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sábado, 28 de junio de 2014

Tercera parte. Tres. 2

El grito, agudísimo, retumbó en todo el local, rebotando contra la inmensa cristalera de la fachada, a través de la cual se filtraba ya la incipiente claridad de un nuevo día, el noventa y dos. Toni abrió los ojos, sin saber si el alarido realmente había sonado en sus oídos o solo en el interior de su cerebro, fruto de alguna pesadilla de la que todavía no estaba seguro de haberse despertado. Cuando puedo enfocar correctamente su visión binocular, vio a Bea, que corría hacia un lateral del recinto, al fondo, detrás de la barra… Los demás acababan de despertarse sobresaltados, lo mismo que él, y permanecían inmóviles en su sitio.
Toni se levantó de un salto, agarrando con fuerza lo que se le vino a la mano cuando se incorporó: el hacha. No quería por nada del mundo dejar sola a Bea ante lo que fuera que pasara. Volcó tres sillas que estaban en su camino, y llegó resbalando por el sucio suelo hasta la puerta del baño de señoras, de donde había surgido el escalofriante grito.
Bea ya estaba allí, tapando con su cuerpo el de la mujer, e interponiendo el fusil entre ambas y la muerta que pugnaba por agarrar algo que llevarse a la boca. Era una deambulante de buen aspecto, saludable, incluso, porque apenas estaba estropeada a pesar de los meses que debía de llevar infectada… Pero sus fauces desmesuradamente abiertas y la fetidez y negrura que salían de ellas no dejaban lugar a dudas: quería comer. Bea logró introducir por fin el cañón de su HK en el oscuro agujero que era la boca de la muerta, y ya se disponía a apretar el gatillo, pero Toni le sujetó la mano antes de que pudiera disparar.
–¡Aguanta… un segundo!
El tremendo hachazo partió el hueso frontal de la muerta en lo que parecieron dos mitades de un melón, entre las cuales quedó incrustada el hacha del joven, que se vio obligado a soltarla mientras el enorme cuerpo del monstruo se desplomaba al suelo. Solo después, con gran esfuerzo y haciendo presión con ambos pies sobre el cráneo abierto, pudo Toni desencajar el arma
La mujer temblaba como un cachorro expuesto a la intemperie. Se abrazó a Bea, quien no sabía si consolarla o recriminarla por la estupidez que había hecho al ir al baño sola, sin avisar a nadie. Finalmente, tuvo que pasarle el brazo por los hombros para tratar de tranquilizarla. Toni limpiaba el filo del hacha en las ropas de la muerta.
–Es mejor sin ruido, ¿no te parece?
Bea asintió, mientras salía del baño, acompañando a la temblorosa mujer. Al verlas, la otra mujer se apresuró a ir junto a ellas.
–Cristina… ¿estás bien?
Bueno, para algo había servido la imprudencia de la mujer. Al menos, ahora sabía su nombre. Bea pensaba que, en realidad, no le importaba gran cosa saberlo o no. De hecho, no le había preguntado a ninguna de las personas que estaban allí cómo se llamaban. Tampoco Toni lo había hecho, ahora que recordaba. Ni ellas. Llevaban dos días juntos y ni siquiera unos sabían el nombre de los otros, a excepción de ellos tres, claro, es decir, ella misma, Sara y Toni. Bueno, suponía que las mujeres y los niños también conocían sus respectivos nombres, ya que habían comido juntos al menos varios días.
Toni inspeccionó rápidamente el resto de puertas del local, para evitar sorpresas, incluyendo el baño de hombres. Una de ellas conducía, a través de un pasillo, a la zona de habitaciones. No se molestó en adentrarse allí, y solo se aseguró de que la puerta estaba bien cerrada. Aplicó la oreja a la hoja, y le llegó nítidamente lo que identificó sin duda alguna como gemidos. Volvió a comprobar la puerta.
–Hay deambulantes aquí dentro. Bastantes, creo…
–Ahí están bien –contestó Bea–. No tengo ninguna intención de molestarlos…
Se dirigió al grupo de supervivientes, intentando darles sensación de tranquilidad. No sabía si lo lograba, pero lo intentaba con todas sus fuerzas, de eso estaba segura. Con todo, creyó, por las expresiones de sus rostros, que algo de serenidad sí les transmitía. Al menos no vio la histeria asomando a los ojos de ninguno… Toni, mientras, se había acercado a la puerta del local. Recogió su fusil y salió, para inspeccionar el aparcamiento. En un par de coches había muertos, que luchaban inútilmente por salir. Seguro que se habían despertado con el grito de la pobre Cristina… Al otro lado de la explanada vio abrirse la puerta de un camión. Después, un cuerpo cayó al suelo. Toni lo seguía atentamente con la mirada. El muerto pugnó con sus propios brazos y piernas, que se habían enredado de manera inverosímil, y logró incorporarse. Uno de los brazos le colgaba en una posición imposible. «Está roto», dedujo el joven. Comenzó a caminar con dificultad hacia donde Toni estaba. El chaval preparó el hacha.

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