El grito,
agudísimo, retumbó en todo el local, rebotando contra la inmensa cristalera de
la fachada, a través de la cual se filtraba ya la incipiente claridad de un
nuevo día, el noventa y dos. Toni abrió los ojos, sin saber si el alarido realmente
había sonado en sus oídos o solo en el interior de su cerebro, fruto de alguna
pesadilla de la que todavía no estaba seguro de haberse despertado. Cuando
puedo enfocar correctamente su visión binocular, vio a Bea, que corría hacia un
lateral del recinto, al fondo, detrás de la barra… Los demás acababan de
despertarse sobresaltados, lo mismo que él, y permanecían inmóviles en su
sitio.
Toni se
levantó de un salto, agarrando con fuerza lo que se le vino a la mano cuando se
incorporó: el hacha. No quería por nada del mundo dejar sola a Bea ante lo que
fuera que pasara. Volcó tres sillas que estaban en su camino, y llegó
resbalando por el sucio suelo hasta la puerta del baño de señoras, de donde
había surgido el escalofriante grito.
Bea ya
estaba allí, tapando con su cuerpo el de la mujer, e interponiendo el fusil
entre ambas y la muerta que pugnaba por agarrar algo que llevarse a la boca.
Era una deambulante de buen aspecto, saludable, incluso, porque apenas estaba
estropeada a pesar de los meses que debía de llevar infectada… Pero sus fauces
desmesuradamente abiertas y la fetidez y negrura que salían de ellas no dejaban
lugar a dudas: quería comer. Bea logró introducir por fin el cañón de su HK en
el oscuro agujero que era la boca de la muerta, y ya se disponía a apretar el
gatillo, pero Toni le sujetó la mano antes de que pudiera disparar.
–¡Aguanta…
un segundo!
El
tremendo hachazo partió el hueso frontal de la muerta en lo que parecieron dos
mitades de un melón, entre las cuales quedó incrustada el hacha del joven, que
se vio obligado a soltarla mientras el enorme cuerpo del monstruo se desplomaba
al suelo. Solo después, con gran esfuerzo y haciendo presión con ambos pies
sobre el cráneo abierto, pudo Toni desencajar el arma
La mujer
temblaba como un cachorro expuesto a la intemperie. Se abrazó a Bea, quien no
sabía si consolarla o recriminarla por la estupidez que había hecho al ir al
baño sola, sin avisar a nadie. Finalmente, tuvo que pasarle el brazo por los
hombros para tratar de tranquilizarla. Toni limpiaba el filo del hacha en las
ropas de la muerta.
–Es mejor
sin ruido, ¿no te parece?
Bea
asintió, mientras salía del baño, acompañando a la temblorosa mujer. Al verlas,
la otra mujer se apresuró a ir junto a ellas.
–Cristina…
¿estás bien?
Bueno,
para algo había servido la imprudencia de la mujer. Al menos, ahora sabía su
nombre. Bea pensaba que, en realidad, no le importaba gran cosa saberlo o no.
De hecho, no le había preguntado a ninguna de las personas que estaban allí cómo
se llamaban. Tampoco Toni lo había hecho, ahora que recordaba. Ni ellas. Llevaban dos días juntos y ni siquiera unos sabían el nombre de los
otros, a excepción de ellos tres, claro, es decir, ella misma, Sara y Toni.
Bueno, suponía que las mujeres y los niños también conocían sus respectivos
nombres, ya que habían comido juntos
al menos varios días.
Toni
inspeccionó rápidamente el resto de puertas del local, para evitar sorpresas,
incluyendo el baño de hombres. Una de ellas conducía, a través de un pasillo, a
la zona de habitaciones. No se molestó en adentrarse allí, y solo se aseguró de
que la puerta estaba bien cerrada. Aplicó la oreja a la hoja, y le llegó
nítidamente lo que identificó sin duda alguna como gemidos. Volvió a comprobar
la puerta.
–Hay
deambulantes aquí dentro. Bastantes, creo…
–Ahí están
bien –contestó Bea–. No tengo ninguna intención de molestarlos…
Se dirigió
al grupo de supervivientes, intentando darles sensación de tranquilidad. No
sabía si lo lograba, pero lo intentaba con todas sus fuerzas, de eso estaba
segura. Con todo, creyó, por las expresiones de sus rostros, que algo de
serenidad sí les transmitía. Al menos no vio la histeria asomando a los ojos de
ninguno… Toni, mientras, se había acercado a la puerta del local. Recogió su
fusil y salió, para inspeccionar el aparcamiento. En un par de coches había
muertos, que luchaban inútilmente por salir. Seguro que se habían despertado con el grito de la pobre
Cristina… Al otro lado de la explanada vio abrirse la puerta de un camión.
Después, un cuerpo cayó al suelo. Toni lo seguía atentamente con la mirada. El
muerto pugnó con sus propios brazos y piernas, que se habían enredado de manera
inverosímil, y logró incorporarse. Uno de los brazos le colgaba en una posición
imposible. «Está roto», dedujo el
joven. Comenzó a caminar con dificultad hacia donde Toni estaba. El chaval
preparó el hacha.
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