió muy
despacio hacia el coche. La nieve cedía blandamente bajo su peso, aunque no era
fácil caminar sobre ella. Sus piernas se hundían hasta la parte alta de la caña
de las botas, dificultando los movimientos. Miró una vez más a su alrededor,
hacia la entrada del parque, a lo alto de los edificios, a las ventanas
silenciosas... ¿No había nadie vivo? Una vez que se hubo acomodado en el
todoterreno, Toni permaneció callado, esperando a que Bea hablara. Sabía que
iba a decir algo. Y no se equivocó.
–¿Qué hay
de lo de la radio?
–Humo… Dice el tal Campos que parece un mensaje automático, de un supuesto centro de
control de operaciones en Vitoria, pero que no lograron establecer
comunicación… –se calló, mirando a la joven fijamente, aguardando…
Bea miraba
a través del parabrisas, hacia la lejanía. No esperaba encontrar
supervivientes. Al menos, no allí, en Valladolid. A ella le parecía que la
ciudad ya había ofrecido cuanto podía, y no había sido gran cosa, la verdad.
Tenían que marcharse, pero, ¿adónde? Sin referencias seguras, cualquier lugar
era bueno. O malo. Imposible saberlo hasta llegar a donde quiera que fueran. Luego,
consciente de que Toni tenía la vista fijada sobre ella, giró levemente la
cabeza hacia el joven.
–Admito
sugerencias…
Toni se
encontraba justamente donde no quería: en medio de una situación inexplicable,
imposible de predecir, teniendo que tomar decisiones para las que no estaba
preparado, y que afectarían no solo a su futuro sino a la vida de otros. Era demasiada
responsabilidad. Él se las sabía arreglar solo, pero no era lo mismo, en absoluto.
–No sé,
Bea, solo soy un crío… –esbozó una amplia sonrisa irónica, medio fingida medio sincera, en su
rostro ciertamente aniñado, sobre el que una incipiente sombra oscura perfilaba
el contorno de la barba que brotaba imperceptiblemente–. Vitoria no suena mal,
pero me da mal rollo que pueda haber allí otro nido de putos militares sádicos...
Además, no conozco Vitoria…
–Yo sí
–Bea arrancó el todoterreno con un gesto de rabia.
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