–¿Por qué
tanta prisa, Toni? Nadie nos persigue. Deberíamos dar una vuelta a ver si hay
gente viva por aquí…
Se habían
detenido en medio de la plaza Zorrilla. Ya no nevaba, pero una densa capa
blanca lo cubría todo, absolutamente todo. Toni hizo un gesto circular con su
brazo, abarcando toda la amplitud de la plaza, en la que solo unas pocas
manchas apenas pardas, cubiertas en gran parte de nieve, delataban a varios
deambulantes incapaces de avanzar, con las piernas semienterradas en la nieve.
–¿Ves?
Vacío… Así que no creo que sea buena idea meterse en ningún sitio a rebuscar…
–¿Y ése?
–Bea señalaba con el brazo extendido a la figura que se dirigía con dificultad
hacia ellos desde el otro lado de la plaza. Toni agarró el mango del hacha
instintivamente. Poco a poco, el muerto fue acercándose, agrandando su
contorno, definiéndose más y más… solo que no era un muerto…
–¿Campos?
–preguntó Toni cuando el sujeto estuvo a
tiro de hacha.
El soldado
se paró, renqueante. Tenía el uniforme salpicado de sangre reciente, y su fusil
colgaba de manera descuidada del hombro izquierdo. Pero no parecía herido, de modo que
la sangre no sería suya...
–Síííí…
–miró a los dos jóvenes, que le aguardaban pie a tierra, tras bajarse del
todoterreno, y levantó la vista por encima de ellos, dirigiendo una mirada
inquisitiva al vehículo militar que aguardaba detrás–. ¿Qué pasa aquí? ¿Cómo
sabéis mi nombre?
Bea le
encañonó entonces con el fusil que llevaba al brazo. Su expresión no albergaba
duda alguna acerca de la firmeza de su decisión, fuera la que fuera.
–¿A ti qué
te parece?
El soldado
Campos hizo un imperceptible ademán de empuñar su arma, pero el leve cabeceo de
la enfermera consiguió que el gesto se congelara apenas iniciado. Supo leer en
sus ojos que si hacía eso no le quedaban ni dos segundos de vida. Al menos en
este mundo…
–¿Dónde
están los demás? –aún se atrevió a preguntar.
Durante un
instante, se habría podido predecir el desenlace del encuentro. Toni, al menos,
habría podido decirlo. No conocía al soldado, pero sí a Bea. Y sabía que no
bromeaba nunca. La enfermera respondió con una sola palabra, arrastrándola
desde lo más profundo de sus entrañas hasta la línea delgada que formaban sus
labios, escupiéndola.
–Muertos…
Toni,
intentando que aquello no acabara mal, desvió la atención hacia un objetivo más
inmediato y pragmático. Daba igual si aquel soldado era un buen tipo, y poco
importaba que no hubiera participado en la bárbara violación masiva de la noche
anterior. Vestía como un militar, era un militar, y parecía querer comportarse
como un militar, reteniendo el control de la situación entre un grupo de
civiles aunque no fuera capaz ni de controlarse él mismo, si debía hacer caso a
lo que le dijo Fiti un rato antes. Y
todo eso estaba, en esos precisos instantes, dando vueltas a velocidad
vertiginosa en la cabeza de Bea, quien, imperceptiblemente, movía su dedo índice
adelante y atrás sobre el sensible gatillo del HK.
–¿No te
habías largado a Palencia?
Campos se
había dado perfecta cuenta del riesgo inminente que corría su vida. Aquella
puta enfermera tenía más peligro que una docena de muertos encerrados en una
habitación a solas con uno… Relajó los músculos, y respondió a Toni.
–No…, no
sé qué me pasó. ¿Sabes?, yo no quería haceros ningún daño…
–…pero
tampoco nos ayudaste mucho, ¿verdad? –Bea había completado la frase indecisa
del soldado.
De nuevo, un
silencio tenso. El soldado sabía que su vida muy probablemente dependiera de
que pronunciara las palabras adecuadas, de que respondiera lo que esa chica con
cara de loca esperaba oír, aunque no supiera exactamente qué era… Miró
suplicante a Toni, como si el chaval guardara el secreto de lo que fuera a pasar
en los próximos instantes, pero Toni permaneció impasible. No deseaba más
muertes, pero, en el fondo, le importaba una mierda que aquel pobre diablo
muriera o siguiera viviendo. En eso, y aunque él no fuera a apretar el gatillo,
compartía íntegramente los sentimientos y los pensamientos de Bea.
A pesar
del intenso frío, y de que llevaban allí varios minutos en completa
inactividad, la frente del soldado Campos, un tipo corriente que no aparentaba
tener mucha más edad que el mismo Toni, se cubrió de gotitas de sudor pegajoso,
un sudor que olía a miedo intenso, a supervivencia pura. Se hincó de rodillas
en la nieve, soltando su fusil y su casco de combate. Entre sollozos apeló a la
piedad de los jóvenes.
–¡Lo
siento, lo siento mucho! ¡Yo no quería haceros daño, pero no podía enfrentarme
al sargento… es un sádico, un animal que disfruta jodiendo…! Solo podía
marcharme… Tenéis que entenderlo… lo siento…
Su
reacción, en ese instante crucial, le salvó la vida. Bea le dirigió un último y
despectivo gesto, levantó el dedo del gatillo, y se desentendió de él. Fue
junto a Sara, que aguardaba dentro del todoterreno con la mirada aún perdida en
la lejanía de su confusa mente. Al pasar junto a Toni, le susurró al oído.
–Desármalo…
–¿Nos lo
vamos a llevar?
–Tú
verás…, pero no lo quiero cerca de nosotras –señaló a Sara–. Que vaya con las
mujeres y los niños… Si no es demasiado estúpido, quizá aprenda algo de ellos…
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