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jueves, 12 de junio de 2014

Tercera parte. Uno. 1

–¿Por qué tanta prisa, Toni? Nadie nos persigue. Deberíamos dar una vuelta a ver si hay gente viva por aquí…
Se habían detenido en medio de la plaza Zorrilla. Ya no nevaba, pero una densa capa blanca lo cubría todo, absolutamente todo. Toni hizo un gesto circular con su brazo, abarcando toda la amplitud de la plaza, en la que solo unas pocas manchas apenas pardas, cubiertas en gran parte de nieve, delataban a varios deambulantes incapaces de avanzar, con las piernas semienterradas en la nieve.
–¿Ves? Vacío… Así que no creo que sea buena idea meterse en ningún sitio a rebuscar…
–¿Y ése? –Bea señalaba con el brazo extendido a la figura que se dirigía con dificultad hacia ellos desde el otro lado de la plaza. Toni agarró el mango del hacha instintivamente. Poco a poco, el muerto fue acercándose, agrandando su contorno, definiéndose más y más… solo que no era un muerto…
–¿Campos? –preguntó Toni cuando el sujeto estuvo a tiro de hacha.
El soldado se paró, renqueante. Tenía el uniforme salpicado de sangre reciente, y su fusil colgaba de manera descuidada del hombro izquierdo. Pero no parecía herido, de modo que la sangre no sería suya...
–Síííí… –miró a los dos jóvenes, que le aguardaban pie a tierra, tras bajarse del todoterreno, y levantó la vista por encima de ellos, dirigiendo una mirada inquisitiva al vehículo militar que aguardaba detrás–. ¿Qué pasa aquí? ¿Cómo sabéis mi nombre?
Bea le encañonó entonces con el fusil que llevaba al brazo. Su expresión no albergaba duda alguna acerca de la firmeza de su decisión, fuera la que fuera.
–¿A ti qué te parece?
El soldado Campos hizo un imperceptible ademán de empuñar su arma, pero el leve cabeceo de la enfermera consiguió que el gesto se congelara apenas iniciado. Supo leer en sus ojos que si hacía eso no le quedaban ni dos segundos de vida. Al menos en este mundo…
–¿Dónde están los demás? –aún se atrevió a preguntar.
Durante un instante, se habría podido predecir el desenlace del encuentro. Toni, al menos, habría podido decirlo. No conocía al soldado, pero sí a Bea. Y sabía que no bromeaba nunca. La enfermera respondió con una sola palabra, arrastrándola desde lo más profundo de sus entrañas hasta la línea delgada que formaban sus labios, escupiéndola.
–Muertos…
Toni, intentando que aquello no acabara mal, desvió la atención hacia un objetivo más inmediato y pragmático. Daba igual si aquel soldado era un buen tipo, y poco importaba que no hubiera participado en la bárbara violación masiva de la noche anterior. Vestía como un militar, era un militar, y parecía querer comportarse como un militar, reteniendo el control de la situación entre un grupo de civiles aunque no fuera capaz ni de controlarse él mismo, si debía hacer caso a lo que le dijo Fiti un rato antes. Y todo eso estaba, en esos precisos instantes, dando vueltas a velocidad vertiginosa en la cabeza de Bea, quien, imperceptiblemente, movía su dedo índice adelante y atrás sobre el sensible gatillo del HK.
–¿No te habías largado a Palencia?
Campos se había dado perfecta cuenta del riesgo inminente que corría su vida. Aquella puta enfermera tenía más peligro que una docena de muertos encerrados en una habitación a solas con uno… Relajó los músculos, y respondió a Toni.
–No…, no sé qué me pasó. ¿Sabes?, yo no quería haceros ningún daño…
–…pero tampoco nos ayudaste mucho, ¿verdad? –Bea había completado la frase indecisa del soldado.
De nuevo, un silencio tenso. El soldado sabía que su vida muy probablemente dependiera de que pronunciara las palabras adecuadas, de que respondiera lo que esa chica con cara de loca esperaba oír, aunque no supiera exactamente qué era… Miró suplicante a Toni, como si el chaval guardara el secreto de lo que fuera a pasar en los próximos instantes, pero Toni permaneció impasible. No deseaba más muertes, pero, en el fondo, le importaba una mierda que aquel pobre diablo muriera o siguiera viviendo. En eso, y aunque él no fuera a apretar el gatillo, compartía íntegramente los sentimientos y los pensamientos de Bea.
A pesar del intenso frío, y de que llevaban allí varios minutos en completa inactividad, la frente del soldado Campos, un tipo corriente que no aparentaba tener mucha más edad que el mismo Toni, se cubrió de gotitas de sudor pegajoso, un sudor que olía a miedo intenso, a supervivencia pura. Se hincó de rodillas en la nieve, soltando su fusil y su casco de combate. Entre sollozos apeló a la piedad de los jóvenes.
–¡Lo siento, lo siento mucho! ¡Yo no quería haceros daño, pero no podía enfrentarme al sargento… es un sádico, un animal que disfruta jodiendo…! Solo podía marcharme… Tenéis que entenderlo… lo siento…
Su reacción, en ese instante crucial, le salvó la vida. Bea le dirigió un último y despectivo gesto, levantó el dedo del gatillo, y se desentendió de él. Fue junto a Sara, que aguardaba dentro del todoterreno con la mirada aún perdida en la lejanía de su confusa mente. Al pasar junto a Toni, le susurró al oído.
–Desármalo…
–¿Nos lo vamos a llevar?
–Tú verás…, pero no lo quiero cerca de nosotras –señaló a Sara–. Que vaya con las mujeres y los niños… Si no es demasiado estúpido, quizá aprenda algo de ellos…


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