Lo primero
que vieron al aproximarse fue una nave de maquinaria agrícola rodeada de un
perímetro vallado. Agrícola Labarga,
decía el enorme cartel que coronaba la fachada. No detectaron movimiento, pero,
en todo caso, estaba herméticamente cerrado, por lo que no parecía que pudiera
provenir peligro alguno de allí. Pasaron después a través de los surtidores de
la gasolinera, donde un trailer y un par de coches esperaban, insensibles al
paso del tiempo, que alguien se ocupara de ellos; uno, incluso, tenía la
manguera aún conectada a la abertura del depósito. Por la mañana comprobarían
si era posible repostar… Continuaron avanzando, muy despacio, para no molestar…
En el gran
espacio de aparcamiento frente al restaurante, solo había una docena de coches. Al otro lado de la explanada, contaron
hasta siete camiones articulados en el aparcamiento para vehículos pesados,
apenas manchas oscuras perfiladas contra la oscuridad de la noche. Bea aparcó
cerca de la entrada, pero lo más alejada que pudo del resto de coches estacionados,
que por suerte estaban agrupados en el mismo lugar. Quitó la llave del contacto
y esperó. A su lado, la mujer que conducía el Rebeco también paró el motor. No pasó nada. Si había alguien allí,
o estaba muerto del todo, o sordo.
La fachada
del edificio, completamente acristalada, reverberaba el resplandor de las
estrellas que comenzaban a cuajar el firmamento. Bea bajó del todoterreno,
empuñando el fusil con determinación. Toni la siguió. Hicieron una seña a los
demás para que esperaran. Caminaron hasta la entrada de la cafetería-restaurante.
La puerta estaba abierta, y a través de ella pudieron ver sobre el suelo una
buena capa de polvo y restos de papeles y envoltorios. Toni miró a Bea y
encendió la linterna militar que había cogido en la Academia. El chorro de luz
golpeó con dureza contra todos y cada uno de los objetos del interior del
desolado local. Sentados en sendas sillas, dos cuerpos prácticamente
momificados descansaban sus cabezas sobre la mesa, en la que las sobras de una
comida interrumpida indicaban que los acontecimientos habían tenido lugar allí
de forma rápida pero no demasiado violenta, al parecer. Un tercer cuerpo estaba
desmadejado en el suelo, al lado de la barra del bar.
Toni
inspeccionó rápidamente el resto del interior del restaurante. No encontró más
cuerpos, ni nada que en principio supusiera un peligro para el grupo. De todas
formas, pensó, solo tres muertos… No era lógico, no se correspondía con la
cantidad de coches y camiones que había fuera. Quizá hubiera más en el resto
del edificio, pero solo iban a pasar la noche, no a quedarse a vivir, por lo
que no era buena idea abrir todas las puertas que pudieran encontrar. Así lo
debió de pensar también Bea, porque dio por finalizada la inspección, y se
dirigió afuera, para tranquilizar al resto del grupo que esperaba en los vehículos.
–Podéis
bajar…
Mientras
el gordo abría con dificultad la puerta del todoterreno, convirtiendo la tarea
de salir en una proeza de magnitudes épicas, la pequeña Sara, ágilmente, se
apresuró a situarse al lado de Bea, muy pegada a ella. Había encontrado en la
enfermera, desde el primer momento en que la vio, una protectora sincera, que ahora
se había revelado hermana mayor y madre al mismo tiempo.
Las dos
mujeres salieron a su vez del blindado, seguidas por los niños. Parecían todos
tan asustados como cuando los encontraron en el bufete de la calle Muro. De
hecho, Bea se preguntaba cómo una de ellas había sido capaz de mantener la
suficiente serenidad para conducir la enorme masa de hierro, cristal y
neumáticos que era el Rebeco…
–Parece
despejado, pero de todas formas es mejor que no hagamos demasiado ruido, chicas…
Caminaban
en silencio, escrutando el entorno hasta donde sus ojos eran capaces de
distinguir en medio de la oscuridad, que no era mucho, porque la noche había
caído sobre los páramos burgaleses con toda su gravedad. En el restaurante,
solo la linterna de Toni indicaba más o menos el camino que debían seguir.
Estuvieron tentados de dejar las luces del todoterreno encendidas, pero eso
solamente habría conseguido acabar con la batería, sin reportarles, a cambio,
beneficio alguno.
Entre Toni
y el gordo, no sin sudores, sacaron los tres cuerpos del interior del local y
los apilaron afuera, prudentemente alejados de la entrada. Después, se
agruparon todos en torno a un par de mesas y se sentaron, asustados aún. Solo
el paso de los minutos sin que nada sobresaltara su descanso acrecentaba en
ellos la sensación, falsa, por otra parte, de seguridad. Pero no había mucho
más donde elegir. Allí, al menos, estaban a pie de calle, cerca de los
vehículos, si necesitaban salir zumbando. En caso de que se hubieran decidido
por el hotel que había al otro lado de la rotonda, incluso aunque no fuera por
la cantidad de coches que había en el estacionamiento, no habrían tenido tan
accesible una eventual huida.
Bea
regresó con una mochila en las manos. Había estado rebuscando en la caja del Rebeco, donde tenían todo lo que
cogieron antes de salir de la Academia de Caballería, y puso sobre las mesas el
botín: galletas saladas, varias raciones de carne enlatada, y una garrafa precintada
de agua mineral. Después de colocar en la mesa su propia linterna, apuntando al
techo para esparcir una luz muy difusa, dio las novedades.
–Esto es
todo por esta noche. Conviene racionar las provisiones.
Consumieron
rápidamente la escasa comida. Ninguno podría acusar a la pesadez de estómago si
no lograba conciliar el sueño esa noche… Curiosamente, el gordo fue quien menos
comió, apenas unas galletas y un trozo minúsculo de carne.
–Siempre
quise empezar un régimen… –arguyó ante la mirada extrañada de Bea.
Juntaron
mesas y sillas para acomodarse lo mejor que pudieran, usando las mantas que
había en el blindado a modo de colchones y sábanas al mismo tiempo. Toni se
quedó junto a la puerta, de guardia. Se sentó en el suelo, con el fusil apoyado
contra la pared y el hacha sobre el regazo, mirando a un punto indeterminado
del vacío. Sacó su Zippo y lo abrió, solo para comprobar si funcionaba... La
llama surgió nítida, impetuosa, proporcionando a sus facciones un brillo
infernal que fluctuaba con las sombras que la luz del mechero proyectaba sobre
su rostro. Habría dado algo valioso por un cigarrillo…
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