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sábado, 14 de junio de 2014

Tercera parte. Uno. 2

Bea se puso al volante, apretando a Sara a su lado, rodeándola con su brazo derecho, protegiéndola... Tras hacerse cargo de su fusil, el de Malasaña sujetó por el brazo a Campos para conducirlo hasta el blindado, pero se detuvo de repente.
–¿Sabes usarla? –Toni señaló, a través de la ventanilla, la voluminosa emisora de radio que habían cogido del cuerpo de guardia, y que reposaba en el asiento de atrás del todoterreno. El soldado asintió, incorporándose y limpiándose los mocos con la manga de su chaqueta de camuflaje, que lo camuflaba todo...
–Claro… pero de poco os va a servir aquí: en la Academia funcionaba alimentada por un panel solar… De todas formas, el Rebeco está equipado con radio…
–¿El Rebeco? ¿Qué es eso? –preguntó Toni.
–Ese vehículo que tenéis ahí… –el soldado hizo un gesto con la cabeza en dirección al blindado que estaba ocupado por las mujeres y los niños, del que Toni había pensado, desde que lo vio aparecer el día anterior en la calle Muro, que era un Hummer, el famoso vehículo militar norteamericano que salía en las películas; Campos le explicó que así era como coloquialmente llamaban al blindado Uro VAMTAC (vehículo de alta movilidad táctica).
Las dos mujeres esperaban sentadas en la parte delantera del vehículo. Los pequeños estaban detrás. Toni se detuvo, con la mano en la manilla de la puerta trasera.
–¿Qué sabes del mensaje de radio?
El soldado no se sorprendió por la pregunta. Era como si en realidad la hubiera estado esperando desde el principio.
–Llevamos semanas recibiendo esa señal… Pero nunca hemos podido contactar con ellos, es como si fuera un mensaje grabado, automático. El mando planeó incluso enviar una patrulla hasta Vitoria para ver qué había de cierto, pero las circunstancias no nos permitían abandonar la Zona de Evacuación con un mínimo de garantías…
Toni se quedó pensativo un momento. Por fin, tras mirar a su alrededor, terminó de abrir la puerta del Rebeco para que Campos subiera. Pero le advirtió, con media sonrisa irónica dibujada en su rostro.
–Yo en tu lugar tendría cuidado con estas dos: no están muertas, pero también les gusta la carne fresca…
Volvió muy despacio hacia el coche. La nieve cedía blandamente bajo su peso, aunque no era fácil caminar sobre ella. Sus piernas se hundían hasta la parte alta de la caña de las botas, dificultando los movimientos. Miró una vez más a su alrededor, hacia la entrada del parque, a lo alto de los edificios, a las ventanas silenciosas... ¿No había nadie vivo? Una vez que se hubo acomodado en el todoterreno, Toni permaneció callado, esperando a que Bea hablara. Sabía que iba a decir algo. Y no se equivocó.
–¿Qué hay de lo de la radio?
–Humo… Dice el tal Campos que parece un mensaje automático, de un supuesto centro de control de operaciones en Vitoria, pero que no lograron establecer comunicación… –se calló, mirando a la joven fijamente, aguardando…
Bea miraba a través del parabrisas, hacia la lejanía. No esperaba encontrar supervivientes. Al menos, no allí, en Valladolid. A ella le parecía que la ciudad ya había ofrecido cuanto podía, y no había sido gran cosa, la verdad. Tenían que marcharse, pero, ¿adónde? Sin referencias seguras, cualquier lugar era bueno. O malo. Imposible saberlo hasta llegar a donde quiera que fueran. Luego, consciente de que Toni tenía la vista fijada sobre ella, giró levemente la cabeza hacia el joven.
–Admito sugerencias…
Toni se encontraba justamente donde no quería: en medio de una situación inexplicable, imposible de predecir, teniendo que tomar decisiones para las que no estaba preparado, y que afectarían no solo a su futuro sino a la vida de otros. Era demasiada responsabilidad. Él se las sabía arreglar solo, pero no era lo mismo, en absoluto.
–No sé, Bea, solo soy un crío… –esbozó una amplia sonrisa irónica, medio fingida medio sincera, en su rostro ciertamente aniñado, sobre el que una incipiente sombra oscura perfilaba el contorno de la barba que brotaba imperceptiblemente–. Vitoria no suena mal, pero me da mal rollo que pueda haber allí otro nido de putos militares sádicos... Además, no conozco Vitoria…
–Yo sí –Bea arrancó el todoterreno con un gesto de rabia.


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